URI CAINE: «BOOK OF ANGELS» (John Zorn)

MÚSICA PARA ÁNGELES

Así me imagino el cielo, yo, ateo confeso y convicto:

Un manicomio lleno de dementes felices, volando por aquí y por allá a su aire.

Mientras que en una esquina, con la mirada perdida, descansa su dios.

Ciego, sordo y sin memoria.

Además de ya cansado.

Todos viviendo en un domingo eterno: el día elegido para descansar, según la mitología de la cristiandad.

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Uri Caine tendría un puesto inmediato en ese universo angelical.

Algo que él, seguramente, no soportaría:

Porque una cosa es experimentar con lo imposible posible y, otra, ser esclavo, de seres imposibles (por insoportables).

Uri Caine (Filadelfia, 1956) no solo es pianista (de jazz) y compositor.

También ha bebido, nadado y saltado alegremente en las fuentes clásicas de Wagner, Bach, Beethoven, Mozart y Verdi.

Y en cada inmersión ha hecho gozar a sus seguidores y críticos.

Con su grupo empezó recreando la música de Mahler y no le ha temido siquiera al flamenco.

Más que la fusión de lo clásico con el jazz -tramada con estilos diversos-, lo suyo es la deconstrucción:

El deseo imposible de desaparecer a voluntad, hecho juego.

Si los dioses que más se aman son los que se pueden tocar.

Los que están más al alcance de la mano.

Y si muchos músicos de jazz parecen tocar solo para seres entendidos y para ser gozados solo por otros músicos de jazz.

Caine se hace querer con su frescura y su atrevimiento desconcertantes.

Porque su música -compleja, trenzada, dispersa y simple a la vez- llega, aún a los novatos en el género de la libertad creativa por excelencia.

Con todo, en ciertos pasajes de las interpretaciones de Caine no puedo quitarme de encima un manto pesado:

La convicción de que se está burlando del oyente.

Pero es algo que soporto porque el jazz también puede ser como el buen fútbol: un lugar donde nos dé gusto que nos mientan.

En una sociedad con exigencias altísimas pero que fracasa en las trivialidades del día a día.

En un mundo que presume del regreso oficial de la tortura, de las xenofobias, de los nacionalismos y los miedos irracionales.

Cuando la convicción derribada de que la economía de mercado solucionaría todos los problemas se hace más fuerte y de que bastaba bailar sobre los dientes de los tiburones para ser feliz.

Cuando el desenmascaramiento de la clase política como incapaz y concentrada en su propio interés y medra:

Es cierto: el arte también puede reflejar perfectamente la decadencia.

Mejor retratado (musicalmente) no podía estar el inicio de la decadencia de nuestra (llamada) civilización y de que ya hemos dejado claramente atrás nuestro cenit.

El juguetón título –Book of angels: composición de John Zorn– no podía ser más apropiado.

Le envidio a Caine la escenificación de su propia locura.

La escenificación de su confusión y de la aceptación de ese desconcierto -frente al mundo y la vida- por medio de complejas acumulaciones musicales.

¿Quién tiene así nomás la oportunidad de mostrar el desconcierto que nos causa el mundo y la vida en un lenguaje, además, cifrado al máximo y -con todo- asequible a y comprensible por cada uno de los oyentes?

¿Quién tiene así nomás la chance de ser oído con atención en su desvarío, de ser escuchado en su locura y ser aplaudido, pagado y admirado por ello?

Envidia artística debe ser.

Como música enajenada. 

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