«ESTHER» (Fragmento)

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Así está ella en el recuerdo (así la tengo en mí, viva):

Saliendo del agua, de una densa oscuridad para entrar a otra: una silueta apoyándose con las palmas de sus manos en el borde de la pileta de saltos ornamentales para propulsarse y regresar a la semipenumbra del recinto.

Estoy viendo ahora con la poderosa cámara cinematográfica del recuerdo el fuerte contraste de la luz que atraviesa los inmensos ventanales, mientras golpea en el exterior la lluvia contra sus vidrios, a ramalazos perdidos, arrastrando por el aire las hojas desprendidas de los árboles contiguos y el viento no se queda atrás con sus gemidos allá afuera -otra realidad muy lejana- que el vidrio ahoga.

Un coro polifónico anunciando: estos son los juegos de vaivén del otoño alemán recién llegado; saludando con sus azotes a todos.

Una despedida constante, también, siempre, todo lo cíclico.

Y ella, luego, ya fuera del agua, viniendo hacia mí, convirtiéndose, con cada paso en dirección al golpe de la luz, cada vez más en un clásico de Hollywood, en uno de esos mitos corporizados que ya no volverán y que las nuevas tecnologías han convertido en arqueología digital.

(Nuestros padres y abuelos se enamoraban de nombres concretos, mujeres que después se mantenían como ídolos a lo largo de toda una carrera o una vida, e, incluso, post mórtem: Monroe, Gardner, Welch, Bardot, Taylor.

Las diosas de hoy son flores de un día, si no han nacido ya marchitas o maculadas a su estrellado estrellato. Otras mueren para poder sobrevivir como la Winehouse.)

Sigue viva en mí:

Allí estoy yo atónito y habiendo olvidado el frío que sentía instantes atrás al salir del agua, así como la toalla que pensaba levantar de mi tarima para secarme y abrigarme.

Soy yo, no hay duda.

Pocas personas pueden hacer el tonto tan naturalmente y hacer creer a los demás que es una simple actuación:

Un adolescente hecho mayor que sigue sin comprender muchas cosas de la vida, menos esta, por supuesto; convencido de que alguna vez las turbulencias pasarán y entonces podrá comprenderlo todo. (Como si los grandes desastres y las grandes derrotas no tuvieran otra meta y sentido que el del aprendizaje.)

Alguien que afirma no entender a las mujeres y no se asombra, porque siendo hombre, tampoco los entiende.

Un iluso que se aferra a la idea de una madurez posible: un estado que, vista la velocidad de su desarrollo personal hasta ahora, podría recién, este iluso, alcanzarlo a la edad de ciento cincuenta años.

Porque ella viene, se acerca, me abraza, ríe, vibra conmigo en el contacto inesperado. Me hace póstumo de una manera agradable y feliz.

En realidad recién la empiezo a reconocer del todo en el último metro o medio metro. (¿Qué verdadera belleza de Hollywood se te acerca para abrazarte en la vida real?)

Entonces ya está aquí. Mi corazón es un acorazado que vibra como un taladro al que le acaban de arrancar las baterías o el enchufe de cuajo.

La reconozco también por su forma de abrazar, que era como la premonición de quien te puede arrebatar la vida de un solo golpe y te lo está advirtiendo con cariño.

Ella, es ella misma, no puede ser otra: en la cima y magnitud de su belleza, porte, garbo, gracia, figura, encanto.

¿Qué tal?, me dice ahora, sin dejar de reír/sonreír, ese estado intermedio tan agradable en ella.

Grité su nombre.

Y la lluvia, las hojas y el viento vuelven a golpear contra los ventanales a pesar de la fuerte luz que los atraviesa: es el recuerdo y la admonición perenne de todo lo cíclico, de todo lo que va y viene, como un dedo amenazador, celebrando mi saludo. Grité su nombre.

Luego me separé de su abrazo, para poder contemplarla con mi acostumbrada timidez.

Tenía un biquini que habría dado la vida (el biquini) por no desprenderse más de su cuerpo. Era marrón, bien delineado: el fruto de una complicidad ciega y anterior al primer encuentro entre prenda y persona.

A todo menos a ti, me dice, pensaba encontrar aquí. ¿Qué ha sido de tu vida? Te hacía en Lima o en algún lugar de España.

Enmudecí; mejor dicho, no podía salir de mi mutismo.

El grito de su nombre había sido mi forma de respirar, de desentumecer mis pulmones de su cataplexia, de su rigidez cadavérica producto de la sorpresa. Pero había sido momentáneamente inútil.

Seguía teniendo ese cuerpo que podía dejar temblando y ciegos a los hombres y hacer reventar de envidia a las mujeres.

Había vuelto a mi vida así de golpe.

¿Qué más?, añade, en su forma tan particular de saludar, ¿cómo has estado?

No supe qué responderle.

Pero, como todas las cosas cíclicas, ella, también después, se había ido para proseguir su órbita. Esta vez, la final.

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HjorgeV 01-10-2011

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