JAMES LEE BURKE: «EL HURACÁN» (Novela)

Vivimos en un mundo misterioso.

Maravilloso y terrible a la vez, lleno de contradicciones y paradojas insondables.

Cuando alguien como la canciller -Angela Angie Merkel- del país que ocupa el tercer lugar en la lista mundial de países deudores, se atreve hoy a exigir -casi conminar- a sus socios europeos que «dejen de vivir del crédito», es que hemos llegado al borde de la enajenación global.

¿Quién creó este mundo demente?

Si alguien lo creó, ¿quién creó -a su vez- a ese alguien?

En las construcciones mentales humanas llamadas religiones (no sabemos si existen seres vivos en otros planetas ni conocemos sus creencias, tampoco tenemos constancia de que los animales piensen y, si lo hacen, que hayan llegado a preguntarse por el origen de su existencia) se resuelve esa pregunta de forma cómoda.

Hay un ser por encima de nosotros. Y punto.

.

.

Bien.

Si creemos en un creador o creadora, ¿por qué se ha olvidado él/ella de su creación?

¿Qué hace en este mismo instante?

¿Nos contempla ese alguien?

¿Se muerde compulsivamente las uñas solo de ver lo que sucede a diario sobre el planeta, su creación? ¿O ríe?

¿Qué le impide reconocer su gran error?

¿Qué le impide corregirlo?

Todas estas son preguntas que bien podría habérselas hecho, por ejemplo, un niño de los miles de afectados por el huracán Katrina que azotó el sur de EEUU en el 2005.

Hay que poder imaginárselo.

2.000 muertos y más de 75 millardos (miles de millones) de dólares en pérdidas.

El huracán que más pérdidas ha causado en la historia del mundo, o, por lo menos de EEUU, y solo por detrás del más mortífero, el San Felipe II de 1928, con sus 4.000 muertos.

El Katrina devastó Nueva Orleans hasta el punto de que en muchas de sus zonas inundadas era posible medir 7 m de profundidad: la altura de una casa de dos pisos.

La ciudad quedó inundada en un 85%. Los cadáveres flotaban por todas partes.

La falta de alimentos y la ausencia total de servicios públicos auspiciaron los saqueos y estos el vandalismo incontrolado.

En esta escenografía desarrolla James Lee Burke (Houston, 1936) su novela The tin roof blowdown (2007) («El huracán»): decimosexta y antepenúltima de la serie protagonizada por Dave Robicheaux, veterano de Vietnam y ex alcohólico policía de Luisiana.

«EL HURACÁN»

Cuando leí hace un par de meses una interesante recensión sobre «El huracán» (ya no recuerdo dónde ni al autor), le rogué inmediatamente a mi esposa que tratara de conseguírmela.

Ella es la que mueve los hilos ‘en línea’ en esta casa.

Vivir en un pueblucho semirrural de las afueras de Colonia tiene sus encantos. Y sus grandes limitaciones también.

Entre los primeros: lo maravilloso que es recibir de las manos de un cartero alemán un libro en mi lengua, como si llegara de un universo lejano e insondable.

Entre los desencantos: lo que puede tardar un envío así por uno u otro motivo.

Pasaron varios meses.

Olvidé el pedido.

El sol empezó a descender en lo alto cada día más en su rumbo al otoño alemán.

Hasta que días atrás el cartero me sorprendió con un paquete.

Se veía prometedor aún sin abrirlo.

Recordé, de paso y sin querer, esos años tan lejanos, en los que la llegada de una carta o una encomienda (vivía entonces en La Ciudad del Cielo Color Panza de Burro © y ni siquiera me imaginaba que alguna vez iría a dejar mi país) era todo un acontecimiento y un gran motivo de alegría y nerviosismo.

(Una de mis ‘novias’ de ese entonces, una periodista de Stuttgart, solía enviarme diversos regalitos por correo aéreo desde este país: qué asincrónicas simetrías le depara a uno el destino. En el Perú de ese entonces yo tenía que pagar una pequeña fortuna en impuestos para poder recoger sus regalos: en todo caso, muchas veces, una suma mayor que el valor del producto. Cuando le rogué a S. que dejara de enviármelos, debió molestarse y no entenderlo. Nunca llegué a saberlo.)

Comencé a leer «El huracán» con dos claras sensaciones.

La primera:

La extraña sensación de ser probablemente una de las últimas personas (¿de las próximas dos décadas?) que todavía se alegran por sostener entre sus manos, al contacto con su piel y en agradable percepción visual y olfatoria del papel impreso, un ejemplar analógico de un libro.

(Somos cientos de millones por todo el mundo los «lectores de papel», pero seguramente también de los «últimos» en poder gozar algo así.

Alguna vez será simplemente un absurdo, en el mundo occidental por lo menos: puesto que será posible cargar en tu tableta cualquier contenido en un instante sin tener que pensar en derribos de árboles, transportes transoceánicos, trabajo esclavista en las fábricas de papel e imprentas, amén de la edición y la preparación del libro.)

(Auguro un posible adminículo futuro:

Una tableta que se parezca desconcertantemente a un libro analógico, incluyendo las sensaciones táctiles y olfativas, y cuyo contenido cambia a voluntad; propia o ajena.)

