UN CASO PARA JORGE DIGAH: «LA NOVIA PRESTADA» (Novelita) (VII)

Cae su bolsa y escucho el sonido de varias botellas rompiéndose. Me ataca un malestar insoportable.

No solo acabo de asustar a este pobre hombre: también le he echado a perder parte de su trabajo. Oficial, reconocido, digno o no. Recoger botellas vacías es su trabajo, su forma de ganarse la vida y la bebida.

Mientras me queda observando con el miedo de quien ha pasado por todo tipo de tragos amargos con diferentes tipos de autoridades y poderes y nunca ha podido defenderse, trato de inventarme una historia.

El hombre empieza a temblar y mi malestar aumenta.

Gran parte de su rostro parece pasado por un molino de carne y reconstruido por un cirujano de buen corazón pero de escasos recursos y menos tiempo.

Su tez es una compleja geografía de piel repartida a la mala, cicatrices, heridas mal curadas y venitas azules y rojas.

El tipo parece haber trabajado un tiempo en una kermés especializada en niños problemáticos y agresivos. Su puesto fijo tiene que haber sido el de blanco o diana en el «Tiro a la cabeza del borracho».

Sus ojos azules tienen una luz perdida: la del que hace mucho tiempo que ha dejado de ver la vida y sus habitantes como algo hóspito (hospitalario) y comprensible.

Su esclerótica, si fue alguna vez blanca, hoy es un mapa amarillento y tupido, recorrido por inquietas venillas rojas.

*

-Disculpe -tartamudeo.

El hombre se balancea, como un marinero al volver a tierra después de meses.

Empiezo a entender que acaba de levantarse y todavía no ha tomado su «desayuno».

Le alcanzo la botella de cerveza que llevo medio escondida y vislumbro un primer gesto de humanidad en Racke. No una sonrisa, no un agradecimiento. Es algo mucho más complejo que no alcanzo a comprender.

Mientras levanta la botella para «sincronizarse» con el mundo exterior, recojo la bolsa y devuelvo los cristales rotos al basurero contiguo que parece haber estado observándonos todo el tiempo.

Racke me devuelve la botella con el gesto de quien quiere compartir algo, pero el asco puede más que mi sentido de solidaridad o compasión.

Consigo hacer un gesto para darle a entender que se la puede quedar.

-Le devolveré el importe de las botellas rotas -atino a decirle.

El hombre hace un amago de sonrisa por primera vez y ahora detecto una nueva constelación en el iris de sus ojos, algo como el gesto de perros sedientos ante la caricia que acompaña el ofrecimiento de un tazón de agua fresca.

-No se preocupe -me dice. Ahora me parece descubrir vergüenza en su rostro.

*

-La madre de Doritha Tállez está muy preocupada por su hija -le digo.

-¿La peruana guapa, no? -me dice Racke.

Respiro aliviado.

Con suerte podré ubicarla y conocerla dentro de las próximas horas, podré llamar a mi madre o pedirle a la misma Doritha que llame a su familia y regresar a Colonia esta misma noche.

-Bueno -empiezo a decir, como si todo ya estuviera resuelto y solo nos quedara cumplir con simples formalidades-. Dígame dónde se encuentra y del resto me puedo encargar yo.

Roman Racke hace un gesto extraño.

-Hace mucho que no sé de ella.

*

Trato de hacer funcionar mis neuronas a gran velocidad. Enseguida llego a lo más obvio: ¿cómo diablos he supuesto que una guapa extranjera puede haber tenido alguna relación sentimental con este alcohólico indigente?

Mi primer impulso es el de llamar a mi madre y pedirle que me explique la historia. Algo que he debido haber hecho mucho antes. Antes, incluso, de aceptar hacerle el favor a sus amigas, las hermanas Tállez.

