HAMBURGUEANDO (I)

I

Aprovechamos el fin de semana-puente por Pentecostés para viajar a Hamburgo con dos de nuestros hijos.

Le tengo aversión a las autopistas. De hecho, no me gusta manejar, conducir.

La responsabilidad es simplemente muy grande.

Sobre todo, cuando son varias las personas -nuestros dos chicos y mi esposa- las que van conmigo y bajo mi responsabilidad.

Sucede, simplemente, que a altas velocidades cualquier pequeño error o descuido puede multiplicarse sinérgicamente y convertirse en un verdadero infierno.

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Lo he visto varias veces en las autopistas.

Una sola vez en este viaje -por suerte- y sin heridos de consideración.

Pero allí estaba, apoyado contra la barrera central de la autopista como si estuviera recuperándose él mismo -pedazo de chatarra ya solamente el automóvil siniestrado- del choque emocional.

II

El problema es que en la vía pública la responsabilidad es compartida.

No solo depende de que uno no provoque un accidente.

Siempre hay quien tiene prisa (o simple estulticia o inexperiencia) y quiere compensarlo con velocidad y algunas maniobras arriesgadas.

Y siempre hay quien yerra en su cálculo y desencadena una serie de descontroles que llevan a un descontrol mayor.

El año pasado murieron 3.657 personas en accidentes de tránsito Alemania.

‘Poco’, comparado con los picos de 15.000 muertos en 1957 y 22.000 en 1970 en este mismo país.

Pero verdaderas masacres siempre.

Cifras terroristas de verdad.

III

El número de accidentes que se producen cada año en Yérmani es colosal:

Casi dos millones y medio el año pasado (2.398.414).

La cifra de 1970 (ver arriba) alarmó a las autoridades alemanas.

Para remediarlo, primero se fijó en 50 km/h la velocidad máxima en zonas urbanas.

Luego, en 100 km/h la máxima para las carreteras.

Después se introdujeron los controles de alcoholemia, la obligatoriedad del cinturón de seguridad y del casco para los motociclistas.

Hoy la muerte en las autopistas -debo suponer- depende también del nivel de ingresos de los involucrados: tienen más chance de salvarse aquellos que cuentan con la seguridad que brindan los modelos más modernos y más caros.

Pero también son estos últimos -debo también suponer- los que provocan los accidentes más graves, creyéndose a salvo de todo peligro gracias a la comprada tecnología.

¿Existirán estadísticas al respecto?

(La Red me responde inmediatamente: ¡sí existen! Y, lamentablemente, no he errado con mi barrunto.)

IV

No sé quién dijo que si se querría realmente reducir drásticamente el número de accidentes y muertos por accidentes de tráfico, se debería recurrir a una simple y barata solución:

Colocar una saeta o un punzón en el centro del timón o volante de lo automóviles.

V

Hemos pasado unos días bonitos en Hamburgo.

Cuando veo que tras casi 500 km de recorrido solo nos quedan unos 50 por completar, cambio totalmente de forma de conducir.

Dejo pasar a los que llevan prisa.

Independientemente de la religión que profeses, me digo, todos vamos -años más, años menos- directo al mismo portal.

VI

El primo de mi esposa nos dejó por unos días su departamento en el barrio hamburgués de Barmbek.

Vive solo allí, después de haber roto con su anterior pareja de años y haberse mudado a una vivienda más pequeña tras la separación.

A. es un treintañero que tiene un puesto muy bien pagado en una conocida empresa alemana y no tiene ninguna otra obligación que la de cumplir bien su trabajo y ver si alguna vez puede volver a formar pareja. (Menudas tareas.)

Para nosotros, el paso de una casa en un pueblucho semirrural de los arrabales de Colonia (donde viven seis personas, un perro, un gato y cuatro conejos: todos nosotros), a un departamento de una sola persona de una zona urbana de Hamburgo nos toma por sorpresa.

