UN CASO PARA JORGE DIGAH: «LA NOVIA PRESTADA» (Novelita) (VIII)

La tormenta se desató tan inesperadamente como luego se disipó, dejando el cielo abierto como un gran cofre de luz y espacios azules.

Cuando volvió a radiar el sol, ya libre de mantos, parecía un anciano regresando a casa después de haber pasado sus mejores años en otro país. O como una moneda de cobre que vuelve a un mercado donde hace tiempo se ha impuesto otra divisa.

Pensando en cómo pasar el tiempo hasta las diez, recordé que Michaela, mi compañera de viaje, me había dicho que su novio era músico y que cantaban juntos en la calle.

Después de una hora de estar deambulando por los alrededores de la estación central sin haberlos ubicado, recordé que me había dado su número. La llamé como quien llama a una casa que sabe desierta.

A la octava timbrada escuché voces, acordes de una guitarra y ruidos callejeros.

-¿Quién eres?

-Michaela, soy Jorge. Viajamos juntos en el automóvil de Andrea.

-¿Andrea? No conozco a ninguna Andrea.

Hablaba muy fuerte, como si tuviera problemas para escuchar su propia voz. 

-Bueno, no pasa nada -me disculpé-. Me diste tu número y pensé que tal vez podría escucharte cantar. Eso es todo.

-Ah, ya sé quién eres -rió ella. En ese momento no me di cuenta de que era la primera vez que la escuchaba reír.

Me explicó dónde se encontraban. Ahora parecía contenta y orgullosa. Corté y me dirigí al lugar que me había indicado.

*

Los reconocí desde lejos, pero hice un rodeo para acercarme.

La pareja no podía ser más dispareja.

Él era mayor y se le veía sucio y descuidado; ella, jovencísima y con ropas con las que no le negarían el paso a ninguna discoteca, por más que se había esforzado en hacer más huecos en sus pantis y no parecía sentirse incómoda sentada sobre el asfalto.

Él lucía trenzas rastafari que hablaban de meses evitando el champú y el jabón, mientras que el cabello de ella se veía lozano y bien cuidado.

Musicalmente, la asimetría era más patente.

Él era un verdadero músico desconocido, ella solo una aficionada con una voz de cuerpo excepcional, pero nada más salvo eso.

Escucharla, medio escondido entre turistas, paseantes y curiosos, me hizo recordar a un loco que frecuentaba el mercado de Surquillo.

El hombre se paraba bajo el arco de la entrada para cantar a todo pulmón el inicio de La donnaèmobile.

Lanzaba su potente voz a la bóveda del antiguo mercado, hasta que conseguía que todos se detuvieran un instante para escucharlo.

El tipotenía una voz interesante y bien formada, pero como desafinaba y adolecía de claros problemas rítmicos, el efecto era terrible, casi terrorífico: como el de un cirujano plástico que hubiera confundido los riñones con las orejas de su paciente y los hubiera intercambiado sin querer.

*

Me sentí incapaz de acercarme a Michaela. En caso de que me preguntara lo que pensaba sobre su arte, no sabría si decirle la verdad cruda y madura u optar por disimular.

Sabía que, en caso de mentirle, ella lo notaría aún en mis posibles falsos halagos.

Seguí mi camino, me compré un helado. Lo comí hasta la mitad y arrojé el resto a un basurero. Divisé una librería espaciosa de varios pisos y decidí refugiarme en los libros.

*

En la sección de Literatura Extranjera encontré El túnel junto a El perfil del viento y Los huevos del ángel. Tomé el primero y ocupé un sillón junto a un ventanal.

Había terminado de leer, o no, alguna vez, la primera novela de Sabato. No lo recordaba con precisión. Pero sí que había sido un tema en mi vida en la época de estudiante en La Católica.

La publicación que tenía entre mis manos era de Ediciones Cátedra, famosa por sus pulcras ediciones comentadas.

*

De arranque, me llamaron la atención tres detalles.

El título de la editorial figuraba en la carátula en mayúscula y sin la tilde respectiva: CATEDRA.

