HAMBURGUEANDO (II)

I

Un marciano que paseara por las ciudades de este planeta de depredadores terminales (no miren en derredor muy lejos, basta un espejo), notaría enseguida algo especialmente notable:

El gusto del Mono Sapiens por las luces.

De todo tipo.

Las del alumbrado público (aquí en este pueblo renano he descubierto que por las noches solo se encienden la mitad de los postes de luz, ¡vamos Alemania!).

Las del comercio y sus reclamos, las del televisor y sus programas, las de los vehículos.

Las luces navideñas, las de los fuegos artificiales.

Las del oro y otros metales. Las de las joyas verdaderas y falsas.

Las luces que prometen y las otras que ofrecen (fuegos artificiales por alguna festividad) políticos y gobernantes.

Las luces cada vez más apagadas del arte no pensado para el comercio.

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II

Por la noche, mientras cenamos en la pequeña cocina del departamento que nos ha prestado su primo por unos días, mi esposa diserta sobre el Museo de Miniaturas de Hamburgo.

Nuestros chicos (de 6 y 10) ya estuvieron el año pasado y quieren volver a visitarlo, me refiere.

-¿Qué esperas de mí? -le pregunto.

Somos una pareja que ha durado mucho, entre otras cosas, por atrevernos a preguntarnos y decirnos abiertamente las cosas.

-Que los acompañes. Yo lo hice el año pasado, ahora te toca a ti. Así puedo aprovechar para dar una vuelta y tomarme un café sola.

¿Por qué no?, me dije.

Salvo el bonsái, quizá, las miniaturas artificiales no me atraen. (Pero me fascina mirar la Tierra desde la ventanilla de un avión al aterrizar o decolar.)

Enseguida me llega la imagen de un amigo -un vecino- de la infancia.

Su padre le había reservado todo un gran cuarto de su casa solo para sus fabulosos juguetes.

Una vez a la semana (el sábado o domingo por lo general, solo cuando podía el padre, porque él tenía que estar para que el niño no fuera a estropear nada), mi amigo podía entrar y «jugar» con sus caros juguetes.

Los conservaba en sus cajas originales, como si se tratara de una oficina de reclamo y devolución de una gran juguetería.

Había, entre otros, una pista de carreras y un trencito eléctrico, los dos a control remoto.

Aún recuerdo la fascinación con la que su padre jugaba (se sentaba sobre el suelo con las piernas cruzadas y su cara de niño grande) con el mando (a distancia) en las manos.

Como un dios que te hubiera dado la vida -y creado el universo alrededor- solo para que seas un afásico espectador de sus astracanadas.

Mientras que a mi amigo y sus amigos solo nos estaba permitido observar el movimiento de los diminutos vehículos, se entiende.

¿A mí un museo de miniaturas?

Como era por mis hijos, lo hice con gusto.

Mi entrada costó 12 euros (6 la de cada niño).

Creo que son pocos los ‘guardaespaldas’ o cuida-niños del mundo que pagan por cumplir su trabajo.

Para compensarlo, me senté, sin perder de vista a mis chicos: a contemplar.

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III

A veces agudizaba mi observación, especialmente cuando las luces del recinto en el que nos encontrábamos empezaban a apagarse.

El público lanzaba entonces un «¡Ooohhhhhh!» emocionado y ávido, porque se anunciaba la «noche».

Acto seguido, las ciudades, puertos y lugares en miniatura (Las Vegas no podía faltar) adquirían otra luminosidad con el reverbero de sus luces minúsculas.

Recuperé mi dinero observando los ojos embelesados, las miradas fulgurantes de los presentes que absorbían las luces de los diminutos vehículos y de los letreros de publicidad en miniatura como si fueran de otro planeta.

Pensé en la mirada de nuestros antepasados, cuando aún no existían los talibanqueros.

Me imaginé a un grupo de Monos Sapiens, parados frente al fuego causado por un rayo.

Viajé al pasado sin moverme y pude ver reverberar la luz en sus ojos alucinados ante ese milagro de la naturaleza.

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IV

Tal como está el mundo.

¿Quién se puede sorprender porque la gente, especialmente la juventud, proteste?

Lo sorprendente es que la última gran protesta (digamos, de las más mediáticas que personalmente recuerde) en el hemisferio occidental fue la de Mayo de 1968 en París.

¡Más de 40 años han pasado desde entonces!

Cuando la gran riqueza de pocos se sustenta en el hambre o en el gran trabajo de muchos, se crean presiones sociales.

Hay pueblos que se pasan siglos conteniendo sus gritos, sus lamentos, sus reclamos por las injusticias y robos.

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V

En mi país, por ejemplo, muchos reniegan de la Reforma Agraria de la dictadura militar del general Juan Velasco Alvarado ocurrida en los años setenta.

El Chino Velasco había derrocado a Belaúnde en el año de 1968, precisamente.

Pero pocos saben que Fernando Belaúnde Terry, asustado por los levantamientos campesinos y brotes guerrilleros en varios puntos del país, se preparaba para implementar varias reformas.

Entre ellas la agraria, nada menos.

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VI

Cuando regresamos en tranvía a Barmbek, al departamento del primo de mi esposa, nos topamos con una pareja de una española y un alemán y sus hijos.

Los reconocemos porque la madre les habla en su castellano peninsular y los niños le responden en alemán.

