UN CASO PARA JORGE DIGAH: «LA NOVIA PRESTADA» (Novelita) (X y Fin)

*

Empecé a acercarme al «Dancing Queens» dando rodeos cada vez más cercanos. La zona se había llenado de grupos de jóvenes buscando diversión, parejas indecisas y los habituales solitarios.

Desde lejos no era posible distinguir a ninguno de «mis» bueyes dobles en la entrada del «Dancing Queens», pero yo sabía que el oscuro pasadizo de espejos era el escondite de por lo menos uno de ellos. Cada par de minutos un cliente entraba o alguien se paraba a contemplar los carteles del negocio.

Me planteé la posibilidad de volver a llamar a la policía para pedir ayuda. Luego descarté la idea. Sin tener ninguna prueba, bien podría empeorar las cosas.

*

Cuando sonó mi celular, me encontraba merodeando a escasos metros de la entrada de espejos y poco me importaba ya que pudiera verme alguien desde dentro.

Trataba de moverme como si tuviera un arma encima, dispuesto a usarla en cualquier momento, pero, en realidad, estaba preparado para pegar un salto y dar la carrera más rápida de mi vida.

Ya había visto los movimientos, al huir, de mi agresor y eso me había dado cierta confianza. El resto había sido trabajo de la cerveza. Mi mano se movió como en un zarpazo para agarrar el celular.

-Mueve tu culo, mi pana, como dicen los alemanes -dijo David Meneses al otro lado de la línea.

Quise gritarle algo, no sabía si de alegría por volver a escuchar su voz y saber que estaba sano y salvo, o de disgusto por haberme mantenido en ascuas durante dos horas. Me alejé instintivamente del «Dancing Queens» para poder hablar.

-¿Dónde estás, huevonazo?

-En la estación central. Toma un taxi y vente enseguida. Pide que te deje en la entrada trasera, yo estaré esperándote. No te lo voy a repetir.

-Espera -dije, sabiendo que ya había cortado.

*

Doritha Tállez parecía haber perdido toda su belleza en cuestión de horas. Lo cual era una ilusión creada por el hecho de haber estado contemplando su rostro y su cuerpo escultural en fotografías que ya debían tener por lo menos dos o tres años de antigüedad.

La mujer que tenía ahora delante de mí, sin la sonrisa ni la ayuda de zapatos con taco, bien podía ser la hermana fea, mayor y más pequeña de la Doritha Tállez del portal de «Reinas de Trujillo».

Vestía jeans claros que le bailaban alrededor de las piernas, zapatillas de deporte, un polo sencillo más bien incierto, y una chaqueta de cuero muy delgada que alguna vez debió estar de moda, pero no en Alemania.

Sus ojeras parecían hechas por un artista especializado en esculturas de cera. De esos que terminan ofreciendo sus servicios a restaurantes y panaderías para poder subsistir.

Lo mejor: tenía puesta una gorra de béisbol bajo la que escondía casi por completo su cabellera negra y que nos confería el aspecto de un trío común de amigos esperando su tren.

Le descubrí una sola cana, como el único polvo que le ha dedicado un cura a la viuda del pueblo en décadas de trabajo parroquial.

Lo peor: temblaba. Casi imperceptiblemente, pero temblaba sin pausa.

Había visto temblar así a adictos a la heroína. Pero sus ojos no eran los de una adicta al «caballo». Y, por lo poco que sabía, tampoco los de una cocainómana.

La conclusión me aterró: temblaba de miedo real, aquel que se funda en hechos y cosas concretas y no en la capacidad de imaginación del miedoso.

*

Nos encontrábamos esperando el tren en dirección a Colonia. Un error, como después se iría a comprobar.

Antes, había logrado convencer a Doritha de que mi madre era amiga de las hermanas Tállez (algo que ya le había mencionado Meneses para convencerla) y que tenía que venirse conmigo a Colonia.

Lo conseguí gracias a un detalle: llevaba conmigo el casete que me había dado mi madre en su última visita.

Nos había costado casi media hora ubicar a alguien que tuviera un reproductor de casetes, pero al fin encontramos a un joven «mendigo» que usaba su aparato para escuchar cedés, sin saber para qué servía la casetera.