Por el contrario, el apellido del escritor argentino aparecía en la misma portada con una tilde apócrifa que no figura en su partida de nacimiento.

Sabato se suele pronunciar como esdrújula -Sábato- y muchos lo escriben así, con tilde, pero no era su nombre oficial y menos como el mismo Sabato lo escribía.

No solo eso, en la misma cubierta, el nombre del responsable de la edición, Ángel Leiva, aparecía sin la tilde inicial correspondiente.

Un misterio (editorial).

Mi curiosidad por el contenido del libro se sintió espoleada. Me quedaban un buen par de horas hasta que tuviera que dirigirme al negocio de desnudismo.

*

¿Se imaginan entrando a una casa para conocer a alguien y encontrar a esa persona recién en la cuarta o quinta habitación, tras la obligación y el tedio de haber tenido que ser presentado y conversar con otras gentes que no eran de nuestro interés?

¡La novela empezaba recién en la página 61, de un total de 165!

Abandoné el prólogo tras leer que Sabato había nacido en Rojas, «pueblecito de la provincia de Buenos Aires, comprendido, hacia el final del siglo XVIII, dentro de la zona fronteriza con el indio».

«Zona fronteriza con el indio».

La frase me causó escalofrío y no quise saber si existía un uso usamericano de la misma. ¿Hablarían así los nazis, también?

*

El tercer, cuarto y quinto comentarios (de la edición comentada) eran explicaciones del significado de las palabras ‘vereda’ (acera), ‘chofer’ (aguda como en su original francés) y ‘apartamento’.

Pensé que se trataba de una broma.

Tendría que haber devuelto el libro a su lugar, hastiado, pero la primera frase de la novela ya me había enganchado:

«Bastará decir que soy Juan Pablo Castel, el pintor que mató a María Iribarne».

Además, comprobé que no habían muchos más comentarios a lo largo del cuerpo de la novela.

Cuando volví a levantar la vista, el gran reloj de pared de la librería marcaba las ocho. Me acerqué con el libro a la caja.

*

Empezaba a oscurecer cuando distinguí desde lejos los tubos de neón que formaban el nombre del establecimiento: Dancing Queens.

Después de comer un sánguche seco y sin gracia en un puesto de comidas al paso, había llamado a mi madre y le había dicho que seguía sin saber qué aspecto tenía Doritha Tállez. Me dijo que la podía encontrar en el portal «Reinas de Trujillo».

Después de ubicarla sin ninguna dificultad, entendí mejor la historia de Racke.

Las chicas que contactaba debían tener cierta inclinación por el exhibicionismo o, en todo caso, poco temor a mostrar su rostro y su cuerpo en la Red.

Pensando en que el dueño del Dancing Queens debía ser también el cerebro de la «empresa», consulté en mi HTC por la razón social del negocio.

Me encontré, como era de esperar, solo con el nombre de una sociedad de responsabilidad limitada. Tenía un nombre que hablaba de la cultura musical del propietario: Abbas Enterprise. Y la dirección era la misma, con toda seguridad, una simple dirección postal.

En un bar cercano, bebí dos cervezas para aplacar la tensión que se me iba acumulando como la basur ntía.

*

Para ingresar al Dancing Queens había que pasar por un corredor que era muy oscuro a pesar de los grandes espejos en las paredes. El pasadizo terminaba en una caseta muy luminosa en la que una bella rubia cobraba la entrada.

-Lo sentimos, pero la casa se reserva el derecho de no permitirle el ingreso -me dijo la joven cuando me disponía pagar la suma correspondiente.

Primero no entendí, porque me había concentrado en el aspecto de la mujer y en su forma de hablar, una eslava a todas luces: rubia natural, rostro especialmente simétrico y frente amplia, ojos claros ligeramente rasgados y bastante separados, y un fuerte acento del este al hablar.

Lo repitió en forma resumida al notar que seguía con el billete sobre mi mano extendida.

-La casa se reserva el derecho de admisión, caballero.

Me señaló un cartelito que lo repetía en varios idiomas. La música se filtraba desde el interior del negocio aún vacío.

