«JOSÉ SE LLAMABA EL PADRE, JOSEFA LA MADRE» (Relatillo)

Eran dos hermanos, hermana y hermano, de una familia establecida y completa, que no sabían que tenían otros dos hermanos. Estos tampoco sabían de los primeros.

Solo los padres conocían las dos ramas familiares del mismo tronco común.

Llamaremos a los primeros José Hijo y Josefa Hija.

Cuando el negocio de José Padre empezó a decaer seriamente, los inversores y amigos se asustaron y los recaudadores de impuestos optaron por arriesgar la vida de la gallina a cambio de un par rápido de huevos más.

José Padre, desilusionado e indignado con el comportamiento de los recaudadores, del banco y de los antiguos amigos y colegas, decidió abandonarse.

Se desentendería del negocio y dejaría que al final el banco le quitase, de ser necesario, la empresa.

El trabajo de toda una vida. Su otro vástago.

Lo que no pensaba era seguir trabajando bajo leoninas y crueles condiciones para un banco que cuando salía el sol le ofrecía paraguas a buen precio, pero que cuando llovía no tenía ningún empacho en dejar que se ahogara su cliente.

Antes de llevar a cabo su plan de abandono (al diablo con lo que pudieran pensar los amigos, vecinos y familiares, era su vida y sabía que, por más que había sido un hombre poderoso, sus necesidades vitales -comer, beber, asearse, pasear, leer, dormir bajo un techo- no habían cambiado ni aumentado con el tiempo y el futuro de sus hijos ya estaba asegurado) decidió revisar su decisión por si alguno de sus empleados pudiera quedar muy mal parado con su decisión.

Se dio con la sorpresa de que ninguno de sus empleados la pasaría mal, pero, en cambio, su familia sí corría el riesgo de perder hasta la casa en la que vivían.

Decidió repensar su decisión.

Ofreció su negocio en venta.

Atentos a los vaivenes del mercado y las vicisitudes de la empresa de José Padre, los comerciantes le ofrecieron migajas.

José se dijo que lo único que le quedaba era seguir sosteniendo el negocio, por lo menos hasta que se hubieran pagado las deudas. Lo malo era que él ya no se sentía con las fuerzas para emprender tal tarea.

José habló con su hija mayor y le explicó la situación. Josefa Hija lo sentía mucho, pero no sabría qué hacer con algo así. Su interés principal estaba en formar una bonita familia y no en tener que preocuparse por una empresa de la que, además, nada entendía.

-Por lo menos he cumplido en preguntártelo a ti primero por ser la mayor-le dijo su padre.

Luego llamó a su hijo y le explicó lo mismo.

José Hijo se imaginó empezando desde cero en un ramo por el que nunca antes había mostrado el menor interés.

Se imaginó abandonando su vida actual y no pudo soportar la idea.

Su carrera marchaba sobre ruedas. Perder algunas propiedades que ni siquiera aún le pertenecían, no era nada que le pudiera quitar el sueño por ahora.

Antes de comunicárselo a sus padre, se imaginó dejándolo solo con sus problemas. Se lo imaginó derrotado.

Finalmente, pensó en su madre. Ella también tendría mucho que perder en caso de que el negocio paterno se fuera al carajo.

Habló con su padre y este le confirmó que, efectivamente, también estaba en juego el techo sobre la cabeza de su madre.

José Hijo habló con sus superiores y se tomó dos años sabáticos.

Por lo menos lo podría intentar, se dijo.

Para empezar, se encontró con que el negocio necesitaba una inyección urgente de capital.

Rogó al banco de su padre y a otros más.

Rogó a sus antiguos amigos e inversores.

Trató de ganarse a nuevos posibles inversores.

Inútil.

Ya metido de lleno en el negocio y entendiendo que, al parecer, solo se había subido al barco para conducirlo hasta su zozobra, se propuso replantearse el negocio.

No tenía nada que perder.

A lo más, dos años de su vida profesional.

En todo caso -le había prometido a sus jefes- se esforzaría por ganar en experiencia.

Se centró de lleno en entender el mercado en el que estaba envuelto el negocio de su padre.

El producto que vendía había empezado a exportarse y, lo que había parecido algo positivo al comienzo, se había revertido luego en una lucha a palo ciego entre los antiguos y los nuevos exportadores.

José Hijo se hizo una pregunta crucial.

¿Podían dividirse el mercado entre los actores actuales?

