LA CARRERA DE LA ABADÍA

*

Es domingo y tenemos que salir temprano para ir a Brauweiler, la siguiente localidad camino a Colonia.

Apenas un kilómetro y medio de centro a centro.

Nos vamos en familia a uno de los acontecimientos del año -toda una fiesta- en el pueblo vecino. Es el Abteilauf (fotos aquí), la ‘carrera de la abadía’.

Aunque no existen documentos fehacientes, basándose en el Fundatio monasterii Brunwilarensis de finales del siglo XI, se parte de que la abadía de Brauweiler fue erigida a mediados del siglo VIII.

¿Qué hago pensando en la historia de este monasterio, mientras el ya caluroso día invita a otras cosas, más refrescantes, vamos a decir?

Recuerdo una frase de El Flaco Menotti, en una interesantísima entrevista que le acaba de hacer Luis Martín:

«En su memoria uno coge del pasado las cosas que le sirven. Si uno no tuviera pasado, el presente no le serviría de nada.»

*

Después de la carrera de 500 metros de nuestro hijo menor (hay varias carreras en las diversas categorías y dos chicos nuestros más que desean correr), busco la sombra de un árbol milenario.

Se dice que esta morera (Maulbeerbaum) fue plantada por el fundador de la abadía, el conde palatino Ezzo.

Al girar para contemplar el edificio principal del monasterio, me encuentro con un rostro conocido.

Tardo un momento en reconocer a la madre de una compañera de nuestra hija mayor.

Iniciamos una conversación trivial y silvestre, bajo el signo del radiante sol.

Me pregunta por nuestra hija que acaba de llegar de Brasil después de un año de intercambio cultural.

Le digo que, entre otras cosas, me preocupa la presión que empiezan a tener los jóvenes alemanes de hoy en lo referente a su futuro profesional.

Quiero decirle que me parece un absurdo que la única preocupación de la mayoría de los padres sea el dinero que se puede ganar en tal o cual profesión. ¿Prestigio académico? Eso es algo que no he vuelto a escuchar en muchos años, por ejemplo.

Me suelta una cháchara sobre la falta de iniciativa y decisión de las nuevas generaciones. Me dice:

«Ahora lo tienen todo y, sin embargo, no saben sacarle el jugo. No saben aprovechar nuestro trabajo. Es desesperante a veces.»

¿Nuestro trabajo, ha dicho?

Como no entiendo del todo lo que me quiere decir, me pongo a pensar.

Luego recuerdo que es profesora de colegio.

Conozco la cantaleta, porque ya la he escuchado varias veces de los profesores del colegio de nuestras hijas: ellos hacen su trabajo bien, casi a la perfección, son los niños y jóvenes los que no saben aprovechar ese esfuerzo.

Si hacen su trabajo bien, a conciencia, le pregunté a uno de esos profesores -ganándome su enemistad-, ¿cómo es que no funciona?

Lo que esta profesora me dice me hace pensar en alguien que se queja porque ha puesto a hervir agua en una tetera y ha prendido el fuego, pero el agua se niega a hervir.

¿Y si no es agua?, es algo que no llega a -o no quiere- preguntarse.

*

Mientras sigue su cháchara sobre lo bien que ella y sus colegas hacen su trabajo sin ser correspondidos por sus alumnos, giro discretamente unos grados y contemplo la abadía.

Un escalofrío me recorre la columna vertebral de solo pensar que se usó a partir de 1933 como campo de concentración de los nazis.

Y luego como prisión de la temible Gestapo, la Policía Secreta Estatal, sección colonesa.

Terror puro. (Los prisioneros eran sujetados horizontalmente sobre las paredes por medio de esposas, entre otras sutilezas pre-bushianas.)

Konrad Adenauer, por ejemplo (primer canciller alemán tras la guerra y uno de los padres fundadores de esta Europa que se tambalea, como si no se hubiera sabido que se iría a tambalear), pasó dos meses prisionero aquí, en 1944.

Al final de la guerra fue centro de acogida de extranjeros refugiados.

Soy un extranjero, me estoy diciendo, cuando “regreso” a la conversación después de mi corto viaje turístico y mental al pasado (turismo de horror, lo llamaré esta vez) y veo que la profesora prosigue con su faramalla.

