HAMBURGUEANDO (III)

1

En una estación de Hamburgo diviso el letrero de <Prensa extranjera> y me abalanzo al oasis como un resaqueado en pleno desierto.

Como es sábado, lo primero que hago es separar Babelia del resto del periódico. Es un rito, casi prehistórico ya.

(Voy a pasarme todos los días en Hamburgo releyendo los artículos babélicos, como un adicto al papel. ¿O seré solo fetichista y no me he enterado?)

Y, a pesar de ser ateo contratado, la revista me hace recordar cada vez más la conocida frase de Jesucristo al expulsar a los mercaderes del templo.

Está en San Juan (2, 13-22) (no memorizar estos guarismos: no son la contraseña -para entrar- al cielo):

«Han convertido mi casa en una cueva de ladrones. ¡Corruptos!»

.

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2

Como ya lo ha dicho Jonathan Franzen, el mercado y la literatura son enemigos acérrimos.

La economía de consumo lo que quiere son productos que dejen mucha utilidad, que envejezcan pronto o que se puedan mejorar continuamente para ofrecer nuevas versiones y poder aumentar así su precio, como en el caso de los automóviles.

¿Se imaginan ustedes salir a comprar y pedir la nueva Rayuela 300 C?

¿O La danza inmóvil TURBO X (¡Nueva fórmula!)?

Lo curioso es que los dueños del mercado del libro (las grandes editoriales) apenas apuestan por nuevas (buenas) traducciones de los grandes clásicos.

¿Por qué?

¿Porque entonces tendrían que pagarles (bien) a los (buenos) traductores?, me pregunto.

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3

La economía de consumo exige bajos costos (tendientes a cero) y precios que den la máxima utilidad posible, independientemente del verdadero valor de lo que se venda y dando más o menos igual cómo se consigan esas metas.

Franzen lo ha dicho de forma insuperable:

«Una obra literaria clásica no es cara, tiene una utilidad inagotable y, lo peor de todo, es inmejorable.»

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4

Digámoslo abiertamente.

Babelia o publicaciones similares no son revistas de literatura (o cultura o artes) estrictamente hablando.

Son Revistas de Novedades Literarias Comerciables, que no es la misma chola con otro calzón.

Tampoco es un crimen, que se entienda.

De otra manera, no podrían irse de vacaciones ni pagarse el café o un nuevo automóvil sus empleados. Ni alimentar a sus familias.

(Ni celebrarse a sí mismos y a sus amigos.)

Pero deberíamos tenerlo todo el tiempo patente, por lo menos.

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5

Abro el diario en el tren que nos lleva a la zona portuaria de Hamburgo y el tema de la deuda griega, como una gran tragedia helénica (ese podría ser un buen título: La Deuda Helénica; perdón por las mayúsculas), me salta a los ojos.

Como decía Paul Nyrup Rasmussen:

¿Cómo diablos podemos seguir creyendo ciegamente en que las mismas políticas y los mismos políticos y banqueros que nos han llevado a la crisis, pueden sacarnos de ella?

Reproduzco, de un artículo de Andreu Missé, el párrafo (casi) completo del ex primer ministro danés:

«La Unión está siendo conducida por los conservadores por el camino equivocado. Ya sea Merkel, Sarkozy, Cameron o los presidentes de las instituciones como Barroso o Van Rompuy, la orientación es la misma: hay una ciega creencia en que las mismas políticas que nos han llevado a la crisis económica pueden sacarnos de ella.»

(¿Por qué la experiencia -me pregunto- se convertirá/convierte en una palabra tan hueca cuando se abarcan los grandes problemas del planeta?)

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6

Nos bajamos en una estación desconocida, bastante desorientados.

Un hamburgués (reconocible por su acento) nos ha guiado mal y, además, la línea del tren urbano está interrumpida parcialmente por obras y hemos tomado el bus equivocado.

No es la primera vez que me sucede:

Las señalizaciones y explicaciones las puede entender acaso un lugareño, pero un turista o forastero tiene problemas para conseguirlo.

No es un defecto exclusivamente alemán.

Para empezar, las siglas y abreviaciones no se explican, porque se parte de que todo el mundo las conoce.

Acercarse a una máquina expendedora de boletos, por eso, es peor.

Los encargados de hacer las descripciones, indicaciones o instrucciones correspondientes tiene que ser gente verdaderamente capaz, con estudios, vamos a decir.