Los caminos a la cocina y a la sala son más cortos y no hay sillas para todos. No tenemos que subir ni bajar escaleras para ir de una estancia a otra y para usar el retrete tenemos que esperar.

¿La refrigeradora? Llena, como pensando en un batallón. Hay chocolatitos en las camas y las mesas, y la pantalla de casi metro y medio del televisor extraplano completan nuestro desquicio.

Es para no volver.

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VII

En la puerta del edificio nos encontramos con un letrero firmado por -debo suponer- una estudiante universitaria que dice (en alemán):

«Queridos vecinos, hoy celebro mi cumpleaños y lo haré hasta muy tarde. Pido disculpas anticipadas.»

Recién a partir de las doce de la noche puedo escuchar (los demás ya duermen) el ruido de la fiesta porque antes hemos estado atosigándonos con la televisión que no vemos en casa.

Desde lejos y entre sueños reconozco una sola canción que es especialmente repetida y coreada en sus estribillos. Es en castellano.

¿Cómo hizo la bachata para pasar de ser un género asociado a la prostitución, a la pobreza y a la llamada ‘gente de mal vivir’ en la República Dominicana, a ser un producto comercial interesante en Alemania?

Una bachata (en castellano, además) estuvo varias semanas en el primer puesto de las listas alemanas en el 2004.

¿Cómo hizo ese tema para seguir sonando aún siete años después en este país y en esta fiesta de universitarios alemanes?

(Me refiero al tema Obsesión del grupo Aventura.

Y mi pregunta debe tener como respuesta principal un nombre: Juan Luis Guerra.)

VIII

No es mi primera vez en Hamburgo. He estado ya un par de veces aquí.

La primera vez, justo después de haber llegado a Alemania (por segunda vez), fui recibido con temperaturas de 20 grados bajo cero (-20º C).

Felizmente, venía preparado con mi casaca de invierno y mis mocasines limeños.

O sea, bien podría haber estado desnudo.

¿Pasé frío?

Fue una masacre.

Recuerdo una escena con la muchacha que me llevó de visita desde Colonia a la casa de su madre y con la que después terminé incurriendo en matrimonio.

Nos habíamos ido en el automóvil de su madre a dar una vuelta por el centro de la ciudad.

Tomamos un par de copas, ella menos que yo porque tenía que conducir de regreso, y caminamos un poco por las calles completamente cubiertas de nieve de Hamburgo.

Cuando nos acercamos a buscar el bolbaguen (Volkswagen significa carro o coche del pueblo en alemán y se pronuncia en nuestro idioma más o menos como ‘folcsvaguen’), B. se solivianta porque los conductores vecinos le han dejado muy poco espacio para maniobrar y poder salir.

-Si quieres yo lo saco -me ofrezco.

No tengo brevete (permiso de conducir en peruano) y he bebido algunas cervezas, pero soy un experto en maniobrar automóviles en muy poco espacio.

De hecho, esa es prácticamente casi toda mi experiencia automovilística hasta ese momento, salvo un par de incursiones en el tráfico limeño: unos tíos me dejaban cuadrar (estacionar adecuadamente, el verbo es exacto a pesar de ser un peruanismo) sus carros (así llamamos en el Perú a los automóviles) en su garaje y así pude aprender los rudimentos del caso.

Con paciencia y buen humor, y después de unos diez ‘ataques’, consigo sacar sin incidentes el bolbaguen de mi futura suegra de su encajonamiento de apenas cinco centímetros de espacio por delante y otros tantos por detrás.

-Si quieres puedes seguir manejando -me dice mi futura esposa, aliviada.

Quiero decirle que, entre otras cosas, no llevo mis lentes de contacto encima y que ella sabe que he bebido un par de cervezas.

Pero B. ya empieza a dirigirme por las calles hamburguesas y pronto veo que, debido a la nieve, el tráfico se ha vuelto especialmente lento y cuidadoso.

Para no tener brevete, haber tomado un par de cervezas y ser miope, no lo estoy haciendo mal, me digo.