La segunda clara sensación al iniciar la lectura de «El huracán» fue la de haber tropezado -literalmente, porque no lo esperaba- con un verdadero maestro del género.

Burke ha escrito una de esas obras que exigen tu absoluta y celosa concentración.

Pero no porque uno mismo tenga que imponérsela como un deber, tarea o compromiso.

Sino porque esa alta concentración mental surge como una necesidad natural: simplemente para no perderse ninguna línea, ninguna palabra del texto:

El sueño de todo escritor, artista, maestro o profesor de cualquier disciplina.

(Tal vez esta sea una definición aceptable de un «buen libro»: el deseo de no perderse ninguna línea ni palabra, así como observamos maravillados centímetro por centímetro un cuadro del genial Leonardo Da Vinci o, extasiados, una de las fantasías de Jerónimo Bosch, también conocido como El Bosco.)

¿O fue que me enamoré de golpe de «El huracán» como en esos flechazos en los que el objeto de nuestro amor pasa a convertirse en alguien de quien pasamos a estar atentos hasta de la menor flatulencia?

(¿Y será, por eso mismo, que al rememorar esos momentos definitivamente superados de nuestro pasado lo hacemos con una mezcla de vergüenza y piedad por nosotros mismos, pero nunca con orgullo?)

¿Obra maestra, he dicho?

Soy de los que se dejan fascinar por la poesía bien dosificada de un relato.

Un edificio puede soportar el recargo en las formas, la exuberancia ornamental y hasta el barroco churrigueresco español (permítanme exagerar y mencionarlo: pero en ningún país la decoración llegó a ser tan protagónica y excesiva como en la Madre Patria de la época de José de Churriguera; algo que ahora se admira).

Un texto puede soportar hasta el culteranismo de Góngora si se trata de un engendro poético o lírico.

Pero la decoración (poética) tiene que andarse con mucho cuidado cuando se trata de narrar.

No es fácil recurrir a la poesía en una novela.

Y es raro encontrarla incluso en muchas de las más veneradas obras de la narrativa mundial.

Personalmente me he topado sorprendemente con poesía en novelas negras como El poder del perro de Don Winslow, pero no recuerdo en este preciso momento, por ejemplo, haberlo hecho en alguna novela de mi hemicompatriota Mario Vargas, a pesar de su magia narrativa.

Para fundamentarlo, transcribo el inicio del primer capítulo de El poder del perro:

.

Las amapolas arden.

Flores rojas, llamas rojas.

Solo en el infierno, piensa Art Keller, las flores son de fuego.

Art está sentado en una cresta sobre el valle en llamas. Mirar hacia abajo es como contemplar un cuenco de sopa humeante. No ve con claridad a través del humo, pero lo que distingue es una escena surgida del infierno.

Jerónimo Bosch plasma la Guerra contra las Drogas.

.

Dejemos a Winslow en paz.

«El huracán» arranca con esa poesía que menciono y que me gusta.

¿Obra maestra he dicho?

Ya apenas en la primera página es posible encontrar un error curioso.

(Habrá varios más luego.)

(Y también hay erratas, equivocaciones materiales responsabilidad del editor, de las cuales conté por lo menos quince: en las páginas 80, 42, 93, 110, 163, 163, 172, 233, 249, 289, 309, 335,370 y 416. Cifra asombrosa en esta época de correcctores automáticos incorporados.)

Mostraré ambos (poesía y error inicial) para que se sepa de qué estoy hablando.

Transcribo de mi (agradable de leer y sostener) ejemplar de RBA Libros el inicio de «El huracán», rogando no cometer ninguna errata con el teclado (y alegrándome de poder copiar -literalmente- la prosa de James Lee Burke, autor que leo por primera vez y que he pasado a incluir entre mis favoritos):

.

En mis peores sueños siempre aparecen imágenes de aguas barrosas, prados cubiertos de altas orejas de elefante y del golpe de aire descendente que producen las aspas de los helicópteros. Mis sueños son en color, pero en ellos todo es silencio. No se oyen los gritos ahogados en el río, ni las explosiones que hacen volar por los aires las chozas de la aldea que acabamos de incendiar, ni el batido de los rotores del HH-53, al que apodamos «el Gigante Verde», ni el de los helicópteros artillados que se aproximan en vuelo bajo a las copas de los árboles, como insectos recortados contra un sol incandescente.

En mi sueño me encuentro tumbado encima de mi uniforme de campaña, deshidratado debido al efecto del expansor de sangre, desgarrado por la cintura y la parte superior del muslo, como si me hubiesen atacado unos lobos. Estoy convencido de que moriré, si no me trasladan al batallón a recibir una transfusión y primeros auxilios. Junto a mí yace un cabo negro que sólo lleva puestos pantalones y botas. Su piel es negra como el carbón y su torso está abierto de punta a punta, desde la axila hasta el vientre, como si a sus carnes les hubieran bajado la cremallera. La herida que ha sufrido es tan dolorosa, tan traumática, tan terrible de ver y tocar que el pobre no atina a comprender lo que le ha sucedido.

