UN CASO PARA JORGE DIGAH: «LA NOVIA PRESTADA» (Novelita) (IX)

*

-¡¿Te has vuelto loco?! -me ladró Rabi al otro lado de la línea.

La había llamado porque quería hablar con alguien, con cualquier persona que me conociera, mientras esperaba que la policía terminara de interrogar a la vendedora de entradas del «Dancing Queens» y pasara a interrogarme a mí.

-¿Sabes qué pasaría si un reportero de la prensa amarilla consigue establecer una relación conmigo, no? -volvió a ladrarme-. ¡Podría perder mi programa!

-Por favor, Rabi -traté de tranquilizarla. No había dicho «estúpido». Ya era todo un avance-. Tal como están las cosas en el mundo, bien podría aumentar el número de tus televidentes -traté de bromear.

-Estás loco, Jorge. ¿Quieres poner en peligro mi programa y que la gente sepa que mi ex esposo se dedica a visitar clubes porno? ¡¿Eso es lo que quieres?! ¡¿Que la madre de tu hija pierda sus ingresos y que Mona se perjudique directamente?!

La dejé hablar.

Estaba seguro de que Rabi había ahorrado lo suficiente para no tener que trabajar más en su vida, pero no se lo dije. ¿En qué momento se me había ocurrido llamarla para poder tener a alguien en la línea? La alternativa habría sido llamar a Fernando y ahora me parecía la más lógica. Hablar de los detalles de una traducción bien podía haberme caído mejor que una conversación con Rabi.

¿Por qué diablos no tenía amigos, alguien con quien hablar?, era una pregunta que me carcomía el cerebro cada par de meses, especialmente cuando me metía en líos. Conocidos tenía por docenas. El problema no era que fuera un ermitaño.

-Solo te llamé para decirte que estoy bien a pesar del combazo que he recibido en plena cara y que no tienes que preocuparte por mi salud -le inventé-. Con suerte, mañana estoy recogiendo a Mona por la mañana.

-¿Estás seguro de que quieres denunciar al gorila que te pegó? Olvida tu denuncia, Jorge. Olvida todo. Discúlpate con quien corresponda y vuelve a pensar como una persona normal -me soltó Rabi. Para mí hablaba como una demente, pero soporté su perorata-. Agradece que tengas todos tus dientes en su sitio y que no te hayas roto ningún hueso. Busca luego un hotel, por mí bébete todo el minibar y mañana pasa a recoger a tu hija. Nos harías un gran favor, incluyéndote a ti.

-Lo siento. Ha sido un error llamarte -mascullé.

Colgué enseguida para no tener que escuchar sus interpretaciones sobre mi última frase.

*

-¿Está seguro de que ya no quiere hacer la denuncia? -me preguntó el policía apellidado Stanberg.

Como no vivía en Hamburgo y si se realizaba un juicio tendría que venir desde Colonia y descuidar mi trabajo, además de correr el riesgo de que algún reportero pudiera utilizar el asunto para desprestigiar a Rabi, me esforcé por hacer el tonto.

-No, señor.

-La próxima vez, piénseselo bien antes de llamar a la policía -me regañó-. Tiene suerte porque es una noche tranquila y me ha agarrado de buen humor.

-Lo siento. Sentí miedo, eso es todo. Lo primero que se me ocurrió al ver mi vida en peligro fue llamar a la policía. He sido un cobarde -agregué.

-Bueno, bueno -dijo el funcionario, devolviéndome mis documentos a modo de despedida.

*

En el bar más cercano que pude encontrar, traté de hacer un recuento y, a partir de él, trazar un nuevo plan. ¿Me había traicionado Racke? ¿O simplemente había tenido mala suerte?

Deseé tener su número y llamarlo. Por un momento, pensé en tomar un taxi hasta Buxtehude y tratar de ubicarlo. No, sería una estupidez completa: la carrera me costaría un ojo de la cara y no existía garantía de encontrarlo.

Marqué el número de Michaela porque no sabía qué hacer. No contestó y me sentí aliviado porque no sabía qué habría podido decirle. Debía encontrarme todavía inmerso en una especie de estado de choque y sin ser dueño total de mis actos.

Balanceando mi HTC en la mano y sujetando con la otra mi segunda jarra de cerveza, volví a marcar el número de David Meneses.

No existía.

Probé a ubicar algún rastro suyo en 123people.

Encontré una coincidencia y un número de línea fija. Sin pensarlo dos veces, lo marqué enseguida. Era demasiado tarde para llamar a un alemán. Por suerte, Meneses no lo era.

*

-¡Ese número lo perdí cuando dejé mi departamento anterior, pana! -se rió David Meneses-. Pero de eso ya hace dos años, Jorge -se preocupó.

-¿Hace dos años que no nos vemos? -le pregunté, asombrado de haber creído que solo llevábamos meses sin vernos.

