HAMBURGUEANDO (V / Fin)

1

Nuestra intención es llegar a la plaza municipal o del ayuntamiento de Hamburgo a pie. El clima es ideal para una caminata urbana.

Han anunciado lluvia, pero las nubes, por suerte, suelen desconocer la climatología y las predicciones meteorológicas.

Es nuestro último día en Hamburgo y, mientras tratamos de orientarnos, vuelvo a recordar la primera impresión que tuve de esta ciudad:

El trazado de sus calles, plazas y avenidas me hizo pensar en botas de siete leguas.

Y pensar en esas botas me hizo recordar los cuentos infantiles de mi niñez.

Verdaderas historias de horror, muchos de ellos.

Baste como ejemplo, justamente, Las botas de las siete leguas de Charles Perrault.

El francés que fue también recopilador de Caperucita Roja (más horror) y El gato con botas (la mentira y la estafa sistematizadas como virtud).

.

.

2

Mientras camino por estas calles que me resultan como las de una ciudad abandonada de otro planeta (sin saber cómo explicar esta sensación: ¿porque parece infinita o continuamente inventándose desde el suelo?, ¿o porque es una especie de metáfora arquitectónica de la incapacidad del mundo para gobernarse?), me hago una pregunta.

Dado el caso, o la oportunidad, ¿me habría quedado ‘para siempre’ en Hamburgo la primera vez que vine?

En ese momento me acababa de mudar de París a Colonia y me había quedado encantado con la apacibilidad de la ciudad vieja colonesa.

Y eso, a pesar del fracaso de la relación que me había hecho abandonar todo en Francia y venirme para Alemania.

(Bueno, también ya hablaba alemán y había tenido la maldita suerte de encontrar trabajo como profesor de idiomas en mi ”maldito’ primer día en Colonia.)

Hamburgo me pareció entonces (más) fría en más de un aspecto.

(Colonia apenas tiene pocos espacios abiertos en comparación con Hamburgo, lo que la hace más acogedora.

Una de las primeras cosas que noté, además, fue que los coloneses se arremolinan en las barras de las tabernas, mientras que los hamburgueses evitan el contacto anónimo de las barras y prefieren reunirse en grupos de conocidos sentados a una mesa.)

.

3

Apenas hay rascacielos en Hamburgo.

Uno de sus edificios más altos (el segundo en altura con sus casi 150 metros) es la iglesia de San Nicolás.

Esta iglesia protestante y de estilo neogótico fue alguna vez (de 1874 a 1876: corto reinado) el edificio más alto del mundo.

Hoy es una especie de monumento arqueológico al aire libre y en ruinas desde su bombardeo en la Segunda Guerra Mundial.

Ocurrió en la Operación Gomorra de fines de julio de 1943, el mayor ataque en la historia de la guerra aérea en su momento.

Hay que pasearse por ciudades como Hamburgo (o Colonia) para reconocer en su arquitectura que los aliados bombardearon sin piedad objetivos civiles y no solamente militares en la II GM.

(Según el Antiguo Testamento, el dios cristiano aniquila con una lluvia de fuego y azufre Sodoma y Gomorra, ciudades de pecadores y delincuentes.

¿Es menos delincuente y pecador bombardear ciudades?)

.

4

En el Hochbahn (literalmente ‘tren alto’ o ‘elevado’, por oposición al subterráneo) le pregunto a un africano por el camino.

El tipo no me entiende.

Es la primera vez que me sucede en Alemania.

Cuando necesito información en algún pueblo o ciudad alemana, suelo preguntar a los alemanes mayores o a los extranjeros.

Por lo general, los africanos son los que mejor me han sabido guiar en cualquier ciudad de este país.

Intuyo que es gente que ha tenido que aprenderse las calles a punta de recorrerlas, temerosos de preguntar a algún lugareño.

El que he elegido esta vez tiene que ser un recién llegado, me digo.

Lo reconozco también, porque me mira con excesivo recelo.

Preguntándose, tal vez, por qué diablos lo habré escogido precisamente a él para orientarme por la ciudad.

.

5

J., uno de nuestros hijos, desea comer a toda costa -y precio- una Currywurst.

