UN CASO PARA JORGE DIGAH: «LA NOVIA PRESTADA» (Novelita) (I)

*

Después de la llamada de larga distancia de mi madre, traté de recordar dónde había puesto el bendito caset de las hermanas Tállez.

Empecé a buscar en los lugares más obvios, sin resultados.

Esa tarea me hizo recordar que en Lima no llamábamos casete a esa cajita prehistórica, sino que pronunciábamos su nombre con la t final.

En la radio colonesa parecía haber solo dos noticias: la mayor matanza en Europa desde la de Madrid en marzo del 2004 y las vacaciones de verano.

La feroz hambruna de Somalia había escogido un mal momento para presentarse a la opinión pública internacional.

Por lo menos para las emisoras alemanas parecía haber dejado de existir.

Si se tratara de bromear, pensé, se podría decir que si Europa tiene un gran defecto, este es principalmente visual:

Su manía histó(é)rica de mirarse el ombligo.

*

Encontré el bendito aparatito después de ordenar el par de roperos y armarios de mi departamento.

Desde que me he adherido a una especie de minimalismo muy personal (desprenderme de cualquier cosa que no he/haya usado más de dos años, es una de las reglas), tengo menos problemas para  deshacerme de aquello que antes me parecía completamente indispensable.

La ventaja del minimalismo es que cualquiera visitante puede soltarte un «Qué orden que tienes». Lo malo es que he empezado a soñar con una vivienda en la que solo haya una cama, una mesa, una silla y un sofá.

*

Cuando mi madre me mencionó al teléfono el nombre de las hermanas Tállez, temí que me fuera a preguntar por la cinta que me había dado alguna vez.

No lo hizo, pero me puse a buscarla porque no quería que me agarrara desprevenido por si después se le ocurría indagar por ella.

Para mi madre, los principios son leyes que, si no se cumplen, por lo menos hay que venerarla/os. Además, le gusta verificar si aún conservo sus regalos. ¿Será por eso que a veces me regala cosas absurdas, solo para comprobar si las sigo conservando a pesar de su inutilidad?

*

Después de media hora de búsqueda exhaustiva, encontré el caset al fondo del cajón reservado para mis medias.

En ese mismo rincón también encontré dos desarmadores o destornilladores que llevaba buscando meses, un reloj automático que ya había olvidado, dos trusas (la Academia, otra vez: en mi país este anglicismo se suele usar como el bañador español y no como calzoncillo), un cuchillo de explorador y varias monedas antiguas.

¿Cómo diablos llegaron allí estas piezas si no colecciono ni he coleccionado nunca nada, salvo, de niño, el álbum de un Mundial, uno de los pocos al que ha asistido mi país?

¿Y de dónde diablos salió el cuchillo de explorador?

La búsqueda me llevó a crear un gran desorden y este al orden compulsivo, de modo que terminé ordenando todo como un fundamentalista enardecido.

Si mi primera esposa me viera, pensé.

*

Mi madre me había dejado la cinta de las hermanas Tállez en una de sus visitas a Alemania, ya no recuerdo en cuál.

Cuando me mencionó el asunto de la hija de una de ellas en su llamada, recordé inmediatamente el caset.

También recordé que tras escuchar una sola canción -o tal vez dos-, lo había dejado olvidado en alguna parte.

Por qué lo dejé en el cajón de las medias, es algo que ignoro.

*

Mi madre tiene la costumbre de asignar propiedades y cualidades inexistentes a las cosas y a las gentes.

De mí decía, de niño, que era muy buen dibujante, por ejemplo.

No era cierto. Era un esforzado dibujante, que es lo contrario de uno bueno.

De su padre, mi abuelo, hablaba y habla -ahora cada vez menos- como de un hombre generoso y dado a la dádiva, cuando era consenso familiar que era un gran y notable tacaño, un avaro profesional.

La cinta con las canciones de las hermanas Tállez me la había dado como quien pasa un gran secreto musical. Me imagino que pensaba que yo podría tener la capacidad y los medios de revelárselo al mundo entero y volverme así famoso.

«Todas son sus composiciones propias. Y qué bien cantan», me había dicho.

No cantaban nada, para decirlo de boca de alguien que se ha ganado algunos panes cantando, precisamente (o intentándolo, más bien, como dicen mis amigos músicos) en este país.

Quiero explicarme: las hermanas cantaban lo suyo, pero de allí a llamarlas cantantes había un buen trecho.

Opino que la desafinación es algo que no debería siquiera mencionarse como elemento de crítica.

¿O podría incluirse el término putrefacción en la crítica de un restaurante?

*

A la llamada de mi madre, siguió un pronto emilio suyo.

Ella los escribe con mayúsculas, como si estuviera gritando. (Una vez le pregunté al respecto y me respondió que era así como se escribían los mensajes modernos. Punto. Chitón, boca. Modernos. Carajo.)

Su emilio era para recordarme que me tomara en serio el «secuestro de una de las hijitas» de las hermanas Tállez, puesto que estas no habían sido unas jóvenes cualquiera.

Aparte de estudiosas y aplicadas, habían sido reinas de belleza en su juventud en Trujillo, su ciudad natal.

Mi madre podría haber fundado toda una escuela dedicada a la lógica científica. ¿O “fundamentalista” quedaría mejor?

*

Presa de la curiosidad y después de anunciarle a Fernando, mi jefe de la agencia de traducciones, que probablemente no iría al trabajo un par de días (por un «secuestro» le dije, esperando que no me creyera y no me creyó) pero que cumpliría con todas mis tareas y obligaciones pendientes (lo más importante para él y no necesariamente mi presencia en la oficina), me asomé a la Red.