«Si es tan bueno su trabajo», me provoca preguntarle, aparte de que me gustaría saber si esa calificación (de ‘bueno’) se la han dado los mismos profesores o sus alumnos, «¿por qué diablos no da frutos?»

¿Se imagina alguno de ustedes tratando de vender un automóvil que no funciona con el único argumento de que se ha hecho un “buen trabajo” y que ya no es responsabilidad del vendedor que el carromato no ande?

*

Aprovecho que avisto a nuestro otro hijo, que acaba de terminar su carrera (de 5 km), para despedirme de la profesora.

Antes, me dice que le parece increíble que la juventud no sepa qué hacer con su futuro.

¿Cómo puede asombrarnos?, quiero decirle.

¿Cómo; si justamente ahora ellos son testigos de que la Europa que prepararon las -supuestamente- mentes más preclaras del planeta (europeas, occidentales) ha resultado ser un zafarrancho?

¿Cómo; si la economía y las finanzas mundiales se han vuelto un casino demente en el que estafadores y especuladores sacan la mejor y mayor tajada sin importarles el destino de los demás?

(Y sin que les suceda absolutamente NADA -a la absoluta mayoría de ellos- por tanta irresponsabilidad criminal.)

No le digo nada a ella, claro.

Al darle la mano, me provoca, hacerle por lo menos una pregunta:

¿Saben ustedes profesores, y sus respectivos alumnos, que 10 millones de personas pasan hambre en este momento en el mundo por efecto de la mayor sequía en 60 años en África?

¿Saben y enseñan los profesores de su colegio que de los 13 millones de niños que mueren al año en el mundo, la mitad se debe a una alimentación insuficiente e inadecuada?

No son cifras de otro planeta.

Y son equivalentes a un genocidio.

*

Pienso, mientras me alejo, que debo estar mal de la cabeza por pensar cosas así, en vez de ponerme a conversar decente y civilizadamente con un@ de mis convivientes alemanes.

Tal vez la profesora hasta me haya tomado por tonto debido a mi silencio.

(Muchos dementes suelen callar para no arriesgarse a salir de su mundo, quiero imaginarme.)

La ironía es que esta abadía acogió en 1969 una clínica psiquiátrica, hasta 1978, año en que se inició la reconstrucción histórica de sus edificaciones.

*

Un ruido, como el de una resonancia o vibración, me despierta de mis pensamientos.

Es el sonido característico de un avión.

En realidad, algo raro por estos lares puesto que el aeropuerto más cercano está a más de treinta kilómetros de distancia.

¿Qué pensarán (o habrán pensado) ciertas tribus selváticas que nunca han (o habían) visto un avión cuando lo ven surcar los cielos?

Pienso en esto porque EEUU acaba de abandonar sus vuelos espaciales y me he alegrado con la noticia (por más que la razón para ese abandono no sea verdadero motivo de alegría).

*

Pienso en la arrogancia estúpida que nos ha hecho creer a varias generaciones de que hacíamos bien buscando atisbos de vida extraterrestre en el espacio sideral.

¡La de enfermedades que tendrán esos seres (de existir), para las que ellos ya deben ser parcialmente inmunes y nosotros no, porque nunca hemos estado en contacto con ellas! (Y si seres extraterrestres llegaran a nuestro planeta, sería por alguna razón. Por estar buscando un nuevo habitat, por ejemplo. ¿Les mostraríamos películas del Lejano Oeste?)

La historia de la humanidad también es la historia de desastrosos y fatídicos primeros contactos entre diferentes civilizaciones o pueblos: en África, en América (en el norte y en el sur), en Australia.

Carnicerías, genocidios, destrucción, esclavismo, abusos y expolio. Seguidos de olvido, lavado de manos e irresponsabilidad.

Siempre en desmedro y perjuicio del más débil.

*

Pienso en todo esto, porque, si la escuela, el colegio (el instituto en España) sirve a un sistema y este se tambalea (ahora mismo “Italia y España se acercan al abismo”, el título de un artículo periodístico de hoy), ¿cómo esperar entusiasmo en los jóvenes por esa escuela?

(Y por ese sistema.)

¿Qué pueden pensar de un sistema empecinado en destruir el planeta?

