UN CASO PARA JORGE DIGAH: «LA NOVIA PRESTADA» (Novelita) (IV)

Me despierto debido a un sueño recurrente: bandidos extraterrestres me lanzan proyectiles de frío y no sé cómo defenderme.

Es una pesadilla que conozco y que me angustia especialmente porque (en el sueño) nunca sé qué hacer. La única solución siempre es despertar, pero llega sorpresivamente, sin que yo pueda controlarla ni decidirla.

Abro los ojos. Por un instante me asombro de estar en una habitación que no conozco, luego veo la frazada y la sábana caídas a un lado de la cama y sonrío como un tonto.

Como un tonto a quien se le ha repetido decenas de veces el mismo chiste y ríe una y otra vez sin entenderlo realmente.

El sueño en el que los extraterrestres me atacan con armas de frío lo tuve por primera vez a los pocos días de llegar a Alemania.

Era febrero, hacía un frío histórico (todos los inviernos lo son para mí), acababa de comenzar el carnaval colonés y el dueño del departamento se había olvidado de llenar el tanque de petróleo del sótano.

Pasé un frío terrible mientras Herr Wancker se dedicaba a comparar los precios del mercado.

-Con un poco de paciencia se puede ahorrar verdadero dinero, ¿sabe usted? -era una de sus frases favoritas.

Tenía tantos años que bien podía haber participado en las dos guerras mundiales, pero su obsesión seguía siendo el ahorro.

El descuento que tendría que haberme hecho, por supuesto, ni siquiera lo mencionó.

*

Después de un duchazo, bajo al comedor del hotelucho.

El anunciado y promocionado bufé es una mesa con cuatro ingredientes básicos: café, pan, grasa y azúcar.

Me he acostado sin comer, pero la visión de animales entrando a un molino por el que salen luego embutidos en diferentes formatos, apenas anima a mi apetito.

Es muy temprano por la mañana y somos cuatro las personas presentes.

Como sin verdaderas ganas. Los otros tres se levantan una y otra vez para llenar sus platos porque el precio del desayuno está incluido en el de la habitación.

“Gratis”, dice un letrero.

Es la palabra de moda en este país.

«¡Ahorre tanto!» es el lema publicitario más usado. Se puede «ahorrar» hasta miles de euros comprando determinados productos.

Los clientes son gente que ha ido a la escuela y saben leer y escribir, y las cuatro operaciones.

*

Al salir, el empleado de la recepción me pregunta si voy a pasar otra noche en el hotel. La noche anterior he pagado por adelantado.

-¿Usted que cree? -le pregunto a modo de despedida.

-No lo sé -me responde, sorprendido.

-Yo tampoco -le devuelvo el disparo.

*

Hace frío para ser una mañana de verano.

En los años que llevo acá, he comprobado que aunque en invierno siempre hace frío, el verano alemán solo es nominal. Y muy chúcaro e inestable.

Puede aparecerse al comienzo de la temporada o recién al final.

Otras veces saca cada par de semanas la cabeza como jugando a las escondidas y ya he sido testigo de un verano que empezó en abril, terminó en mayo y no volvió hasta el año siguiente.

Los inviernos, en cambio, siempre son históricos y especialmente memoriosos.

*

No estoy lejos de la estación central y tomo la primera decisión del día. Dejaré mi pequeña maleta en la consigna. Detesto desplazarme con equipaje, aunque solo sea un morral.

Por el contrario, conozco mucha gente que se pone con gusto una mochila a la espalda aunque no lleve prácticamente nada dentro.

Otro de los grandes misterios de este mundo para mí.

*

Buxtehude no está lejos de Hamburgo. El ritmo de los trenes es de 20 minutos. Me entretengo echando un vistazo a la tienda de libros y periódicos de la estación.

Un pitido de mi celular me hace recordar que sigo sin escuchar el mensaje de Fernando, mi jefe de la agencia de traducciones.

«La gente de M.B. está insatisfecha con tu trabajo, Jorge. Tenemos que reunirnos cuanto antes para corregirlo juntos. Llámame urgentemente. ¿Dónde diablos te has metido?» es su primer mensaje.