Pero es gente que no usa el transporte público.

(O, si lo usan, tienen la deformación clásica del que ha usado tanto algo, que no se puede imaginar que un novato no lo pueda entender.)

Mientras esperamos el siguiente tren, levanto la vista y veo que la estación semeja casi un museo por su estado de conservación.

No puedo dejar de imaginarme entonces tiempos pasados.

Ni evitar que un escalofrío recorra las crestas de las vértebras de mi columna como un ratoncillo asustado.

Veo entonces aglomeraciones a mi alrededor, soldados, gente con el sufrimiento escrito en el rostro, oficiales dando órdenes, perros militares.

Vagones repletos con gente de miradas vacías.

Puedo escuchar silbatos y órdenes. (Los estoy escuchando.)

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7

El Reichbahn, hoy Deutsche Bahn (Trenes de Alemania digo yo), fue una de las herramientas más importantes del Nazismo.

Los Trenes de Alemania transportaron mi-llo-nes de prisioneros (principalmente judíos y gitanos) desde todos los países ocupados por los nazis hasta los campos de exterminio.

El (o la) Reichbahn (porque en alemán es femenino) realizó 1.600 de esos transportes.

Según la documentación del portal Enciclopedia Temática del Holocausto, se sabe que en cada vagón (para ganado) viajaban hacinadas 50 personas.

Si cada convoy estaba compuesto por unos 50 vagones, el resultado (50 x 50 x 1.600) es espeluznante:

4 millones de personas transportadas directamente a la muerte por el antecesor de la Deutsche Bahn.

(Hace un par de años esta empresa trató de sabotear el proyecto El Tren de la MemoriaDer Zug der Erinnerung– que buscaba recordar la historia de los niños y adolescentes que eran obligados a subir a esos trenes de la muerte.)

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8

Y allí está él -Adolfo- dentro de uno de los vagones (para personas) de la DB, saludando con el brazo derecho en alto, un poco escorado a la derecha.

Esa y otras fotografías recién descubiertas se pueden ver en LENS, la bitácora de fotografía del The New York Times.

¿Quién tomó las imágenes?, fue la pregunta que se planteó inmediatamente ese diario.

Un austríaco, Franz Krüger, fotoperiodista de Salzburgo se sabe ahora.

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9

El temor de la DB al intentar detener El Tren de la Memoria judío-alemán (hay ‘otro’ español) no era infundado.

Porque una vez que se aceptara que su antecesora había sido responsable del traslado de millones de prisioneros a los campos de exterminio y había obtenido las respectivas ganancias.

No había sino solo un paso hasta verse en un juicio por «complicidad en un asesinato masivo».

Leo que la acusación se presentará a fines de este mes de junio. (Utilizar, por favor, el traductor gúglico para ver el artículo respectivo.)

La DB, por supuesto, no se considera responsable ni co-responsable.

Claro, no se trata de memoria o desmemoria.

Sino de un pago de 2 millardos de euros en base a por lo menos 3 millones de casos documentados.

No conozco institución más democrática que la muerte. (Te acepta sin importarle tus ingresos, tu color de piel o tus creencias religiosas. Ni siquiera el carnet del partido te pide.)

Pero una cosa es morir, vamos a decir, por atragantarse con un melocotón, y otra que adelanten a la fuerza tu entrada a esa institución.

Eso se llama asesinato.

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10

Una amiga del colegio me escribe desde otro continente. Me pregunta qué estoy leyendo actualmente.

¿Qué le puedo decir?

¿Que me fascinan las notas (artículos) sobre fútbol?

Cuando era niño y viajaba a otra ciudad, una de las primeras cosas que hacía era coger el diario local y pasar directamente a la página de deportes.

Entonces leía, con la avidez de un empresario especializado en la venta de jugadores al extranjero, todo lo referente al fútbol de la región.

Absurdo, tarado, beocio, estulto, necio, imbécil, bobo, lerdo, obtuso, sandio, baboso.

Llámenlo como quieran.

Yo ya me cansé de buscarle el adjetivo preciso.

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11

No sé qué responderle a mi amiga emílica (lustros sin vernos) porque, como siempre o casi siempre, leo caóticamente.

Además, muchas veces, leyendo, me quedo dormido.

(Dormir puede ser una forma de crítica en el teatro.