El poder de las drogas.

(El alcohol también es una y ese es uno de sus efectos: hacerte creer que es lo que no es.)

Y el poder de Lima como escuela de manejo, me digo ahora, titantos años después.

IX

Recuerdo la escena en este preciso instante y una vibración fría y metálica recorre mi espalda.

Llegamos sanos y salvos a casa. Sí.

No puse en peligro la vida de nadie, incluidas las nuestras. También.

Pero, ¿tan irresponsable pude ser o era?

¿Eso es lo que explica que ahora sea tan cuidadoso al manejar?

Ruego de que sea así.

X

Antes de viajar a Hamburgo le he enviado un emilio a Eldani, un peruano que conocí por la Red, haciéndole saber de mi viaje.

Ya nos hemos encontrado en Berlín, donde él vivía, y en Colonia.

Estamos recorriendo la Speicherstadt, cuando me pega una llamada.

«Estoy en Berlín», me dice, «pero mañana regreso a Hamburgo».

Quedamos en encontrarnos a la noche siguiente.

La Speicherstadt es la zona del puerto repleta de antiguos y grandes silos, de la época (1883) en que la ciudad recibía tantos cargamentos desde todas partes del mundo que tuvieron que construir toda una ciudad (Stadt) para poder alamacenarlos.

El distrito-almacén es el más grande del mundo en su género.

Hamburgo, a juzgar por su arquitectura y sus amplias calles y avenidas (su planificación) tiene que haber sido una ciudad con muchos ingresos.

Aún hoy lo es y se nota en los llamados edificios de diseño, dispersos como simples cajitas de fósforos que parecen caídas con cuidado y esmero desde el cielo.

De este mismo puerto salían/salieron los miles y miles de alemanes que, huyendo de la pobreza y del hambre, llegaban desde todos los rincones de Alemania para embarcarse con destino al norte (y al sur) de América.

A un país, especial y concretamente: EEUU.

De aquí salió Levi Strauss (sí, el de los famosos tejanos o vaqueros o jeans: era un judío de Bavaria), y seguro que también por aquí pasaron Albert Einstein, Thomas Mann, Heinrich Mann, Bertolt Brecht, Marlene Dietrich y Billy Wilder.

De este mismo Hamburgo salieron los miles de niños judíos que tuvieron la suerte de escapar de las garras nazis en los Kindertransporte (‘transporte de niños’) hacia Inglaterra.

Y también los nazis que lograron huir (muchas veces con ayuda de la Iglesia y de los mismos usamericanos) una vez finalizada la Segunda Guerra Mundial pasaron por aquí.

(Existían incluso extensas mafias que se encargaban de que Hamburgo fuera el único puerto de embarque alemán hacia el exilio o la emigración.)

Trato de imaginarme a los emigrantes y exiliados, a los viajantes: con sus trajes de la época, con sus sueños de toda la vida, con sus pertenencias y sus miedos al hombro, instantes antes de subir a los barcos.

XII

Luego de varios telefonazos, decidimos con Eldani a qué hora y dónde encontrarnos.

Vive a unos diez minutos en bicicleta de Barmbek, me dice. Y así llega a la cita.

Escogemos la terraza de un restaurante porque está en una esquina, el sol la ilumina y ya empieza a oscurecer y a hacer más frío.

Me toma tiempo darme cuenta de que estamos en un restaurante turco porque todos los comensales son alemanes.

Luego llega un grupo de chinos y solo recién más tarde un grupo de tres ‘jóvenes’ turcas.

-Esto apenas existe en Colonia -le digo a Eldani-. Allá los restaurantes turcos (salvo un par de excepciones) son más bien evitados por los coloneses. No conozco a ningún alemán que sepa decir “Muchas gracias” en turco -añado y seguimos con el tema de las migraciones y los viajes.