Sonrío.

El año pasado cancelé mis vacaciones porque se presentó una gran posibilidad de trabajo en la Feria de la Fruta en Berlín.

Este año ya está por terminarse el verano y aún no he tomado mis vacaciones de ley. Pero basta que me aleje de Colonia para que Fernando se ponga nervioso.

Soy su muchacho para todo.

No tengo familia (solo una hija), vivo solo. Localizable siempre. Permítaseme una escapada.

*

El detalle es que los clientes de la M.B. son alemanes que no hablan nuestro idioma.

No pueden, por lo tanto, juzgar la calidad de mi trabajo.

Decido borrar su segundo mensaje sin escuchar su contenido y postergar la llamada que me pide.

Después de ubicar a Dorita Tállez, podré saber cuándo estaré de vuelta en Sinners.

*

El tren atraviesa puebluchos que parecen todos hechos por el mismo constructor.

No he viajado mucho por Alemania, pero encuentro la arquitectura inquietantemente homogénea.

Rabi me contó una vez que a su padre no le dejaron construir su casa con un techo plano porque los techos vecinos eran todos inclinados.

Recuerdo que le dije entusiasmado que yo me hubiera ido hasta la ONU para luchar por mis derechos y me quedó mirando como quien acaba de descubrir una masa pastosa de color mostaza en el borde de su zapato y que viene desde la suela.

*

Un pasajero deja sobre su asiento un ejemplar del Stern, la segunda revista del país.

El título de la portada no me sorprende después de haber pasado por el bufé del hotel: el sobrepeso ya no es cosa de unos cuantos.

43% de las mujeres y 60% de todos los hombres alemanes son obesos.

Los políticos no han conseguido siquiera implantar un sistema «semáforo» para alertar a los consumidores sobre el contenido de grasas y azúcares de los productos alimenticios.

Los cabilderos o lobistas son el nuevo poder en la llamada democracia occidental.

*

Buxtehude es una localidad de 40.000 habitantes. Es lo primero que leo en la página de la oficina de turismo.

He recurrido finalmente a mi HTC, harto de buscar un café-internet y no encontrarlo.

En plena Era de las Comunicaciones, hasta un simple teléfono público se ha convertido en toda una rareza en este país.

Sé que Fernando podrá ver qué visitas he hecho en la Red (por lo menos es lo que me dijo al entregarme el aparato), pero acabo de entrar en una fase autodestructiva, por así decirlo: si desea despedirme, es su potestad, no la mía.

En los mapas gúglicos ubico rápidamente la dirección que busco.

Como la información sobre las conexiones de autobús es condenadamente complicada, decido recorrer los cuatro kilómetros a pie.

*

Cuando mi caminata deja la zona urbana y continúa hacia una zona claramente industrial, me detengo y vuelvo a consultar la información que poseo.

Reviso el emilio de mi madre en mi HTC, copio la dirección que me menciona y la vuelvo a introducir a los mapas de Google.

La ruta que estoy siguiendo es la correcta.

Continúo caminando con una rara sensación en el estómago.

*

Encuentro la calle. Pronto será la hora de la pausa del mediodía y empieza a haber más tráfago de personas y vehículos. La atención es siempre más rápida antes del cierre.

El número que busco corresponde a una empresa especializada en manijas para puertas y ventanas. Me dirijo con decisión a la entrada.

-He hecho un largo viaje -le digo a la empleada que atiende detrás de un largo mostrador, después del «Guten Tag» de costumbre. Al fondo hay decenas de repisas, anaqueles y estantes. Hay cajas y más cajas de manijas (debo suponer) por todas partes.

-La vida es un largo viaje -me responde.

-Busco a una joven peruana que ha dado esta dirección como la suya -le digo, sin dejarme inmutar con su rara respuesta.

-¿Tengo aspecto de policía o trabajadora social? -me lanza la mujer. Debe estar por dejar los cuarenta y debe fumar lo suyo a juzgar por el pitido que acompaña sus palabras y que sale de algún lugar de sus pulmones.