Doritha se puso a llorar al escuchar la voz de su madre y de sus dos tías cantando. Ver sus lágrimas me convencieron de que había obrado bien.

Me la llevaría a Colonia y de allí a Sinners. La mantendría escondida hasta que pudiera trazar un plan y, luego, ya totalmente a salvo y esclarecido todo, la acompañaría al aeropuerto.

*

Hay pocas cosas que se pueden planear meticulosamente en la vida y sin que nada funcione de otra manera que la esperada.

Siempre existe algún detalle, un error menor, un mínimo olvido o una simple casualidad que salta a la pantalla de la realidad cuando uno menos lo espera.

Si no fuera así, no existirían grandes ejércitos, ni armas nucleares o cárceles; ni siquiera simples discusiones.

Bastaría con planear bien todo: hasta la elección de tu pareja.

Pero las cosas no funcionan así.

Lo sabe, aunque demasiado tarde, el que ve a un tren descarrilarse con él dentro. O el que observa a otro automovilista perder el control de su vehículo e intuye demasiado tarde que se dirige como un cohete a estrellarse contra el suyo.

Y eso para no mencionar los fenómenos climáticos extremos (la costa de mi país está plagada de restos de civilizaciones enteras -muchas aún sin descubrir- que sucumbieron a El Niño, terremotos, tsunamis o inundaciones) ni los actuales vaivenes de la economía mundial.

(¿Para cuándo la creación de la Quiebrología, el estudio de las grandes quiebras y bancarrotas?)

*

Sé que mi discurso suena cantinflesco, porque un mundo donde cada uno pudiera planear las cosas a su manera y que todo sucediera como planeado sería imposible.

(Salvo que el poder de decisión lo tuviera un solo ser o conjunto de seres y se pudiera hacer creer a todos los demás que su elección es libre, cuando en realidad se trata de la única forma de hacer encajar y coincidir millones de interacciones simultáneas por todo el planeta.)

(Esta es tal vez la razón por la cual los diferentes dioses no tienen tiempo ni para decir pío.)

Pero el hecho es que existe gente que cree que eso es posible.

Y eso es lo determinante.

Cada mañana, una buena parte de las 7.000 millones de personas que pueblan esta manzana contaminada, se levantan convencidas de que el día saldrá tal y como lo tienen planeado.

Es algo que no se puede cambiar.

*

Doritha fue la primera que vio acercarse a los dos gorilas. No eran los bueyes dobles que yo conocía, por eso es que no capté inicialmente el cambio en su semblante.

Meneses se encontraba telefoneando a su nueva novia a unos metros de nosotros y no se percató del abrupto cambio en el rostro de Doritha.

Ya habíamos conseguido animarla y, ahora que faltaban apenas unos minutos para que llegara el tren rumbo a Colonia, la sola visión de los dos hombres había bastado para convertirla en una estatua viviente de cera.

Mi primera reacción fue pararme delante de ella. A modo de protector.

Luego giré mi cabeza en busca de algún guardia o empleado del ferrocarril. Ya quedaban muy pocos pasajeros esperando el último tren de la noche y nadie parecía prestarnos atención.

Llegué a ver incluso la palanca de alarmas, pero no se me ocurrió dejar sola ni por un momento a Doritha. De todas maneras, dudaba de que la ayuda pedida podría llegar tan rápido como para poder ayudarnos.

*

Luego todo sucedió como en una presentación de pantomima: los movimientos un tanto absurdos de nuestros cuerpos, los movimientos calculados de los gorilas, la amenaza de dos pistolas invisibles a nuestros ojos pero presentes, el grito ahogado de Doritha al momento de ser sujetada por una muñeca.

El golpe que recibí del primer gorila me tumbó al suelo como un saco de paja. Esta vez tuve menos suerte: dos costillas rotas y una fisura en un codo. De eso me enteré mucho después. Lo mismo que del dolor.

Nuestra salvación fue Meneses.

Cuando por fin captó la escena, gritó, mostrando su celular en el aire:

-¡Lo tengo todo grabado!