Pero la buena literatura también puede ser buena para descolgarse placenteramente a las profundidades de los sueños. Y, cuando vuelves a despertar, descubres que el libro no se ha asustado con tu pausa reparadora.)

Si tengo suerte, cada par de meses o semanas, me encuentro con un libro que me fascina y, entonces, por un par de días, hago depender mi vida -y todas mis actividades- de su lectura.

Me acaba de volver a pasar con Causa justa.

Es la cuarta vez que leo la novela de John Grisham, esta vez fascinado por la buena traducción de Antonia Menini.

¿Me conmocionó esta obra de Graham?

¡Pocos libros me han hecho expeler tantas toxinas por los rabillos oculares!

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12

Mientras trato de ordenar mis notas y recuerdos de Hamburgo, de terminar mi última novela, atender a mi familia y realizar mis otros trabajos y ocupaciones (entre ellas, desde hace dos semanas, ir al gimnasio una hora todas las mañanas), recuerdo que he empezado a leer una novela interesantísima.

El título en alemán es Der Klang der Zeit (2003) (algo así como ‘El sonido del tiempo’).

(Es más que eso: ¿La resonancia del tiempo?)

Su autor, Richard Powers, es un escritor absolutamente desconocido para mí.

Encontré su novela entre los libros de mi esposa, alguien se la había regalado.

En la contratapa -o contraportada- leí impactantes frases publicitarias y estuve a punto de reír:

«La mejor novela de la última década.» STERN

«Casi 800 páginas tiene esta novela y ninguna está de más.» SÜDDEUTSCHE ZEITUNG

Parecían una chirigotada.

Un chiste tan bueno como las definiciones de la Real Academia para dos palabras que acabo de mencionar:

contratapa.

  1. f. Carne de vaca que está entre la babilla y la tapa.

(Única acepción. No es una broma.)

contraportada.

1. f. Impr. Página que se pone frente a la portada con el nombre de la serie a que pertenece el libro y otros detalles sobre este.

¿Frente a la portada?

¿Dónde?

¿En el aire?

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13

Por curiosidad, y desconfiando de esas líneas publicitarias, me atreví a echarle una hojeada (y una ojeada) a la novela.

Debo confesar que me costó entrar a la función de Powers (no me rendí a la primera ni a la tercera), especialmente porque está escrito en un lenguaje bastante académico y enciclopédico.

Y me cuesta mantener el ritmo en mi segundo idioma (que tampoco domino como me gustaría).

Tengo la suerte de conocer muchos términos musicales, de tal manera que por ese lado respiro aliviado.

Pero me topo con una serie de vocablos y nombres que apenas conozco o desconozco por completo.

Un ejemplo.

Traduzco a la volada del alemán (p. 7 de mi ejemplar de la editorial Fischer):

«Lo estoy viendo en la noche de su primer triunfo en público, a cuatro décadas de distancia. Su rostro es aún tierno alrededor de los ojos, allí donde la vida más tarde grabará sus huellas. La barbilla le tiembla un poco en las negras de Dowland, sin embargo los tonos son impecables.»

Las «negras» son las notas musicales, queda claro en alemán (Viertelnoten).

Pero, ¿quién diablos es Dowland?

Con todo, el libro es un gozo.

Voy avanzando por las páginas como por un territorio comanche que debo ir descubriendo poco a poco y con cuidado, para no caerme.

Si tropiezo, recurro al diccionario o a una enciclopedia (Oh, Red) para levantarme y seguir.

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14

Soy un mal turista.

Siempre lo he sido.

Detesto tomarme fotos delante de monumentos, entre otras manías.

Estoy convencido de que los turistas son seres extraterrestres que han aprendido a dominar nuestros idiomas para pasar desapercibidos.

Debemos ser sumamente cuidadosos. Ellos saben tener paciencia.

Hasta ahora la han tenido. Y ya van siglos así.

De tanto fijarnos en los aliens, talibanes y talibanqueros, olvidamos que los verdaderos invasores del planeta podrían ser los turistas.

(Basta ver sus indumentarias, dios.)

(Y por lo menos ya no se desplazan con esas armas extraterrestres sobredimensionadas al hombro y del tamaño del equipaje de mano aéreo actual, tratando de filmar todo para llevárselo después a su Jefe Supremo y preparar la invasión.)

(«¿Qué tar tu viaje?», le pregunta un japonés a otro. «No sé. Todavía no he reverado ras perícuras.»)