Me retiro un poco del mostrador porque detesto el aliento de los fumadores. Nunca quiero imaginarme qué partículas de todo tipo debe contener.

No sé qué responder ni qué hacer.

Mis largos años en Alemania no me alcanzan ni siquiera para intentar una parodia de respuesta.

-¿Qué edad tiene su hija? -le pregunto, iluminado por una repentina idea: el ahogado que da el último manotazo esperando encontrar una soga, un tubo, un tronco.

-¿Y a usted qué le importa qué edad tiene mi hija? Usted no la conoce, no se meta con ella -me suelta.

Respiro profundamente. Por lo menos ya sé que tiene una hija, aunque no sé qué edad puede tener.

-Imagínese -continúo mi manotazo- que su hija se enamora de la persona equivocada, que se va de la casa y que usted la está buscando desesperadamente.

Los ojos de la mujer se agrandan y achican. Sé que he tocado por lo menos una mínima fibra. Mira en dirección de la zona de oficinas. Por si alguien la necesita, me imagino.

-Solo quiero hacerle un favor a esa madre desesperada -concluyo. Me he esforzado por hablar con cierto tono militar y con el aire de un loco que no soltará a su presa hasta que no consiga su objetivo.

-¿Una muchacha peruana, me dice? -pregunta ella, como si hubiéramos tenido hasta ese momento una interesante y agradable conversación.

Alemania y sus gentes. Una permanente caja de sorpresas para mí.

*

-¿Conoce a alguna chica peruana? -pregunto, como un niño emocionado, olvidando mi actuación anterior. Mi propia caja de sorpresas.

-No. No conozco a ninguna.

Bajo mis hombros.

-Entonces, ¿por qué lo ha mencionado? -reanudo el ataque.

Hace un gesto de burla.

-No sé. A Herr Racke le gustaba decir que alguna vez se casaría con una latina.

Se trata de una clara mofa sobre el deseo imposible del tal Racke, pero, por lo menos vislumbro un hilo de luz.

-¿Podría hablar con él, por favor?

-¿Con Herr Racke? Ya no trabaja con nosotros -me dice la mujer, con un acento o dialecto que apenas soy capaz de discernir y con una de esas sonrisas que se reservan para borrachines sin remedio.

-Pero sigue bebiendo -intento adivinar.

La mujer lanza una corta carcajada.

-Yo bebo -me dice ella, a modo de despedida, porque acaba de entrar un cliente y pronto serán las doce, la hora de la sagrada pausa-. Él succiona las botellas.

Guten Tag -saluda el cliente detrás de mí.

-¿Y dónde podía encontrar a Herr Racke? -alcanzo a decir, pero mi pregunta se pierde en el aire, entre las descripciones de un pedido y la mención de varios precios en un dialecto alemán que me resulta imposible de entender.

Salgo del negocio.

*

¿Qué hago?

Mi búsqueda inicial me ha llevado a un callejón sin salida.

Suele suceder en toda búsqueda, no es para desesperarse.

Lo raro sería que ya hubiera encontrado a Dorita Tállez, suponiendo que ese sea su apellido.

Entonces, nada más pensar así, me doy cuenta de que he cometido otro error. He supuesto que ese es su apellido, porque así se llaman las famosas hermanas de Trujillo. Pero Dorita debe llevar el apellido de su padre.

¿Y se llama Dora o Dorita?, se me ocurre preguntarme. Lo segundo sería raro, pero no imposible.

¿Cómo buscar a alguien sin saber siquiera su nombre completo?

Intento no desesperarme.

*

Calculo lo que podría costar una llamada al Perú desde el HTC de la empresa para la que trabajo. Sé que varios de mis colegas hacen algunas llamadas personales a cuenta de la agencia. Pero ninguna, seguramente, al extranjero.

Pensando en que se trataría de una rara forma de compensación, marco el número de mi madre. Recién cuando escucho su voz somnolienta, me doy cuenta de que he olvidado tener en cuenta la diferencia de siete horas.