Es una salchicha alemana bañada con salsa curry, un plato muy típico del país que se suele acompañar con papas fritas.

Que la salsa que baña el embutido sea de la India y que las papas sean originarias de los Andes, es algo que no obsta para que sea presentado como plato típico alemán.

(De hecho, muchos alemanes creen que la papa o patata es oriunda de Alemania.)

(Y eso que los turcos de este país -dicen que- dicen «Du deutsche Kartoffel!», algo así como «¡Tú, papa alemana!», supuestamente como insulto.)

.

6

Se podría escribir todo un libro acerca del origen de este plato, sobre quién lo inventó o creó primero y sobre su popularidad aquí en Alemania.

(Al parecer, pronto se abrirá un museo temático en Berlín.)

De hecho, existe una novela, El descubrimiento de la Currywurst, del escritor Uwe Timm.

Además de dos placas conmemorativas en Berlín y Hamburgo, cada una reivindicando la invención para su respectiva ciudad.

Cuando escucho que uno de nosotros preferiría una pizza, no puedo evitar pensar en el tomate.

Una fruta considerada como una verdura italiana pero que es originaria de los bajos Andes.

.

7

Aunque se trata de uno de los platos teutones callejeros por excelencia, no encontramos una bendita Currywurst por ningún lado.

Nos toca recorrer media ciudad y más de una hora hasta que encontramos un negocio que las ofrece.

(De paso, vale la pena mencionar que Hamburgo, la ciudad de la que provienen las hamburguesas, estas apenas se ven. Salvo, claro, en los negocios de comida cartón.)

El «Currymama» es un local elegante y atractivo, de excelente ubicación.

Tiene una terraza amplia y acogedora, en la que pagas con gusto el triple del precio habitual. (La cerveza es algo más cara aún: 4 euros por 0,4 L.)

¿Cuántos alemanes sabrán que uno de sus platos más típicos es un híbrido que lleva un producto típico (mezcla de especias) de la India?

.

8

Estamos comiendo, cuando escuchamos los ruidos característicos de una persecución en automóvil:

Los que producen los neumáticos de un auto al frenar, acelerar y cambiar de dirección repentinamente sobre el asfalto.

Levanto la cabeza y veo que no se trata del rodaje de una película:

Un taxi adelanta temerariamente a otro automóvil, lo cierra y, finalmente, frena en seco obstruyéndole el paso.

Por centímetros no se ha producido una colisión.

Los conductores bajan soliviantados y se enzarzan en una discusión.

El taxista es un alemán muy robusto, alto y con una panza de las conocidas como cerveceras. Debe estar alrededor de los cincuenta.

El otro conductor debe ser un turco, calculo; es bajo, rechoncho, por debajo de los treinta.

He visto -y vivido- este tipo de discusiones y mi primera reacción es levantarme y acercarme a tratar de calmar los ánimos.

Lo he hecho más de una vez en este pacífico país con buenos resultados (aunque hay que saber hacerlo para no terminar empeorando las cosas o pagando -el- pato).

(Si alguien se pregunta si no temo a un arma de fuego, debo explicar que quien desee adquirir un arma de fuego en Alemania tiene que hacer una solicitud oficial y por escrito al correspondiente ministerio. En los más de veinte años que llevo en este país solo una vez he visto un arma de fuego: la que me apuntó un joven porque no quería pagar la suma que le exigía por su consumo.) (Lo contaré alguna vez en esta bitácora.)

Como están mis hijos y mi esposa a mi lado comiendo, no me levanto para no echarles a perder la (tan buscada) comida.

.

9

De pronto, la discusión se hace más violenta, el turco amenaza con llamar a la policía y abre la puerta de su auto para sacar su celular.

En ese momento, el taxista alemán se le acerca por detrás y empuja la puerta contra su espalda.

El joven turco se recupera del golpe y se voltea.

Me imagino lo peor.

Sin embargo, el joven solo se lleva las manos a la cabeza teatralmente, dando a entender que ha sido herido.

Los comensales que nos rodean (todos alemanes) se ríen sarcásticamente, como se burla la gente en los estadios cuando alguien simula una falta inexistente en un partido de fútbol.