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15

Viví varios meses en París y no visité la Torre Eiffel, el Louvre, los Campos Elíseos ni el Arco del Triunfo.

¡Tendrían que haberme puesto una multa! (O erigido un pequeño monumento de hielo, en verano.)

Estuve viviendo mi supra o sobre-vida (por aquello de sobrevivir, digo, es un decir) en otra ciudad.

Seguramente debajo de París. No lo sé.

(Pero besé, y mucho, y me besaron las francesas, mucho también, y todo lo que vi ya apenas lo recuerdo.)

«El cielo de París», dijo alguna vez Auster, «tiene sus propias leyes, las cuales funcionan con independencia de la ciudad que hay abajo.»

Don Pablo Auster vivió más tiempo en la Ciudad Luz. Lo debe saber.

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16

¿Por qué soy un mal turista?

¿Me faltará o fallará algún gen?

Lo ignoro.

Debería avergonzarme.

Hace mucho me propuse visitar todas las galerías de arte de Colonia, por ejemplo, y llevo años sin hacerlo.

Cuando recibo a algún visitante del extranjero, me limito a llevarlo a pasear por el casco viejo de la ciudad y sé que las vistas turísticas serán tan imponentes o interesantes por sí mismas, que me ahorrarán las explicaciones respectivas.

Tal vez por eso me gusta Colonia.

O tal vez todo se deba a que mis primeras experiencias con turistas fueron bizarras.

A los primeros turistas extranjeros que conocí, los encontré en la cárcel.

En la carceleta de Seguridad del Estado, para más detalle.

No era moco de pavo entonces, ojo: los últimos años de la dictadura militar, nada menos.

Como no tenía documentos y andaba junto a unos alemanes que me habían pedido que los llevara a ver una manifestación obrera en el Centro (de Lima), la policía me detuvo.

Por imitar el acento de un español, me metieron a una celda junto a otros turistas que habían estado tomando fotos de la manifestación.

Creyéndome -aún- un turista, me soltaron con los demás después de hacernos pasar un buen susto a todos.

.

17

(Volver a los diecisiete, después de vivir un siglo.)

Mi segundo encuentro con los verdaderos alienígenas fue en los Caminos del Inca.

No es un chiste.

Al empezar la famosa ruta pedestre, conocí a un grupo de italianos, suizos y alemanes que empezaron a burlarse de mi equipaje.

Solo llevaba una bolsa con sánguches y naranjas, y una chaqueta de lluvia amarrada a la cintura.

Empezaron a llamarlo «equipaje peruano».

Cómo reían.

Sus mochilas pesaban ¡hasta más de 30 kilos!

Aparte de toda la parafernalia habitual que llevaban: cámaras fotográficas, cantimploras, gorras, sombreros y demás.

Por practicar mi alemán, me quedé con ellos y soporté sus bromas durante un par de buenas horas. Eran simpáticos.

.

18

Cuando empezó a llover y el camino empezó a hacerse pesado, resbaloso y por partes peligroso, tendría que haber empezado a burlarme yo de ellos (humanas mulas de carga).

Pero supe morderme la lengua.

Después tuve que cargar con la mochila de una muchacha con sobrepeso para poder avanzar a buen ritmo.

Nadie se atrevió a burlarse.

La mochila también tenía sobrepeso. Y sudé lo mío.

(Desde entonces no he abandonado la costumbre de llevar solo un equipaje mínimo en mis viajes. De ser posible, un buen libro.)

.

19

Cuando cayó la noche, el grupo empezó a buscar un lugar donde acampar y dormir hasta la mañana siguiente.

Yo buscaba una casa de campesinos de la que ya me habían hablado antes y me despedí del grupo.

-¿Adónde vas? -me preguntaron los suizos, en su extraño alemán para mis oídos.

Les expliqué lo anterior y que pensaba pasar la noche bajo techo. Uno de ellos decidió seguirme.

Cuando volteé, vi que todos los demás imitaban el ejemplo de su compañero.

Nadie armó su carpa esa noche, por supuesto.

¡Los había corrompido!

.

20

Soy tan mal turista, que quería terminar de escribir sobre nuestro reciente viaje a Hamburgo.

Y he acabado en una noche andina y lejana.

En plenos Caminos del Inca rumbo a Machu Picchu.

(La bolsa con los sánguches y las naranjas ya está vacía. Y a la mañana siguiente la vista de la ciudadela desde arriba, viendo disiparse las nubes sobre ella, debajo de nuestros pies, nos va a resarcir de todas las molestias e incomodidades.)