Allí estaban las hermanas Tállez: frescas como si hubiera sido ayer su fama, a pesar de la evidente antigüedad de las imágenes.

Se las podía ver en diversos atuendos y poses, sonriendo y encantando, una más coqueta que la otra, posando para todo aquel que quisiera quedarse encantado con su belleza y su garbo.

En las imágenes, se veía a los fotógrafos acuclillados a sus pies, haciendo centellear sus vetustas e hiperdimensionadas máquinas.

Calculé por la fecha de los artículos de La Industria de Trujillo que las Téllez debían estar por cumplir los cincuenta. Una eternidad.

*

Lo cual significaba que Dorita, la hija de una de ellas, que andaba perdida en Alemania («secuestrada» era el adjetivo que había usado mi madre al teléfono, repito), debía tener entre 20 y 30 años.

Ese había sido el motivo de su llamada desde Lima: averiguar qué sucedía con la joven en Hamburgo.

Como Dorita o Dora había tenido la osadía de dejar el Perú y se había venido a Alemania para casarse, los dejé en unos 25.

Cualquier otra edad habría sido una insensatez, se me ocurrió pensar.

*

Mi madre suele darme una o dos tareas al año.

Creo que es su forma de mantenernos unidos o vinculados a pesar de la distancia entre Lima y Colonia.

Aunque también creo que lo hace para que no olvide la vez (primera y única) que olvidé la bolsa con el pan caliente para el lonche por jugar un improvisado partido de fútbol en la calle.

«Encarguitos» llama ella a esas tareas, en esa manera tan peculiar que tenemos los peruanos de decir sí y no a la vez, de negar afirmando o afirmar negando, y de rogar exigiendo o exigir rogando.

Qué habrían dicho Adorno o Kant al respecto.

*

Ignoro la razón de los encargos de mi madre, uno más banal que el otro, pero no por ello menos acuciantes desde su propia perspectiva: como si no cumplirlos pudiera equivaler a ese grave olvido panadero de mi niñez.

Muchas veces me he visto metido en líos por causa de una gestión absurda que tuve/tenía que hacer para conseguirle ya no sé qué cachivaches a mi madre.

O por unas llamadas incomodísimas a unos desconocidos que se negaron a contestar a mis preguntas por encargo, creyéndome un estafador.

O preguntando en las farmacias por un “milagro natural de moda” que resultó ser ¡polvo de ajo en cápsulas!

(Mi madre había traducido por sus propios medios un anuncio de la revista alemana Burda y luego me había hecho el encargo respectivo sin haber entendido ella misma del todo el anuncio.)

*

En la página de deportes (de fútbol) de La Industria, me entretuve viendo la tabla del campeonato trujillano.

Lo hice después de leer un nombre –Carlos Manucci– que me transportó inmediatamente a ciertos días de mi niñez, a un viaje a Trujillo precisamente.

Al inicio de ese viaje también había abierto la sección deportiva de La Industria y me había quedado un largo rato estudiando los resultados, los partidos por jugarse y la clasificación.

Toda una ciencia de otro planeta.

Yo era el estúpido extraterrestre que la estudiaba como si en eso se le pudiera ir la vida.

Misterios.

Demasiados son los propios misterios que cada uno se lleva a la tumba.

*

Mientras le doy duro a la masa del pan casero que me he obstinado en dominar (hasta ahora sin resultados), la radio no cesa de informar sobre la matanza de Noruega.

Escucho también que la cantante británica Amy Winehouse pudo haber muerto por una sobredosis.

Una hora después: mi desayuno se compone de varias duras galletas que tendrían que haber sido panes crujientes y suaves a la vez.

*

No sé cuántos días pasaré en Hamburgo.

A Fernando, mi jefe de Traducciones, no le preocupará mi ausencia. Es época de vacaciones y la agencia tiene muy pocos encargos por estas fechas.

Como sé que no voy a poder ir al gimnasio durante un par de días, me preparo para pasarme una hora y mediahaciendo ejercicios.

Mi madre me ha vuelto a dar un encargo más bien propio de un detective privado y no sé hasta qué punto esta vez sí pueda haber algo de cierto en lo que me ha contado.

El cobarde que llevo dentro tensa los músculos de solo imaginarse lo peor.

El teléfono empieza a sonar, cobarde él también.

*

-¿Diga? -respondo.

Es Fernando.

-¿Por qué dices «diga», Jorge? ¡Jodé, macho!, por eso muchos creen que «Diga» es tu apellido -me dice mi jefe.

Es la letanía que repite cada vez que me llama.

-¿Qué más da? -le replico. No sé lo que quiere. Yo deseo salir, ya.

-Ya que vas a ir a Hamburgo -empieza a explicarme, con ese tono dulzón que usa para sus grandes ideas-, podrías darte una vuelta por Kiel y hacerle una visita a nuestra sucursal, macho. Te nombraría Controlador Plenipotenciario. ¿Qué te parece?

-¿Aló? ¿Aló? -repito varias veces en voz alta-. ¿Alóóóóóóó? -grito esta vez.

Luego cuelgo y salgo rápidamente a la calle.

Por precaución, he dejado mi celular en el cajón de las medias.

*

La última vez que usé esta treta con mi jefe fue hace unos dos años.

Tiempo más que suficiente para que la haya olvidado, me digo.

Mientras me dirijo a la entrada del gimnasio con la toalla alrededor del cuello y una botella de agua en la mano, sueño despierto con los peligros que me esperan en Hamburgo.

Sin haber empezado a ejercitarme con los aparatos, empiezo a sudar.

*

.

Continúa…

       HorgeV 25-07-2011

. HjorgeV 24-07-2011

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