.

10

Solo que esto no es ningún partido.

Hay un claro agresor y, además, el joven turco ha detenido la espiral de violencia.

Su actitud puede ser exagerada, teatrera o, incluso, falsa o hipócrita.

Pero ha roto el círculo vicioso de la violencia.

Me indigno por las risotadas. Detesto las injusticias.

Y más si van recargadas de cierta xenofobia (consciente o no).

Los rivales se separan y se disponen a esperar a la policía, felizmente.

.

11

Transcurren los minutos. Cuando mis hijos y mi esposa han terminado de comer, cruzo la calle y me acerco al joven turco.

Está apoyado sobre un bolardo, tocándose la cabeza. Tiembla por el efecto de la adrenalina.

-Cuando la policía llegue -le digo, con voz calma y neutra-, lo único que le interesará serán los hechos demostrables.

El tipo me queda mirando y no sabe cómo reaccionar.

-Para empezar -continúo-, el taxista ya adelantó su automóvil unos metros, para que no se note que te ha obstruido el paso.

Le explico que lo que ha hecho el taxista se llama Nötigung en el código penal alemán, ‘coerción‘ en nuestro idioma.

Y es penable.

-Gracias, por interesarse por mí -me responde.

-Lo malo es que ahora, salvo que tengas testigos, ya no lo puedes demostrar.

-¿Usted lo ha visto? -me pregunta.

-Sí.

Luego le explico que no llevo mi pasaporte encima y que vivo en Colonia, 500 kilómetros al sur.

También le explico que no le temo a la policía por lo de no tener pasaporte: me ha ocurrido varias veces y terminan aceptando que no puedo llevar todos los días mi pasaporte conmigo después de más de 20 años en este país.

En todo caso,si se realiza un juicio, yo tendría que viajar a Hamburgo para declarar como testigo.

-En caso de extrema urgencia -añado-, lo podría hacer.

-Gracias -repite. Luego agrega, aún tiritando por el efecto de la adrenalina:- Estaba a punto de darle un buen golpe, pero me controlé.

No le cuento que la gente de la terraza se ha burlado de él, cuando debería haberlo aplaudido por haberse controlado.

No sé si esa reacción se ha debido a su aspecto de inmigrante turco y a que el taxista es alemán.

.

12

Me acerco a mirarle la frente y veo una herida sobre su ceja derecha.

El golpe no es inventado.

El taxista no solo ha hecho maniobras temerarias y peligrosas (seguramente para reclamar alguna infracción de tráfico y fungiendo ilegalmente de policía), también ha agredido física y comprobablemente a un ciudadano.

-No sé lo que sucedió antes, pero la policía solo puede guiarse por pruebas concretas y reales -le remacho-. Tu herida lo es. Quédate lo más más sereno posible. Aquí en Alemania la policía suele darle más credibilidad a la gente que considera juiciosa -le digo antes de volver a mi mesa.

.

13

La policía tarda más de media hora en llegar.

Espero unos minutos más y el joven turco no señala en mi dirección (para señalarme como testigo, a pesar de que sabe que sigo en la terraza del «Currymama»).

Luego seguimos nuestro camino.

Para sellar nuestra visita a Hamburgo hacemos una visita al Stadtpark, el ‘parque de la ciudad’.

Fundado en 1914, este parque público ocupa un terreno de 150 hectáreas (un kilómetro cuadrado contiene 100 hectáreas; el Parque Central de Nueva York, de 1873, tiene 320) con lagunas artificiales y canales por donde se puede pasear en bote y canoa.

Hasta 200.000 personas llegan a visitar sus instalaciones en un solo día.

Jardines bastante bien cuidados, una zona de piscinas, un planetario y varios negocios gastronómicos completan su oferta.

Decidimos alquilar un bote y nos dicen que el tiempo de espera será de una hora.

¿Estaremos en Cuba o en la URSS?

Bajo la sombra de un nogal, me extiendo sobre el pasto a echar una siesta mientras los chicos se trepan a las ramas y saltan al suelo.