¿Y seguiría creciendo ese mercado?

¿O era un mercado que languidecía y la lucha era literalmente de vida o muerte entre los competidores?

El mercado crecía, comprobó.

Pero, con él, también los competidores, su número y su avidez.

Había que competir y poner los codos. De eso no cabía duda.

Se dedicó a estudiar.

Llegó a una conclusión y a una salida.

En realidad, había dado una especie de vuelta a la manzana sin moverse de la zona, porque la solución pasaba por conseguir una inyección de capital.

Desesperado, empezó a revisar los papeles de su padre. Descubrió de casualidad que tenía dos hermanos que no conocía.

Decidió consultar a sus dos parientes cercanos desconocidos en busca de ayuda.

Los dos se habían separado desde niños, habían crecido en familias diferentes y apenas tenían contacto.

El mayor era un empresario exitoso que manifestó su deseo inexorable de no verse envuelto en problemas ajenos. Suficiente tenía con su gran empresa.

El otro -lo llamaremos Joselito- era un tipo que seguía en la universidad a pesar de sus años.

Joselito escuchó con atención la historia y los argumentos de su hermano desconocido hasta ese momento y decidió aportar todos sus ahorros para salvar la empresa del padre que solo había visto de bebé.

José Hijo tomó los diez mil ofrecidos y descubrió una forma de hacerse paso en el mercado. Luchó duro, durmió poco, cayó varias veces y se levantó. No dudó en recurrir a ligeras y no tan ligeras trampas para evitar que se hundiera su empresa y con ella toda la familia. Lo consiguió. Se hizo rico y famoso.

El medio hermano empresario llegó a contactarlo para felicitarlo y ofrecerle una unión comercial.

José Hijo no era rencoroso y se limitó a negarse cortésmente.

Joselito descubrió que la fórmula utilizada por José Hijo ya había sido usada por su padre, pero sin éxito.

José Hijo le dijo, algo irritado, que las fórmulas económicas no eran algo fijo, que siempre dependían del momento, de la coyuntura. Lo que hoy salvaba a un país, mañana podía hundirlo.

El tiempo pasó. La empresa de José Hijo se convirtió en una multinacional.

Joselito decidió abandonar sus estudios nunca terminados y reclamar su dinero. Ya no le importaba que sus politizados compañeros se burlaran de que podía vivir de sus ahorros. (Entre sus amigos había algunos perroflautas.)

José Hijo le dijo que no habría ningún problema en devolverle su dinero.

Calculó los años que habían pasado y dobló los intereses. Consultó su apretado calendario y señaló un día del mes próximo para reunirse.

El día acordado llegó y Joselito reclamó más que su dinero: ahora quería una parte de las ganancias de la empresa.

-Me contento con la tercera parte de las ganancias.

-Joselito -le dijo José Hijo-, sin mi trabajo de todos estos años y sin mis ideas tu dinero se habría perdido.

-Pero sin mi dinero no habrías podido tener ni ideas ni nada. Quedamos en que no te quedaba otra salida que mi ayuda y yo te la di. ¿Ya no lo recuerdas?

José Hijo decidió ser sincero. No le interesaba, en realidad, en exceso el dinero, pero las pretensiones de su medio hermano le parecían simplemente absurdas.

-Es cierto. Pero nunca hablamos de que por esa participación te correspondería la tercera parte de las ganancias.

-Es cierto -contraatacó Joselito-. Pero tampoco hablamos de que por esa participación no me correspondería la tercera parte de las ganancias. Tómate tu tiempo y piénsatelo. No quiero ningún pago retroactivo. Solo quiero a partir de ahora, esa tercera parte.

-Tenemos inversores, accionistas y socios. No puedo decidirlo yo solo.

-Sin mi dinero de ayuda no los hubieras tenido ni ellos a la empresa. No quiero ningún cobro retroactivo. Solo deseo que te lo pienses. Habla con ellos.

José Hijo aceptó la propuesta confundido, molesto y frustrado.

Tenía que comunicárselo al consejo directivo de la empresa y así lo hizo.

-Usted nunca le prometió ninguna ganancia ni verbalmente ni por escrito -dijo el presidente del consejo, con absoluta tranquilidad. Gracias a él, la empresa había empezado a cotizar en la bolsa y se preparaba el siguiente paso: convertirse en una empresa con intereses y movimientos financieros globales, sin abandonar el ramo inicial de José Padre-. En verdad no existe ningún problema, entonces.