(A los nuestros no les permito hablarme en alemán. Les digo que soy peruano y que tengo otro idioma que ellos también dominan. Felizmente, lo han aceptado. Si me hablan en alemán, simplemente me hago el sueco y no les entiendo.)

(Tengo un respeto profundo por mi idioma.

Tal vez porque lo siento como mi verdadera patria, como ya no sé quién lo dijo.

Por si acaso, también soy consciente de que bien podría haber sido el chino. No elegí mi idioma al nacer.)

La menor del grupo, una rubicunda niña de unos cuatro años, recorre el vagón a gran velocidad, como en un patio escolar.

En su carrera tiene que esquivar pies y algunas maletas.

Observo que un par de alemanes mueve la cabeza reprobatoriamente.

A la velocidad que va el tranvía: un mal paso, un tropiezo de la niña con alguien que se levanta repentinamente o un frenazo del mismo ferrocarril, y prefiero no imaginármelo.

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VII

Y hablando de nuestro idioma.

Hoy, 18 de junio, es el Día E, el día de nuestra lengua.

Alguien ha tenido el tino -y lo agradezco- de no llamarlo el Día del Idioma Español, sino, llanamente, el Día E.

En el Perú nuestra lengua es el castellano.

Entre otras razones porque decir español puede crear confusiones:

¿No son el catalán, el aranés, el gallego, el euskera y las demás lenguas vernáculas de España también idiomas españoles?

Me paso un buen rato viendo los videos preparados por el Instituto Cervantes para la ocasión.

En el que Mario Vargas habla más sobre su idioma, me salpica un dato interesantísimo y que él mismo refiere. (Es el video del comienzo. Lo pueden ver también aquí.)

Me quedo con la frase del catalán (pero que habla como un gringo) Valentín Fuster:

«Porque todas las formas de hablar español tienen el mismo aire de familia.»

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VIII

Vivimos en un mundo bastante confuso, bizarro:

Grecia está a punto de quebrar debido a sus deudas.

Empero, sus ‘salvadores’ -Alemania y Francia- lo harán ¡endeudándose ellos mismos mucho más a su vez!

En esta bizarría, ¿a quién se le ocurriría incluir a un banquero en la nómina de las personalidades representantes de nuestro idioma que aparecen en los videos antes mencionados?

Y se trata de nadie menos que de don Emilio Botín, un banquero español investigado por un fraude fiscal de grandes dimensiones.

(Los abogados de la familia ya reconocieron evasión de impuestos del 2005 al 2009 y se calcula que la familia tendría un patrimonio oculto en Suiza de más de 2.000 millones de euros. Una bicoca. Ver un asaz interesante artículo al respecto aquí.)

O sea, estamos hablando de un criminal de alto vuelo.

Suelto, además. Presidente de un ‘gran’ banco.

Así se hacen las grandes fortunas, vemos.

¿Cómo no puede haber indignados entonces, pues, señoras y jóvenes, jóvenas y señores?

Y así, de estos crímenes de alto vuelo, viven países como Suiza.

Con absoluta tranquilidad e impunidad. Bien a la corbata, como dirían en mi país.

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IX

De Botín se recordará en el futuro su gran dominio del inglés. Ver aquí.

(Y aquí la traducción subtitulada. No hay pierde.)

Y ya que estamos en el tema, descubro que España también tiene su Cantinflas.

Femenina y política, en este caso: Magdalena Álvarez, La Impredecible.

Fue ministra de Fomento durante varios años, para más señas.

(Pulsar aquí para escuchar más.)

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X

Situado en la confluencia de los ríos Elba, Alster y Bille, Hamburgo es el segundo puerto con mayor tráfico de la Comunidad Europa, solo por detrás de Róterdam.

A pesar de que el estuario del río Elba en el Mar del Norte se encuentra a 110 km de distancia, se considera a Hamburgo como un puerto marítimo por su tráfico de buques oceánicos.

Vuelvo a tratar de imaginarme a los viajeros de otros tiempos, con sus maletas llenas de ilusiones, partiendo hacia una nueva vida, a un nuevo destino.

(Debe ser un pensamiento recurrente de todo migrante, debo barruntar.)

Tomando 1876 más o menos al azar, veo, en un portal interesantísimo de un argentino que se ha tomado el trabajo de revisar las listas de pasajeros de esa época, que ese año salieron unas 60.000 personas desde Hamburgo.

Y que parte de ellas zarparon en 14 barcos con destino a Sudamérica.

Alemanes emigrantes de otras épocas, principalmente a EEUU.

Un viaje de semanas el de esos 14 barcos, que tenía como destino los puertos de Río de Janeiro, Santos, Paraná, Río Grande do Sul, Buenos Aires y La Plata.

¿Cuántos morían en esos viajes?, me pregunto, mientras mis dos hijos avanzan saltando -con cuidado y bajo mi supervisión- sobre los bolardos menos peligrosos de las veredas.

(Hay muchos -gruesos y de unos setenta centímetros de altura- por tratarse de un puerto).

Muchas de las amplias avenidas y las calles laterales de la Speicherstadt, el barrio o distrito almacén de Hamburgo, están desiertas por ser feriado.

Y los edificios -tanto antiguos como modernos- parecen abandonados.

No puedo evitar a ratos tener la sensación de estar recorriendo (en el futuro) una ciudad abandonada repentinamente y en magníficas condiciones.

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HjorgeV 18-06-2011

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