*

El gorila que sujetaba a Doritha se detuvo. Ese fue su error.

De haber seguido su camino, otra habría sido la historia. Desconozco cuál.

El segundo gorila reaccionó de inmediato lanzándose hacia donde estaba Meneses para recuperar el celular y destruir lo grabado.

El venezolano lanzó su aparato hacia las vías del tren, a la altura de Doritha y su captor. Como muestra de agradecimiento, recibió un golpe en la clavícula que lo hizo caer y encogerse de dolor como un feto.

En ese momento escuchamos el pitido del tren que llegaba de Kiel y que tenía que habernos llevado a Colonia. Llegaba retrasado. Gran ironía en el país de la puntualidad (supuesta).

El segundo gorila, que había golpeado a Meneses y se encontraba más lejos del lugar donde había caído el celular, le hizo una seña a su colega. Le estaba indicando que recogiera el celular de las vías del tren y que él se encargaría de Doritha. Era el jefe de la pareja y no pensaba hacer el trabajo sucio.

Vimos las luces del tren apuntando desde lejos en nuestra dirección. El primer gorila soltó a Doritha y saltó a las vías obedeciendo la orden de su compañero.

Adiós Doritha, adiós celular, adiós pruebas.

Recuerdo que también se me cruzó por la cabeza un lamento: el haberle dado los 200 euros a Meneses.

Todo había sido por nada.

*

El segundo gorila sujetó inmediatamente de una muñeca a Doritha-estatua-de-cera y se dispuso a esperar que su compañero recogiera el celular y subiera al andén.

El tren que venía de Kiel volvió a hacer sonar su pitazo, ahora más cerca. Algunos pasajeros se acercaron al borde del andén, pero ninguno hizo el ademán de ayudarnos o de haber notado nuestro apuro. Cada quien quería llegar a su destino sin complicaciones.

Tal como lo tenían planeado.

El primer gorila recogió el celular y se dispuso a subir de un salto al andén. Falló en su primer intento. El tren se acercaba. El hombre sonrió levemente por su mal cálculo. Era alguien no acostumbrado a mostrar miedo o flaqueza.

Tal vez lo consideraba un pecado mortal.

El segundo gorila entendió que tendría que ayudar a subir a su compañero y se acercó hacia las vías del tren para hacerlo. No soltó a Doritha para hacerlo. Entonces sucedió lo inesperado:

Ese detalle, ese error con el que no se contaba, la motita o mancha que echa a perder la virginidad de una hoja en blanco o la camisa perfectamente lavada y planchada por una esposa especialmente cariñosa y sumisa.

Doritha empezó a forcejear con su captor.

El gorila que la sujetaba se dejó desconcertar. Ese fue su segundo error: ¿cómo podía atreverse un insecto a pensar que podía hacer frente a su fuerza?

Su compañero lanzó un grito de ayuda desde las vías del ferrocarril. El tren empezaba a detenerse pero su parada final estaba mucho más adelante.

El captor de Doritha la arrastró hasta el mismo borde de las vías del tren para no soltarla y poder ayudar a su compañero a la vez, y le gritó algo. Obscenidades. Ese fue su tercer error.

Cuando estiró su brazo libre para halar a su compañero y evitar su atropellamiento, Doritha le mordió la mano que la sujetaba.

*

Repasé durante días los detalles de lo sucedido en la estación de Hamburgo como un aparato condenado a repetir infinitamente la misma escena.

Lo volví a hacer cuando al fin pude viajar rumbo a Colonia con Rabitha (ya en mi camioneta) y cuando regresé a Hamburgo para visitar a Meneses en el hospital.

En verdad, me pasé varias semanas más perseguido por las últimas imágenes de los hermanos Ratic. Detesto la sangre no solicitada.

*

Cuando lo pude superar a medias, me costó un verdadero esfuerzo mental rastrear todos los detalles de lo ocurrido hasta dar con un momento determinado.

Buscaba el momento en que habían dado con mi identidad. A partir de ella habían podido deducir nuestro destino ferroviario y nuestro andén.