-Ay, hijito, a qué horas llamas, mi amor.

-Sí, mami, disculpa. Pero estoy en la dirección que me has dado y no vive aquí la tal Dorita. ¿Se llama Dora?

-No, Doritha, con hache después de la te. ¿Por qué?

Quiero decirle que en su emilio no figuraba así, pero no quiero hablar más de dos o tres minutos.

-¿Y cuál es su apellido?

-Tállez, pues -me dice mi madre, como si fuera la cosa más natural del mundo que las hijas se apelliden como sus madres en el Perú.

Para no entrar en discusiones, pregunto:

-¿Y su segundo apellido?

-Ah, eso sí que no sé, hijito. Pero te lo puedo averiguar.

-Tengo que cortar, mami.

*

«Doritha Tállez» apunto en mi libreta y me pongo a pensar qué hacer a continuación. Ya me había parecido una estupidez llamar a una mujer de 25 años por el diminutivo de su nombre. Es mi propio caso. Sé de lo que hablo. De lo estúpido que me siento cuando alguna de mis tías me encuentra en la calle y me lanza un “¡Jorgito!”

Una posibilidad sería llamar a un taxi y dirigirme al centro de Buxtehude para iniciar el segundo intento de búsqueda.

¿Por qué?, me pregunto.

Si no sé adónde me tengo que dirigir, da igual en qué lugar me encuentre.

Escucho voces. Tres empleados están saliendo del negocio de manijas y por dentro la mujer con la que he hablado cierra con llave.

Veo que se dividen en dos grupos y voy detrás del dúo en el que va el de mayor edad.

De vez en cuando los hombres se voltean para mirarme, pero continúo caminando como quien sabe adónde se dirige exactamente.

*

El quiosco de comidas al paso empieza a llenarse cuando llegamos finalmente.

Para no llamar la atención pido lo mismo que mis perseguidos: una salchicha en salsa de curry, papas fritas con mayonesa industrial y una cola.

Nos disponemos a esperar delante del mostrador hasta que todo esté listo.

-Acabo de estar en su negocio -le digo al mayor de los dos.

Me quedan mirando con abierta desconfianza.

-La «simpática» empleada detrás del mostrador no supo decirme dónde encontrar al señor Racke -añado, subrayando el adjetivo.

Los dos lanzan una carcajada potente. Primero quiero avergonzarme y saber por qué ríen, pero enseguida me doy cuenta de que he ganado varios puntos sin habérmelo propuesto.

-¡Es la dueña! -dice uno de ellos.

Suelto un «Ahhh» larguísimo, de alivio y de alegría, que se confunde con el grito anunciando que nuestro pedido está listo.

Me adelanto para pagar y digo:

-¿Me permiten?

Los dos suben los hombros y ríen.

Pago el consumo de los tres. Lo hago con una sonrisa y con el desparpajo de quien está acostumbrado a hacerlo todos los días con absolutos desconocidos. ‘Gratis’ es latín, el nuevo idioma que está de moda en el país.

Tomo asiento en la última mesita libre de la pequeña terraza del negocio, junto a la de los empleados del negocio de manijas. No quiero que piensen que mi invitación conlleva la obligación automática de hablar conmigo.

Empiezo a comer en silencio. Sé que están esperando que diga algo.

De solo pensar en el reportaje del Stern que he leído en el tren me resulta difícil masticar la comida.

*

-¿De dónde conoce a Racke? -me dice el mayor del dúo. Debe estar por cumplir los sesenta y llevar varios años como empleado en el negocio.

-No lo conozco -me sincero.

Los dos se quedan mirando.

-Estoy buscando a una guapa chica peruana que tal vez se ha casado con el señor Racke -lanzo un cohete de prueba.

Las nuevas carcajadas son esta vez más fuertes y sinceras. Los clientes del negocio se voltean y también empiezan a reír, de puro contagio.

¿Quién diablos es ese Racke?, me pregunto.

.

…    Continúa…

       HjorgeV 01-09-2011

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