Por todo esto, yo nunca podré ser japonés.

Eso de pégate más, sonríe, cariño, un poquito más a la derecha, que no sale la estatua, no es para mí.

Mi mejor equipaje para viajar, ya lo dije, es un buen libro.

¿Mi sueño asociado? Leer un buen capítulo de él en la Capilla Sixtina, por ejemplo, mientras pasa la muchedumbre con sus gorros alienígenas a mi lado.

Pero en un par de días habré tomado nuevamente valor para continuar con nuestro viaje a Hamburgo.

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HjorgeV 22-06-2011

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3 comentarios sobre “HAMBURGUEANDO (III)

  1. Siempre digo que la muerte nos iguala a todos en especial cuando doy palabras de consuelo a los deudos. Por ello será que sentí felicidad al leer “No conozco institución más democrática que la muerte. (Te acepta sin importarle tus ingresos, tu color de piel o tus creencias religiosas. Ni siquiera el carnet del partido te pide.)” . En cuanto a los viajes, en cuanto llego a una ciudad extraña, tomo cualquier microbús o metro y me pierdo auscultándola para no considerarme un turista al que le dicen lo que le debe gustar sino un viajero que se rinde ante la aventura de sentir lo que siente alguien que vive allí. Al parecer Jorge también eres un viajero aventurero ya sea conciente e inconcientemente. Un abrazo desde Ventanilla donde todo es sol y alegría, viviendo aquí el ir y volver a la ciudad te hace ser un viajero crónico, mi papá dice que para venir a visitarme tiene que parar a comer a medio camino.

    Rpta. Hola, Jorge Atarámico. Tenía -todavía lo tengo pero ahora vive en EEUU- un tío que era marino mercante y vivía en la calle Canopus. Ir a visitarlo, efectivamente, era toda una aventura. Todavía recuerdo un bar (¿El bucanero?) al que me llevaron mis primos y que estaba repleto de objetos, decoración, piezas y detalles marinos y marineros. Un abrazo turístico desde los arrabales de Colonia. (Han anunciado hasta 34ºC para el lunes, que serían un poco más de los 11ºC que hay en este momento.) HjV

  2. Hola HJorgeV, tengo que reconocer que fue una grata sorpresa encontrarme con tu blog. Soy chilena y vivo hace dos años en una ciudad de Suecia llamada Jönköping, el matrimonio me trajo por estos lados… En fin, estaba buscando afanada en Google fotos de mi Santiago natal, ya que debido a mi espíritu inquieto, he iniciado un negocio en esta ciudad, que ha llamado la atencion de algunos, por lo cual me harán una entrevista en el diario local. Es por esto que quería documentarme con fotografías …y aquí estoy… seducida por tus cuentos. He extrañado tanto en estos últimos 2 años la espontaneidad y el relajo en la comunicación, poder expresarme auténticamente y no correctamente, extraño que las personas se rían de sí mismas, sin miedo al ridiculo. Te felicito por tus relatos, me ha encantado la forma que tienes de escribir, tu caos se complementa perfecto con el mío. Hay química.
    Un saludo desde Suecia y bienvenido a Sushilatino.
    Loreto V.

    Rpta. Hola, Loreto. Muchísimas gracias por el combustible de gran octanaje que me dejas y por haberte tomado la molestia de escribir y dejar un comentario. Volveré al tema. Saludos cordiales. HjV

  3. Hola Jorge:
    También yo te encontré por casualidad. Estaba buscando en Google algo sobre los cantantes que acompañaron mi adolescencia, como Joe Danova, César Altamirano y otros, y encontré el artículo que escribiste sobre los artistas olvidados de esa época.
    Es un placer leerte y enterarme de cómo ves el mundo en donde estás viviendo, no muy lejos de donde yo vivo. Te invito a visitar mi blog (google: Blog de Marissa) http://www.unpocotondetodo.blogspot.com , tal vez te interesen algunos temas que escribo. Un abrazo cálido desde Holanda,

    Marissa Tamayo

    Rpta.: Hola, Marissa. Gracias por tus palabras. Me intereso por todo y ya me di una vuelta por tu bitácora. Uno de los temas que me fascinan es, justamente, la medicina natural. Que sigas escribiendo y curando. Saludos desde estos arrabales de Colonia. HjV

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