UN CASO PARA JORGE DIGAH: «LA NOVIA PRESTADA» (Novelita) (VI)

A pesar de que Buxtehude es una localidad relativamente pequeña, no deseo perderme mientras persigo a mi personaje, así es que vuelvo a encender mi celular.

Enseguida suena La flor de la canela, la melodía que he asignado a las llamadas de mi madre. Mi personaje examina con la mirada el contenido de un basurero público y extrae una botella vacía de agua mineral.

La melodía de Chabuca Granda la he escuchado solo una vez desde que Fernando nos entregó hace un año a todos sus empleados un HTC: esta.

-Mami, deja que te devuelva la llamada.

-Su apellido materno es Robledo, hijito -me dice mi madre.

Antes de que pueda responderle o darle las gracias, ella ya ha colgado.

Siempre ha sido una mujer con sentido práctico.

*

A continuación se escucha Tengo el corazón contento en mi HTC. Es Fernando. Suele enviarme solo mensajes al celular. Pero cuando se trata de algo urgente, me llama directamente.

No respondo su llamada. En cambio, le envío un mensaje de texto: «Estoy ausente».

Él sabe lo que detesto escribir SMS.

Para alguien acostumbrado a escribir con diez dedos y a ciegas, escribir un mensaje de texto es comparable a querer comer arroz grano por grano y con palitos chinos.

«POR K NO ME CONTESTAS?» es su respuesta. Con mayúsculas, como un grito.

«Porque estoy ausente», escribo. Luego hago enmudecer a mi telefonito.

*

Mi personaje está recogiendo varias botellas de cerveza amontonadas alrededor de un basurero más que repleto. Distingo su sonrisa de satisfacción desde la distancia.

Este hombre que busca en la basura su alimento ‘espiritual’ diario es una radiografía de la Europa actual. La gente tiene suficiente dinero como para despreciar los centavos que recibiría por botellas vacías, pero tiene la impresión de estar pasando por un gran mal momento.

Y tienen razón. La economía mundial ha empezado a tambalearse de verdad.

El desconcierto es total: los países han acumulado deudas que nunca van a poder pagar pero no se atreven a poner un dedo en el modelo, por más que esté claro que se ha convertido en una ilusión peligrosa.

Se originan conflictos, disturbios y manifestaciones, pero nadie parece tener claro si su carácter es social, generacional, racial, económico o laboral.

Hasta los ricos han propuesto pagar más impuestos en Alemania. No es bonito vivir con la angustia de que en cualquier momento se produzcan estallidos sociales. No son tontos.

Pero su reacción es tardía.

*

Media hora después, estamos acercándonos a la caja del supermercado LIDL, famoso por el mal humor de sus empleados, es decir, por sus malísimas condiciones de trabajo.

Mi perseguido tiene el boleto que le ha entregado la máquina automática para envases vacíos y dos «sixtos» de cervezas sobre la cinta transportadora. Me mantengo alejado debido al olor a berrinche que despide. Me dispongo a pagar una botella de cerveza y una latita de nueces.

Veinte minutos más tarde, lo he seguido hasta un pasaje cercano a la oficina estatal de empleo. Dos hombres -debo suponer- aún duermen dentro de sus respectivas bolsas de dormir y uno más se alegra al ver los dos «sixtos». El cielo sigue nublado, lo que hace la temperatura de esta tarde veraniega soportable.

Paso delante de la entrada del pasaje y doy toda una vuelta hasta llegar al otro extremo. Me siento sobre el pavimento de tal manera que mis personajes no me puedan ver y aguzo el oído. De vez en cuando el viento cambia de dirección y me llega un olor a orina, sudor, miedo, a ropa muy sucia y alcohol.

*

-No me quisieron dar hoy tampoco el diario -dice uno de ellos. Supongo que es el que ha estado esperando. Estiro con cuidado la cabeza para observarlos sin ser descubierto.

-Son unas mierdas -dice mi perseguido, empezando a abrir las botellas de plástico de cerveza. Da un largo trago y sus ojos adquieren inmediatamente un tono más vivaz. La cabeza la menea como un perro satisfecho.

-Me han vuelto a decir que tengo que dar una dirección para que me puedan enviar mi dinero.

Vuelvo a esconderme. Sé que están hablando de la ayuda social. Y puedo imaginar el círculo vicioso en el que se encuentra: como no tiene un domicilio fijo, no puede recibir dicha ayuda ni encontrar trabajo. Como no tiene trabajo, no tiene domicilio fijo y tiene que depender de esa ayuda.

Escucho unos minutos más, hasta que decido intervenir.

*

-Le debo un favor a mi compadre Racke -les digo con la cara más tonta que debo haber puesto en mi vida-. Y no puedo encontrarlo para pagárselo.

Los dos se quedan mirando.

-Me ayudó a reclamar mi ayuda social -continúo-. Así es que le debo un gran favor. Me han dicho que lo puedo encontrar por la estación central pero aún no ha llegado -me lamento. Destapo mi botella y le doy un largo trago. Miro hacia la eternidad con el brillo en los ojos que acabo de observar.

-¿Racke? -pregunta uno de ellos-. ¿Quién es?

-Trabajaba en una fábrica de manijas.

-No conocemos a ningún Racke -dice uno de los que aparentemente estaban durmiendo. Levanta su cabeza y sonríe al ver las cervezas. Toma una con mano temblorosa. Su desayuno.

-Qué pena -digo, empezando a retirarme porque no quiero tener líos-. Tendré que devolverle el favor en el cielo.

Los tres personajes despiertos ríen.

Levanto mi botella y hago un gesto para brindar.

-¡Por Racke! -proclamo.

*

-¿Cuál es su nombre? -pregunta el otro personaje que yo creía dormido, retirando la bolsa de dormir hasta quedar descubierto hasta la cintura. Se soba las manos y luego toma una botella.

Imagino que esa debe ser su mejor manera de despertar: acabas de llegar al infierno y te encuentras con tu boleto al cielo a la mano.

No quiero saber el lado oscuro del alcoholismo.

-No sé -respondo-. Nunca me lo dijo. Todos lo llamaban Racke en su empresa. Acabo de estar allí.

Digo la dirección en voz alta.

-Ese solo puede ser Roman -dice mi perseguido.

Mis ojos empiezan a brillar como los suyos.

-Diez euros para el que me ayude a encontrarlo -anuncio. Inmediatamente me doy cuenta de que es una suma insignificante. ¿O no?

-Sigueme, extranjero -me dice, empezando a caminar como un mesías o como alguien que sabe que no tiene que mirar atrás para saber que es seguido por una muchedumbre de fieles.

*

Racke es un personaje parecido al primero en varios sentidos. Cuando lo encontramos también está recogiendo envases vacíos dentro de los límites de su particular coto de caza.

Le entrego los diez euros a su «colega» y le guiño un ojo.

-Voy a seguirlo hasta que le pueda dar una buena sorpresa -le explico, haciéndole el gesto infantil de guardar silencio con un índice sobre mis labios.

Cuando se ha alejado lo suficiente y ya no es posible que me pueda escuchar, me acerco a Roman Racke.

-Policía del Perú -le ladro, mostrándole mi DNI peruano como si fuera una placa policial y fingiendo un acento de un latino hablando muy mal el alemán. El de las películas que se ven en la televisión y el cine de este país-. La señorita Doritha Tállez Robledo tiene que regresar inmediatamente a su país.

El hombre me queda mirando como quien acaba de escuchar su sentencia de muerte.

Su bolsa con botellas y latas vacías cae con estrépito sobre la calzada.

.

…    Continúa…

       HjorgeV 08-09-2011

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