XII

Terminamos la conversa horas y litros de cerveza después, cuando ya están a punto de cerrar (las sillas sobre las mesas son más que una clara señal) y el frío empieza a calarnos los huesos.

Nuestras conversaciones deben ser autobiografías que vamos alterando o completando conforme nos vamos conociendo más, quiero imaginarme.

Ya hemos conversado en Berlín, en Colonia y ahora en Hamburgo: ¿dónde lo haremos -dado el caso- la próxima vez?

Tengo la sensación de haber hablado demasiado.

No me sucede a menudo, pero me molesta especialmente cuando acontece.

En algún momento de la conversación, quise decirle a Eldani que tenía la impresión de que estaba buscando su lugar en el mundo, sin darse cuenta de que todos lo tenemos desde el momento en que nacemos.

Que nadie puede saltar (muy) lejos de su sombra.

Pero no lo hice y me alegro de no haberlo importunado con mi opinión.

XIII

De regreso a Colonia, nos encontramos con autopistas sin congestionamientos ni atascos.

Como no tengo en el auto ningún disco de los que me gustan, escucho la radio para acompañar el viaje.

Los dados se apiadan de mí:

A lo largo de las cinco horas del itinerario me encuentro con tres emisoras y sus respectivos programas que me alegran la ruta.

La primera es una emisora que emite música de los setenta y los ochenta en inglés y las alterna con versiones en alemán.

Solo escuchar That’s the way (I like it), el tema que más me gusta de KC & Sunshine Band junto con Please don’t go, me resarce de todo el esfuerzo.

Al pasar por una hondonada, la señal radial se estropea y se pierde, y me pongo a buscar una nueva señal.

Detengo la nueva búsqueda al escuchar el título de un programa especial de la WDR 2: Originale und Cover.

El título es programa, como diría un alemán.

Así, me entero de que el original de In the Ghetto, el éxito de Elvis Presley de 1967, fue una composición de Scott Mac Davis, simplemente ignorada en su momento.

Escucho, entre otros, la versión original de Mandy de Barry Manilow: Brandy de Scott English.

Y American pie en su extensión original: más de 8 minutos célebres.

Qué invento la radio, me digo.

XIV

Cuando la señal vuelve a fallar, paso directamente a WDR 5 y me encuentro con su ronda de los aquí llamados Kabarettisten (cabaretistas: artistas de cabaret):

Comediantes o humoristas solistas que entretienen (haciendo pensar) con monólogos inteligentes y especialmente sagaces y mordaces sobre las rarezas de la sociedad.

Dos ejemplos.

Uno de los artistas propone que Sarrazin (el político que se ha hecho famoso con un libro en el que propugna cierta supuesta inferioridad intelectual de los turcos) recorra Berlín y Hamburgo con un letrero que diga:

«Los turcos no saben leer.»

Pronto aparecerá uno y «le romperá la nariz», dice.

Demostrando que sí sabe leer, claro.

XV

El siguiente monóloco (un loco monologando, disculpen mi pobre proposición) propone abrir simplemente los ojos para encontrar un tema social satirizable.

Propone como ejemplo un aeropuerto.

La paranoia desatada por los medios de comunicación y los gobernantes de EEUU tras el 11-S es tal que, aún hoy, diez años después, nos dice, la gente tiene más miedo de viajar en avión que en automóvil a pesar de las estadísticas de accidentes de tránsito.

(Noto que algunas de mis entradas se muerden la cola, pero no porque lo haya planeado así.)

Haga un experimento, nos dice:

Acérquese a alguna de las personas que esperan delante de los mostradores de cualquier línea de aviación para hacerse chequear su documentación de vuelo.

Escoja a alguien que le parece simpático, continúa.

Acérquese y dígale en voz baja, casi con desenfado y guiñándole un ojo paternalmente:

«Oiga, usted. ¿Sabe qué? Me cae simpático. No suba a este avión.»

Desaparezca luego lo más rápido y discretamente posible, termina.

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HjorgeV 14-06-2011

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