El olor del carbón y de los aderezos de las parrillas lejanas es inconfundible.

.

14

No hemos visto mendigos ni gente sin hogar en nuestro recorrido por las calles de Hamburgo.

Si la aparición de la agricultura en la historia de la humanidad significó no solo mayor cantidad de alimentos y la posibilidad de su acumulación, sino también nuevas enfermedades, la aparición de clases sociales y la discriminación de la mujer.

La aparición de la sociedad industrial trajo consigo un nuevo fenómeno: el ejército de ‘desadaptados’, ‘caídos’ del sistema o simplemente renuentes a él.

Cada gran ciudad europea tiene su ejército de gente sin techo y ‘marginales’. París, por ejemplo, tiene todo un submundo del cual pocos hablan.

(“No se puede considerar saludable el estar adaptado a una sociedad profundamente enferma”, dijo Jiddu Krishnamurti alguna vez).

Pues, bien, ¿dónde están en Hamburgo?

(Hay ciudades que los esconden de los turistas. Es su forma de ‘solucionar’ el problema. Países enteros, como EEUU, simplemente ignoran ese mismo problema, para no tener que preocuparse por su solución o paliativo.)

Asombrado, accedo a una página gubernamental y leo:

Kein Mensch muss in Hamburg auf der Straße übernachten.

¿Puede ser cierto que «nadie tiene que pernoctar en la vía pública en Hamburgo»?

Continúo la búsqueda en la Red y encuentro la realidad:

«Viele Obdachlose in Hamburg sterben nach Auffassung des sozialen Netzwerks “Regionaler Knoten” unter unwürdigen Bedingungen.»

(Muchas personas sin hogar mueren en Hamburgo bajo condiciones humillantes, es la conclusión según la red social ‘Regionaler Knoten’.)

Lo cierto es que no existen estadísticas oficiales sobre la gente sin hogar en Alemania.

Parece una broma de mal gusto, pero no lo es.

Se calcula que existen unas 300.000 personas sin hogar en este país desarrollado y que en estos días presume de poder/querer ayudar a Grecia (a costa de endeudarse más a sí mismo: o sea, con aire).

La Asociación de Ayuda a los Sin Techo da otra cifra: 220.000.

De los cuales un 10 % viven exclusivamente en la calle.

.

15

Pensadores alemanes fueron de los primeros en atisbar y reconocer el lado feo y débil de la industrialización y del capitalismo incipiente.

¿Qué hacer con todos aquellos incapaces de adaptarse e incorporarse a las nuevas formas económicas, productivas y comerciales?

En realidad, resulta una especie de paradoja aberrante que no hayan sido pensadores de EEUU los primeros en reconocerlo, con el alto porcentaje de pobres (¡43 millones!), indigentes, gente sin techo, drogadictos, vagabundos y marginales en general que existen en ese país.

Marx, un alemán de origen judío, fue uno de los que mejor lo expresó, y no hay que ser marxista ni siquiera de izquierda para asombrarse por su precisión:

«¿En qué consiste, entonces, la enajenación del trabajo? Primeramente en que el trabajo es externo al trabajador, es decir, no pertenece a su ser; en que en su trabajo, el trabajador no se afirma, sino que se niega; no se siente feliz, sino desgraciado. Por eso el trabajador sólo se siente en sí fuera del trabajo, y en el trabajo fuera de sí. Está en lo suyo cuando no trabaja y cuando trabaja no está en lo suyo. Su trabajo no es, así, voluntario, sino forzado, trabajo forzado. Por eso no es la satisfacción de una necesidad, sino solamente un medio para satisfacer las necesidades fuera del trabajo. Su carácter extraño se evidencia claramente en el hecho de que tan pronto como no existe una coacción física o de cualquier otro tipo se huye del trabajo como de la peste.»

Por pensamientos de este tipo es que se construyeron instalaciones como el Stadtpark de Hamburgo, por ejemplo.

Hoy impensables en Europa:

La socialdemocracia europea se derrumba, después de haber hecho tanto por el Estado social y haber empezado ella misma a recortarlo.

.

16

Frente a mi asiento del tranvía, una mujer de las llamadas de mediana edad, parece conversar conmigo.