Que había llegado a Hamburgo en tren y que ese era mi medio de transporte, había sido algo obvio para Racke. Pero, ¿cómo diablos habían dado con el destino de mi tren, o sea, con mi andén?

La estación de Hamburgo posee 14 andenes.

Baumann, de nombre Jürgen, el dueño de «Abbas Enterprise», tendría que haber usado un ejército de por lo menos 28 hombres para poder buscarnos y detenernos, dos por cada andén.

Sin embargo, solo dos gorilas nos habían encontrado con relativa facilidad en la inmensa estación central de Hamburgo.

Obviamente, porque sabían hacia dónde me dirigía con Doritha Tállez.

Y lo más probable era que ya nos hubieran ubicado y estado esperando hasta el último momento para consumar el secuestro. Solo que la Deutsche Bahn (Trenes de Alemania) les falló con su acostumbrada impuntualidad.

*

Me costó esfuerzo, pero recordé el momento exacto:

Tenía que haber sido cuando llegó la policía y tuve que darle mis datos obligatoriamente.

De no haber deseado hacer una denuncia, tal vez no habría tenido que hacerlo, pero no había sido así.

Con todo, sigo sin querer saber cómo consiguió Baumann esa información, puesto que deseo mantener la buena impresión que tengo de la policía de este país.

*

Si meto o un gol o juego un solo partido en mi vida, ¿tendría derecho a ser llamado goleador o futbolista?

Si alguien escribe y publica una sola novela en su vida y no vuelve a escribir nada más, ¿puede tener el derecho a ser llamado escritor o novelista?

Con los goles que le meto a mi hija Mona en mi minúsculo jardín, ¿tendría derecho a pasar a la lista de los grandes goleadores de la historia?

¿Y ella, con los goles que me hace a mí, algunos por la «huacha»?

*

Lo digo porque en el hospital le conté a Meneses que era el tercer caso de gente desaparecida que resolvía.

Él se burló.

-¡Hostia! ¡Es que ya eres todo un detective, chaval! -me dijo, imitando el acento de Fernando, mi jefe de la oficina de traducciones. (Detesta que a su empresa la llamen así.)

Desde su lecho de convaleciente, David quiso saber en detalle cuáles habían sido los dos casos anteriores.

Le conté el caso de la mexicana secuestrada por su propio esposo y el de la mujer que había descubierto que su marido se encargaba de mantener todo un harén para la empresa multinacional donde trabajaba.

-Ese sí suena interesantísimo -me dijo con una sonrisa.

Le conté que la mujer, para salvarse tras denunciar el asunto ante la fiscalía, después había huido al Perú para iniciar una nueva vida.

Su esposo me había contratado para ubicarla en mi país, sin contarme todo lo anterior.

-¡Joder! Si no eres un detective de verdad, por lo menos eres uno «casero» -se burló Meneses al final de la historia.

Lo dejé a punto de dormirse debido a los analgésicos, no sin que antes me aclarara dos puntos oscuros:

¿Cómo diablos había hecho para sacar a Doritha del «Dancing Queens»?

La respuesta era sencilla. Existía toda una cadena de Reinas Danzantes en el norte de Alemania. Solo en Hamburgo había tres y Meneses ya había estado en uno de ellos.

Él ya sabía que, pagando determinada suma, era posible “convencer” a las chicas para visitar un hotel vecino. Prostitución encubierta era otro de los negocios del «Abbas Enterprise».

Volví a pensar en el destino de mis 200 euros. ¿Por qué había demorado tanto en llamarme esa noche? ¿Porque había llegado a usar el hotel con Doritha? No me atreví a preguntárselo.

Me contenté con saber que su clavícula sanaría pronto y con enterarme de que había fingido lo de la grabación en el andén.

Para mí, lo más importante era que Meneses no me guardaba rencor alguno por haberlo involucrado en un asunto en el que bien había podido terminar con más que con un hueso roto.

Me había creído mi cháchara sobre la imposibilidad de planear por completo las cosas y me dijo que se consideraba un hombre de buena suerte, porque no había planeado morir esa noche. No había perdido su sutil humor con el golpe.