-Está bien -trato de tranquilizarme-. Ayúdeme a encontrarla y me mostraré especialmente generoso con usted, señor Racke -añado, pensando en el dinero que podría ahorrar si consigo regresar hoy día mismo a Colonia. Se lo digo-: Puede contar con el dinero que pensaba gastar en un hotel. Más una propina adicional.

Espero un gran brillo en sus ojos, pero este no llega.

Racke hace un gesto más bien penoso, como el que se hace frente a las cosas perdidas irremediablemente. Calle Sin Retorno, número Desconocido.

El cielo se oscurece de golpe. Una nube especialmente oscura, aunque de escasa extensión, hace las veces de telón en un teatro.

Cuando la luz solar vuelve de golpe, decido aclarar las cosas.

*

-Dígame la verdad -lo conmino.

-No puedo -me responde Racke.

La sangre se me sube a la cabeza debido a la confusión que experimento: toda la compasión que sentía instantes atrás por este hombre parece haberse difuminado y en su lugar solo hay ahora una premura: la de terminar esta bendita historia de las hermanas Tállez.

Lo sujeto por un hombro fuertemente. Los ejercicios diarios en el gimnasio, que inicié a raíz de una lesión a mis meniscos, me confieren una confianza que no me conocía.

-No estoy para bromas, señor Racke.

-No -dice el hombre, agitando su cabeza. Hay un miedo superior, todopoderoso, en el fondo de sus ojos.

Expulso el aire contenido en mis pulmones.

-Está bien. Le pagaré por un par de datos que me permitan continuar mi búsqueda. ¿De acuerdo? Nada que lo pueda poner en peligro a usted.

Racke parece respirar aliviado e intuyo que he dado en el clavo. ¿Cuál es la maldita relación entre este guiñapo y Doritha Tállez?

-Para empezar -añado-. Será mejor ir a otro sitio donde nadie nos vea para poder conversar.

*

El parque que ha escogido Roman Racke está desierto a esta hora de la tarde. No son aún las tres, pero las temperaturas han descendido como si se acercara la noche. Nada especial para comienzos de septiembre en Alemania.

Le ofrezco otro cigarrillo de la cajetilla que he comprado expresamente para él y que pienso entregarle al despedirnos, junto con su «sueldo».

Para mí he comprado dos latas de cerveza tipo «pils» y ya estoy por terminar la segunda. Un litro en total.

La historia que he escuchado en la última media hora me ha dejado entre estupefacto y escéptico. Pero sé que este hombre me está diciendo la verdad y que tiene miedo de sufrir represalias por hacerlo.

El resumen del relato es el siguiente.

*

Para poder financiar y gozar su vida disipada, Racke dejó su empleo en la empresa de manijas y aceptó un trabajo bastante sui géneris.

Su nueva tarea consistía en ubicar en la Red ofertas, anuncios y mensajes de muchachas latinoamericanas interesadas en relacionarse con un hombre alemán.

Una vez establecido el contacto, Racke les enviaba una fotografía suya en la que posaba al pie del Mercedes del año de su nuevo jefe.

El paso siguiente consistía en crear una relación más profunda solo a través de mensajes y esperar hasta que fueran las mismas muchachas las que hablaran de una relación más profunda.

Llegados a ese punto, Racke les ofrecía una teleconferencia, con el fin de demostrarse mutuamente que las fotografías intercambiadas hasta ese momento no eran falsas.

Para aumentar la confianza de las chicas, se comunicaba con ellas desde algún lugar público del mismo centro de Hamburgo.

Picaban muchas.

*

-¿Cuándo empezó con todo eso? -pregunté, tratando de calcular en qué espacio de tiempo había perdido su rostro Racke y lo había reemplazado por una bolsa de carne molida, cicatrices y recubierta por venitas rojas y azules.

-¿Dos años? -respondió con una pregunta.

Le pedí que continuara.

-En apenas tres meses conseguí varias ofertas de matrimonio.

El resto me lo podía imaginar. Por lo menos así lo creía. Callé, esperando que continuara sin tener que pedírselo.