Hice como que no le había entendido, puse el billete sobre el pequeño mostrador de la caseta sin preocuparme por el vuelto y crucé la puerta de ingreso abriendo dos cortinas de color bermellón y pesadas como alfombras.

*

Una mano dura como la pezuña de un cerdo, pero prensil como la mano de un mono apareció desde la oscuridad, me levantó sin ninguna dificultad varios centímetros por encima del suelo y me devolvió al otro lado de las cortinas de la puerta.

Cuando quise reaccionar, dos simios del tamaño de roperos para jugadores de la NBA y anchos como dos bueyes juntos, me hicieron avanzar por el pasadizo de espejos a trompicones y sin necesidad de ponerme una mano encima. Les bastaba el empuje de sus cuerpos.

Caí a la vereda, rodé un par de metros y me levanté de un salto.

-¿Por qué dos contra uno solo? -pregunté, rabioso como un niño al que le acaban de hacer caer su helado favorito-. ¡Cobardes!

*

Los roperos se quedaron mirando. Uno de ellos empezó a avanzar lentamente hacia mí.

Comprendí que Racke tenía que estar en algún lugar, probablemente detrás de alguno de los espejos o le había advertido por teléfono al dueño del Dancing Queens de mi presencia. Me sentí traicionado, además de estafado.

Ciego de ira, pero intuyendo que el buey doble se acercaba para amenazarme o golpearme, introduje mi mano al bolsillo de mi casaca. Me encontraba en la vía pública, ya no en los territorios del club. Usaría mi HTC para llamar a la policía. Después de todo, podíamos estar en un barrio rojo, pero seguíamos en Alemania.

Si no eran capaces de guardar ciertos modales, la presencia de un patrullero en la puerta de su negocio les echaría a perder parte de la ganancia de la noche.

El buey doble se acercó hasta una distancia de un metro. No supe si retroceder o mostrarle que en la vía pública yo podía pararme donde quisiera.

Cuando pensaba que iba a decir algo, intuí un movimiento de su mano derecha y tensé la mandíbula. Me lanzó un golpe con el que no había contado para nada.

Todo fue demasiado rápido para saber si había sido un puñetazo o una bofetada, lo cierto es que volé un par de metros, me sentí flotar por unos instantes y luego caí sobre mi codo derecho como un arquero que acaba de salvar a su equipo. Aún mantenía mi mano en el bolsillo empuñando mi celular. Me pasé la mano izquierda por la boca y noté con alivio y sorpresa que mi mentón y mis dientes seguían en su lugar.

Me levanté de inmediato, absurdamente más rabioso que antes. Pero mi rabia era simplemente cívica: quería llamar, ahora con más razón, a la policía.

*

Revolví mi puño con el HTC dentro del bolsillo y tuve que contenerme para no usarla como un arma arrojadiza. Empecé a sacar lentamente el celular de mi bolsillo, conteniéndome para no lanzárselo por la cabeza. Tenía el rostro congestionado de rabia e indignación. Los tipos me la pagarían. Haría la denuncia correspondiente por agresión. Mi mano derecha temblaba dentro del bolsillo.

Entonces escuché que el otro buey doble le gritó algo a su compañero en un idioma que me sonó a polaco.

Mi agresor pegó un salto y empezó a alejarse corriendo. Recién entonces me di cuenta de que algunos transeúntes habían detenido su paso para observar qué sucedía.

Me tomó un instante entender que los bueyes habían pensado que llevaba un arma de fuego en el bolsillo de mi casaca.

Sin entender que estaba comportándome como un demente, empecé a perseguirlo como si tuviera un batallón detrás de mí. Deseé tener la Walther PPK que mi padre había mantenido escondida hasta su muerte repentina. No me pregunté cuándo diablos había dejado de pensar como un pacifista.

Vi zigzaguear, resbalarse, agacharse y agazaparse a mi agresor detrás de los automóviles estacionados, para luego volver a saltar y correr hasta que se perdió en la oscuridad de una calle lateral.

.

…    Continúa…

       HjorgeV 13-09-2011

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