-Me están entrando mareos, teniente -me dice-. ¿Qué tal me veo?

.

¿Cómo?, me pregunté al leer esta última línea. ¿No era que sus sueños eran en color y todo en ellos era silencio?

«Mis sueños son en color, pero en ellos todo es silencio.»

Curioso error formal.

Aunque el relato no está plagado de errores de este tipo, sí posee, con todo, una serie de saltos temporales, de tonos narrativos, cambios de perspectivas y hasta de cambios de identidad del narrador que bien pueden llegar a marear a algún lector distraído.

Sucedió conmigo, a pesar de mi interés y concentración. (Pongo un solo ejemplo: «La parte central de mi relato gira en torno a un hombre entrañable llamado Jude LeBlanc.», p. 16,  es el comienzo del segundo capítulo. Pronto se ve que esa afirmación no es cierta. ¿La olvidó? ¿La escribió adrede para confundir, burlarse o despreciar al lector?)

El relato se vuelve por partes confuso, sin que esto constituya un aliciente para no continuar.

Se podría tratar de cierto estilo adrede de Burke, he llegado a pensar.

O que esa extraña amalgama surrealista, retablo escabroso de saqueadores, asesinos circunstanciales y profesionales, racistas empedernidos, psicópatas disfrazados de burgueses, gente de mentes desquiciadas y atormentadas junto a gente de todos los días, digo, que esa almazuela (los más finos preferirán decir patchwork) por ratos desconcertante bien podría obedecer a personales características del autor.

Lo diré abiertamente.

Tanto Dave Robicheaux, el íntegro policía protagonista, como su creador, son ex alcohólicos.

¿No me han entendido?

Mejor.

Por mi parte, nunca desprecio a un buen narrador por sus defectos personales, por más que estos puedan influir en su relato y consigan llegar a marearnos.

(También a algún borracho le hemos pedido que nos cuente una historia o un secreto y le hemos escuchado con atención, atiborrándonos con su aliento inflamable.)

Lo más bonito de la lectura de «El huracán» ha sido reconocer desde las primeras a a un amigo: al narrador que está dispuesto a entregarte lo mejor de sí en beneficio de lo que te está contando.

Me ha llamado especialmente la atención el tono mesiánico y, a ráfagas, demente del relato.

Como si se tratara del discurso de un dios cansado de sus errores, pero que desconoce -al igual que nosotros- qué hacer.

(Pensar en las preguntas del comienzo.)

La prosa ágil y astuta de Burke (genial descriptor y ambientador: llegué a soñar con inundaciones y muertos flotando a mi alrededor en un marco dominado por robles de Virginia y pacanas) deviene a veces en voz acusadora.

Pero Burke no lo esconde y su genio narrativo hace que uno lo olvide como un mal menor. (En la novela se mencionan las razones -graves faltas, errores, desidias e irresponsabilidades gubernamentales- que agravaron el efecto del huracán.)

La novela también es un alegato y un lejano afán de redimirse de la salvajada que fue Vietnam, perceptible en la transcripción mostrada líneas arriba.

Esperpéntico y repetitivo (pero no aburrido) por ratos, «El huracán» es tan profundo y divertido como observar dos arañas asesinas bailando salsa sobre la punta de la nariz de un aracnofóbico payaso.

Pocos casos como el devastador efecto del huracán Katrina sirven para mostrar tanto la miseria humana como la que es capaz de propinarnos la naturaleza misma.

Por novelas como esta, uno se convence de que vale la pena seguir hurgando en el verdadero huracán de libros que hoy desperdiga la industria editorial. (Aparece una novedad ‘negra’ cada día y la mitad son títulos de nuevos autores.)

En este caso, por suerte, desde el comienzo del relato se percibe el oficio de un gran narrador.

¿Cuántas grandes obras se habrán quedado sin publicar en un cajón porque no supieron ‘venderse’ en o con sus primeras páginas?

Burke pudo haber tenido otro destino como escritor.

Se dice que a pesar de que era un autor conocido y que ya había publicado varias novelas, en los años setenta su novela The lost get-back boogie fue rechazada 111 veces (!) en el transcurso de nueve años. Tras aceptar Burke revisarla y corregirla, fue publicada y luego nominada para el premio Pulitzer.

Benditos los lectores con medios limitados como los míos, que tienen que dedicarse a hacer varias cribas antes de decidirse por la compra de un ejemplar determinado.

Porque «El huracán» es una novela que rinde: de esas que se pueden leer más de una vez.

Volver a leerla ya está en mi lista de deseos por cumplir.

Y sé que lo haré como si fuera la maldita primera vez.

.

. HjorgeV 22-09-2011

One thought on “JAMES LEE BURKE: «EL HURACÁN» (Novela)

  1. Hola, Jorge, buenos días: ¿Por qué piensa que ese adjetivo sobre Lima le pertenece? Saludos y mis respetos a tu familia. RP

    Rpta.: Hola, don Ramón Pineda del Catracho. No sea cojudo, pues, los derechos de autor le pertenecen en todo caso a Herman Melville. Saludos. HjV

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