«Tienen todo y tantas oportunidades y no las aprovechan», es la frase que me ha quedado resonando de la profesora (¡admiro su profesión!, por si acaso), mientras contemplo el paso de los corredores.

Sudan, jadean, resoplan, resuellan y algunos parecen asfixiarse con cada bocanada de aire salvadora.

El moderador (así se los llama aquí, aunque no modere nada, solo anuncie y charle) hace un chiste:

«Und es soll freiwillig sein.»

Traduzco libremente, adaptando:

«Y pensar que lo hacen voluntariamente.»

*

En principio, ningún ser humano necesita mucho más allá que la satisfacción de sus necesidades primarias y algunas secundarias para vivir una vida plena y feliz.

En sociedades inteligentes, una vez satisfechas las necesidades primarias, la idea consistiría en ofrecer actividades que permitan el desarrollo artístico, intelectual y ‘espiritual’ de todos, vamos a decir.

En cambio, las actuales sociedades solo parecen tener un bien mayor que ofrecer: la trampa del consumo.

Trampa, porque el anuncio común de toda propaganda comercial es el siguiente:

Lo que vistes, comes, bebes, conduces, calzas, usas y tienes no vale nada porque ya salió algo nuevo que es mejor.

Con perspectivas así, ¿cómo esperar contento, satisfacción en los jóvenes?

*

Por ahora, las redes sociales y otras perlas de la Red, mantienen a la juventud más o menos hipnotizada.

Cuando se den cuenta de que no son nada más que una especie de telégrafo moderno (una dos líneas, a lo más; a veces, solo un par de palabras), ¿en qué podrán concentrar sus intereses esas nuevas generaciones?

La industria ya tiene la respuesta, claro:

Productos cada vez más sofisticados (que ya es lo que hace ahora).

Pero escapando siempre de un fantasma real:

Los contenidos.

*

Mientras se desarrolla la última carrera y noto que me hubiera gustado correr (mi rodilla me lo ha impedido esta vez), pienso en mis tiempos.

Tener un tocacaset (así lo llamábamos en mi país, el Perú) era lo máximo.

Luego llegó el walkman y no lo podíamos creer.

¡El mundo del futuro tenía que ser un paraíso!

Pensábamos. Apenas una generación atrás.

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HjorgeV 11-07-2011

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Un comentario sobre “LA CARRERA DE LA ABADÍA

  1. La trampa del consumismo ir detrás y olvidarnos que se puede ser feliz en este momento. A mi hijo le trato de enseñar aquello. Uso un celular elemental desde que lo tengo independiente del entorno de modelos nuevos me da un servicio bueno. Le explico a mi hijo sobre las trampas del consumo, pero a veces cede a la fascinación de otros modelos que tienen sus amigos que cambian y cambian sin parar que más que el aspecto útil es una especie de fanfarronería para mostrar alguna superioridad, superioridad medida con la vara de la capacidad de conseguir dinero, quizá a cualquier precio, quizá al precio del deterioro del planeta y de la vida futura. Aqui en Perú existe algo para mi más fascinante, esa capacidad por adaptar creativamente las cosas, por repotenciar lo viejo y tornarlo en vida nueva. Recuerdo cuando trabajaba en una empresa alemana ellos se admiraban de ello y denominaban con satisfacción “Inca Technology”. Saludos Jorge desde Ventanilla donde todo es sol y alegría.

    Rpta. Hola, Jorge. Muchos de mis conocidos tienen los modelos más recientes. Algunos tienen incluso dos y ¡hasta tres! Por razones de trabajo, me dicen. Pero he notado que tienen la compulsión de estar mostrando todas las cosas que pueden hacer sus aparatos (fotos, videos, entrar a la Red). Me he imaginado soltándoles una perorata de cinco minutos sobre todo lo que hacen mis zapatos: impedir el paso del agua y el polvo, que no duelan las plantas de los pies al pisar alguna piedrita, etc. Pero lo que voy a hacer es preguntarles si ya pueden sacar fotocopias e imprimir con sus celulares. Creo que así tendrían en qué concentrarse para el futuro. Saludos desde esta Alemania fría y lluviosa, a pesar de ser verano oficialmente. HjV

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