*

Doritha me envió semanas después una fotografía donde se la veía con su hija de cinco años. La había dejado de ver casi dos.

Su rostro había cambiado. Pero como cambia el de la gente a la que le suceden cosas verdaderamente importantes y no simples acontecimientos rutinarios.

En respuesta, le envié el reportaje del Stadt Anzeiger, el principal diario colonés, sobre la captura de Jürgen Baumann, el destape de su empresa y la liberación de varias docenas de chicas que vivían como esclavas sexuales en los pisos superiores del «Dancing Queens».

Había sido un tema nacional a lo largo de varios días.

*

Tuve la suerte de que el comisario Peter Kaschuba aceptara mi propuesta de no dar a conocer mi nombre a la prensa.

Pero no lo hizo por consideración a Rabi.

Simplemente, porque le ofrecí, por mi parte, no mencionarle a la misma prensa cómo diablos había podido conseguir Baumann mis datos de un formulario policial de denuncias.

*

Baumann, por su parte, había cometido -curiosamente- un error similar al de Obama frente a la quiebra de Lehman Brothers, error repetido luego por los líderes europeos frente a la gran crisis financiera.

Cuando llegó el Caos Magno siguieron concentrándose en salvar a la banca, pensando en que ayudando a restablecer las grandes fortunas podrían resolver todos los demás problemas, incluido el del empleo.

Baumann, de forma análoga, había hecho crecer su imperio desnudista concentrándose en las inversiones, en el aspecto y ubicación de sus negocios y en su expansión, pero había creído que eso bastaría para conseguir trabajadoras atractivas y fiables de acuerdo a su necesidad.

Al ver que su pequeño imperio empezaba a cojear por la falta de «carne fresca», se había ideado la captación de chicas por medio de falsas ofertas de matrimonio.

Baumann había dividido el mundo en tajadas, como si fuera su torta.

Racke resultó ser solo uno de sus intermediarios de una de ellas.

*

Silke Raupach, la canciller alemana, y la segunda mujer en pasar por ese puesto después de Angela Merkel, se presentó en el programa de Rabi, encandilando a todo el país.

Los graves problemas por la bancarrota de Alemania continuaban, pero ahora los políticos se habían especializado aún más en convencer a la gente que era mejor dejar la administración del caos (que ellos mismos habían creado) a los profesionales del oficio antes que dejarlo en manos de sucios y caóticos advenedizos.

Programas como el de la madre de mi hija contribuían a fijar en las conciencias esa nueva paradoja de los nuevos tiempos alemanes:

Era mejor tener al gato -que a los ratones- de despensero, puesto que los últimos estaban acostumbrados a la basura y los desperdicios.

*

-Leí el reportaje con miedo -me dijo Rabi de buen humor cuando nos volvimos a encontrar. Mona aún seguía en la camioneta de su madre, preparando, de seguro, alguna sorpresa para mí.

La teleaudiencia de su programa había batido todas las marcas y eso se notaba en cada frase que pronunciaba.

-Pero tu nombre no aparece para nada en la prensa, Jorge -añadió-. Gracias.

No pude recordar cuándo le había escuchado pronunciar esa palabra por última vez.

Lancé un vistazo al interior de la camioneta de Rabi para disimular mi desconcierto. Mona estaba todavía dentro de la Land Rover, preparándose para bajar. Noté que había empezado a bajar la ventanilla de su lado. Como «premio» por no haberla involucrado en el «caso Dancing Queens», Rabi me había permitido pasar una semana entera con nuestra hija.

-Cosas de la policía -fue todo lo que se me ocurrió responderle a Rabi, mientras abría los brazos instintivamente para recibir en el aire a Mona porque acababa de saltar inesperadamente por la ventana de la camioneta. Sin previo aviso, se entiende.

La abracé con fuerza.

Como tal vez me habría gustado abrazar a Doritha Tállez cuando ya todo había pasado y tuve que contentarme con darle solo la mano a modo de despedida en el aeropuerto de Colonia-Bonn.

¿Cómo explicarle a mi hija que a veces era mejor planearlo todo, hasta el más pequeño salto?

…   

       Fin

HjorgeV 18-09-2011

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