-A las chicas más bonitas les decía que me gustaría conocerlas, pero que por cuestiones de trabajo no podía ausentarme del país.

-Entonces les ofrecía un boleto de avión -intuí.

-Así es.

-¿Las vendían a un solo burdel o a varios? -volví a barruntar.

-A ningún burdel -me respondió Racke, asombrándome.

Decidí esperar su explicación. En muy poco tiempo había aprendido a sonsacarle cosas con simples gestos de mis ojos.

Tabledance.

-¿Table dance? -repetí, sabiendo a qué se refería y que en alemán no se escribe separado.

Racke asintió con la cabeza. «Esta historia no le gustará nada a las hermanitas Tállez», pensé.

-Salvo eso, Doritha está bien, ¿no?

Levantó los hombros.

-Ya le dije que hace tiempo que no sé de ella.

*

Dejé Buxtehude a eso de las cinco de la tarde con la sensación de estar siendo perseguido por dragones invisibles.

En mi asiento del tren, junto a la ventanilla, pude contemplar el desarrollo y avance de un grupo de nubes muy cargadas que terminaron liberándose sobre la estación justo al llegar a Hamburgo.

Racke no me había dicho mucho más sobre Doritha. Pero por lo menos me había indicado cómo llegar al club donde había trabajado la última vez que la había visto.

En lo que respectaba a su «empresa», me contó que a las muchachas así cazadas las obligaban a bailar durante un mes para pagar el viaje de ida y otro mes si deseaban pagarse el viaje de regreso. En caso de oponerse, las amenazaban con entregarlas a las autoridades migratorias.

Racke me contó que la historia no terminaba allí.

Muchas de las chicas terminaban participando en fiestas donde corría abundante cocaína y se volvían dependientes de la droga andina.

El siguiente paso de su «jefe» consistía entonces en usarlas como «burriers».

Para «convencerlas», les retenía el dinero que habían ganado y les prometía devolverlo una vez cumplida su misión, dejándolas entonces libres. No quise preguntarle cuántas habían terminado en la cárcel.

*

El error de Racke había sido enamorarse de una de esas chicas.

-¿De Doritha? -le pregunté.

Negó con la cabeza.

Había sido de una «tica» que le había hecho perder de golpe la cabeza.

Cuando intentó rescatarla, los esbirros de su jefe le dieron una paliza que casi lo lleva a la otra.

Sin trabajo, amor ni dinero había caído pronto en la indigencia.

Me despedí entregándole dos billetes de cincuenta euros en una mano y la cajetilla empezada en la otra. Supongo que para evitar tener que darle la mano.

*

De la estación de Hamburgo me dirigí directamente al lugar que me había indicado Racke.

Recién empezaba a funcionar a las diez y no pude encontrar nada ni a nadie que pudiera proporcionarme alguna información sobre el negocio.

Decidí rescatar mi casaca de mi maletín que había dejado en la consigna de la estación central porque la lluvia había hecho disminuir aún más la temperatura ambiental.

Desde el tranvía llamé a Fernando.

-Estoy buscando a una pariente que ha sido vendida a una mafia. ¿Podrías dejarme en paz durante un par de días, por favor? Mañana espero haber solucionado todo.

Mi jefe tartamudeó e intentó disculparse. Colgué antes de poder escuchar qué pensaba decirme.

Luego me dirigí a dar una vuelta por el centro de Hamburgo esperando a que dieran las diez. Me sentía como un boxeador que tiene que enfrentarse a varios rivales a la vez y ya ha conseguido noquear a dos de ellos.

De paso, los dragones invisibles parecían haber dejado de perseguirme.

En cambio, hormigas de grandes patas y tenazas rojas habían pasado a ocupar gran parte de mi estómago, mientras que el cielo encapotado de Hamburgo empezaba a anunciar una verdadera tormenta.

.

…    Continúa…

       HjorgeV 09-09-2011

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