-Más, incluso, mi pana. Cuando te di mi tarjeta no tenía pensado separarme de mi novia de entonces. Y la pendeja se quedó al final con el departamento.

-Porque estaba a su nombre.

-¿Cómo lo sabes? -se asombró.

No le dije que algo parecido me había pasado a mí con Rabi.

Le pregunté si tenía ganas de tomarse un par de cervezas conmigo. Tenía un vago plan, pero no quería dárselo a conocer por teléfono.

-Puedo estar allí en una hora -me dijo Meneses.

*

El fracaso de mi relación con Rabi tenía raras coincidencias con la bancarrota de Europa.

Así como la quiebra de Lehman Brothers había llevado a los políticos a proponer refundar el capitalismo, tras nuestra primera gran crisis pensamos que solo se trataba de recomponer nuestra relación, que el resto se arreglaría entonces por sí solo.

Sin embargo, en el caos, siempre sube la escoria a la superficie y nada vuelve a ser como era.

Tal como le había sucedido a Europa, ante la siguiente crisis, pensamos que se trataba solo de una pasajera y que la prosperidad volvería.

Pero, así como los mercados no son instituciones con principios y valores, y quienes los manejan son simples apostadores, jugadores natos, las razones del amor no obedecen a un sistema o reglamento determinado.

También en el amor se juega, se apuesta y se pierde. Muy pocas veces se gana. Es más, no conozco a nadie que haya ganado, precisamente.

La economía mundial había estado demasiado tiempo en manos de quienes solo tenían un interés: enriquecerse. Al llegar el caos mundial se les había querido exigir responsabilidad.

Era para reír y llorar.

En nuestra relación, Rabi había querido siempre tener todas las ventajas y comodidades, hasta que la cosa había empezado a descoserse y había terminado estallando.

Para reír y llorar, ya lo digo.

*

-Guapa la peruanita -fue el comentario de Meneses cuando le mostré la fotografía de Doritha Téllez en mi HTC. Le había contado la historia más o menos completa que se había iniciado con la llamada de mi madre. Se iba por su tercer ron con cola sin hielo.

-La idea es que entres y trates de ubicarla -remarqué mis palabras.

-¿Y luego? ¿Le pido un baile privado o qué? -se rió él.

-Creo que bastaría con saber que trabaja allí -le respondí, sabiendo que podía ser insuficiente, puesto que desconocía su horario de trabajo y dudaba de que pudiera aguantar despierto hasta las cinco o seis de la mañana.

-¿Quieres rescatarla, no?

-Sería lo ideal para su familia en Trujillo.

-¿Estarías dispuesto a darme 200 euros? -me preguntó, como quien pregunta por una cerveza de invitación.

Me quedaban unos trescientos disponibles. Me asombró su pregunta, pero en ese momento habría dado mucho más por un poco de ayuda. Decidí pensar en que esa noche dormiría en su casa y me ahorraría el hotel. Le entregué cuatro billetes de cincuenta.

-De acuerdo -dijo Meneses tomando los billetes como si fueran las pruebas de un delito.

Se notaba que la idea de ayudarme le gustaba, pero no solo por la perspectiva de poder ver muchachas desnudas bailando, quise imaginarme. En su mirada se percibía el interés por la aventura, por saber cómo podía terminar la historia de Doritha Téllez.

Le di un par de recomendaciones y le hice un par de advertencias. Le describí la entrada del negocio y le rogué que hablara su mejor alemán posible. Era genial imitando acentos.

Nos despedimos a unas tres cuadras de distancia del «Dancing Queens» y me puse a dar vueltas por las inmediaciones. Sabía que la espera se me iba a hacer muy difícil.

*

Luego de una hora sin tener noticias de él, empecé a preocuparme.

No era una noche especialmente fría. No obstante, aunque había tomado la precaución de recoger mi casaca de la estación, sentía el relativo frío nocturno del fin del verano, multiplicado por la preocupación.

Me imaginé que lo habían visto conmigo y que lo estaban torturando para sonsacarle alguna información sobre mi persona.

De lo nervioso que estaba, me pasé de tabernas y de tragos y, en contra de lo acordado, cuando se cumplieron 80 minutos marqué el nuevo número que me había dado. Nadie contestó.

Tranquilízate, me dije. Seguramente su celular no tiene cobertura dentro del «Dancing Queens».

Muy bien, me dije luego, ¿pero qué diablos hace Meneses casi hora y media allí dentro? Si hubiera entrado a un burdel me lo podría haber explicado de otra manera.

Reflexioné, caminando un largo rato para despejar la ligera borrachera. Llegué a la conclusión de que era muy improbable, casi imposible, que nos hubieran visto juntos.

Existía otra posibilidad.

Que él hubiera reconocido y contactado a Doritha, y que, al empezar a interrogarla, hubiera alertado a los compinches de los bueyes dobles.

Decidí esperar quince minutos más.

Volví a llamarlo.

Nada.

.

…   Termina el domingo…

       HjorgeV 16-09-2011

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