En verdad, todos los demás ocupantes del vagón la pueden escuchar por el volumen de su voz.

Lo hace con una naturalidad que sorprende y hiere a la vez, por la impotencia que me suscita.

¿Debo pedirle que baje el volumen de su voz pues me está incomodando sin que yo le haya hecho nada?

.

17

Está hablando con un familiar y le recomienda cómo debe tratar sus asuntos y sus problemas: la clásica cháchara telefónica sin otro sentido que el de saberse conectado a alguien.

Ya no sé si quejarme o simplemente soltar una carcajada por la cantidad de banalidades y memeces que escucho.

Mi esposa me queda mirando y me hace un guiño con los ojos.

Comprendo que la moda de las tarifas teléfonicas planas ha llevado a las calles y a los medios públicos de transporte las conversaciones (de horas incluso) que antes se hacían estrictamente en privado.

Las nuevas tecnologías parecen haberle dado también otra dimensión a la expresión ‘vergüenza ajena’.

Trato de soportar la memez insolente de esta hamburguesa concentrándome en diseccionar su dialecto local.

.

18

Regresamos al departamento del primo de mi esposa para recoger nuestro equipaje y dejar todo limpio y en orden («Deberían visitarme más seguido», nos va a decir después, quitándonos un gran peso de encima: «tan limpio no había tenido el departamento antes».)

Tengo que reconocer que me he quedado fascinado con la Speicherstadt, el complejo de almacenes más grande del mundo.

(Pulsar aquí, para acceder a una galería de 20 fotos.)

26 hectáreas (1,5 kilómetros de largo por 150-250 metros de ancho) construidas sobre troncos de robles y encinas, para almacenar el café, el té y las especies que se importaban de todo el mundo y que hicieron rica a esta ciudad.

Para construir el distrito almacén se tuvo que desalojar a unas 20.000 personas y destruir 1.100 hogares.

Cuando se pasó al sistema de contenedores, la Speicherstadt debió quedar deshabitada y desierta hasta que se empezó a transformarla en lo que es ahora.

Mi fascinación tiene que ver con las historias que flotan y vagan por los ambientes y callejuelas de este distrito que parece abandonado en este día de fin de semana puente.

Me imagino las novelas que se podrían escribir, los cuentos, ensayos y poemas.

Aparte de los estudios científicos.

.

19

Nadie menos que Robertico Koch (¡chico!, el mismo que descubrió el bacilo de la tuberculosis que creíamos desaparecida, y Nobel de medicina de 1905) le escribió al emperador alemán durante la epidemia de cólera de 1892:

.

Eure Hoheit, ich vergesse, dass ich in Europa bin. Ich habe noch nie solche ungesunden Wohnungen, Pesthöhlen und Brutstätten für jeden Ansteckungskeim angetroffen wie hier.“

.

Traduzco adaptando:

«Su alteza, no puedo creer que estoy en Europa. Nunca había visto viviendas tan insalubres, verdaderas covachas de peste y focos de infección para todo tipo de gérmenes contagiosos como las que he encontrado aquí.»

Leo también que los desalojados fueron trasladados a barrios como Hammerbrook y Barmbek.

Constato -asombrado y fascinado en una- que en este último barrio nos hemos alojado en nuestra visita a Hamburgo.

Otro círculo que se cierra sin habérmelo propuesto.

.

20

Con esta oclusión, aprovecho para dejar Hamburgo como tema mientras en la radio de la camioneta que nos lleva a Colonia suena una pieza que conozco bien.

Pero que, sin embargo, no atino a reconocer inmediatamente.

La interpretación me parece tan buena que apunto la estación de radio y la hora para poder revisar en casa la respectiva lista en la Red.

Se trata de Evil Ways, un tema de Clarence (Sonny) Henry de 1968, popularizado por Santana un año después.

La versión que escucho, mientras dejamos atrás la «Ciudad libre y hanseática de Hamburgo» -su nombre oficial- y que no me ha sido posible encontrar en YouTube, es la del recomendable Cuban Jazz Combo.

.

HjorgeV 03-07-2011

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s