José Hijo asintió.

-Pero ese no es el punto, ¿no es cierto? -apuntó el abogado de la empresa.

-Así es -le confirmó José Hijo-. Mi único problema es el monto que pide mi medio hermano. Ni siquiera tendría mayor problema en desprenderme de mis ganancias futuras. Ustedes saben bien que tengo suficiente para vivir varios siglos a cuerpo de rey.

José Hijo no se había atrevido a decirle al consejo directivo cuál era la verdadera petición de su hermano. Había temido que ni siquiera lo tomaran en serio.

Les explicó de forma sucinta las razones y argumentos de su medio hermano.

Todos, sin excepción, rieron.

Su risa le pareció a José Hijo tan insoportable como la petición de Joselito.

-¿Qué hacemos? -lo salvó el abogado.

-¿Para qué desea ese señor tanto dinero? -preguntó el vicepresidente del consejo-. Tengo entendido que su hermano jamás en su vida ha tenido pertenencias importantes. Si la información que he recibido es correcta, se ha pasado media vida en viviendas para estudiantes. Me han dicho, incluso, que ha sido perroflauta e indignado.

-Le ofreceremos una suma que no podrá despreciar ni en sus sueños -propuso otro miembro.

-Ojalá no sea necesario sacar de la circulación a ese sujeto -dijo otro.

José Hijo sabía aquello de que detrás de cada gran fortuna había un gran crimen y detestaba los crímenes.

-Por favor -fue todo lo que dijo.

José Hijo se encargó de darle a conocer a su medio hermano el acuerdo del consejo directivo de la empresa.

Joselito le dijo que solo aceptaría lo que le parecía justo. Además, había esperado bastante tiempo por sus ganancias.

-No las había olvidado -trató de disculparse José Hijo.

Trató de explicarle que la empresa estaba constituida de tal forma que, aunque lo quisiera, él ya no podía decidir qué sucedía con las ganancias.

-Ese no es mi problema -le dijo su medio hermano-. Yo cumplí con la parte de mi trato y ahora espero que tú cumplas con la tuya.

Se despidieron sin llegar a ningún acuerdo.

José Padre se enteró del asunto.

Tras una fuerte discusión con José Hijo sufrió un infarto y quedó grave. José Padre falleció poco después, amargado por las rencillas entre sus hijos a pesar de la prosperidad de su empresa.

Josefa, la viuda, se negaba a invitar a Joselito y a su otro hermano (el otro exitoso empresario) al entierro.

-Si quieren quitarte las ganancias actuales -le decía a su hijo José-, ¿cómo crees que reaccionarán cuando sepan que la empresa le pertenecía nominalmente a tu padre? ¡Los dos querrán su parte de la herencia!

-Son sus hijos, después de todo -dijo Josefa Hija, la hermana, con su segunda hija en los brazos.

-José solo los procreó -espetó la viuda-. Nunca vivió con ellos.

-Pero cuando los necesitó, ellos acudieron en su ayuda -arguyó José Hijo, quien se consideraba una persona ética a pesar de todo lo que había hecho para salvar el pellejo del negocio paterno, algo a lo que ahora ya no necesitaba recurrir.

-Eso no les da ningún derecho a heredarlo -insistió Josefa Madre.

José Hijo y Josefa Hija decidieron invitar al velorio y al entierro a sus medios hermanos, oponiéndose al deseo de su madre. Pasara lo que pasara con sus asuntos financieros, ellos no podían escapar a esa responsabilidad como hermanos de los dos, decidieron.

Joselito puso una sola condición para asistir al sepelio.

Sería su última palabra.

Que le devolvieran sus diez mil invertidos (renunciaba a los intereses y réditos), acompañados de un documento en el que José Hijo declaraba solemnemente que allí acababan sus obligaciones monetarias con su medio hermano y que se comprometía a dejarlo en paz para siempre.

De aceptar la propuesta, Joselito asistiría al velorio y al entierro y después no volverían a saber más de él.

José Hijo se negó a aceptar la propuesta por parecerle indigna y totalmente injusta con su persona.

Y luego no supo nunca nada más de Joselito.

Trató de consolarse el resto de sus días con que tal vez así, por aquello de las grandes fortunas y grandes crímenes, se había salvado una vida humana muy cercana a la suya.

Pero tampoco fue feliz por más que comió mucha perdiz.

.….

   HjorgeV 04-11-2011

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