GYÖRGY LIGETI: REQUIEM (KYRIE)

Había nacido y crecido con el siglo y con el cine, la radio y la televisión.

Con los medios de comunicación que alguna vez se convertirán acaso en un único objeto: supremo y todopoderoso.

(Una especie de celular capaz de servir para todo, incluso para proyectar películas y teleconferencias en el aire y que solo nosotros -los titulares del aparatito- podremos ver.)

Este músico, compositor y teórico de la música, húngaro de origen judío, llegó a la madurez profesional cuando el cine de gran formato y en tecnicolor era el no va más de las artes audiovisuales.

Cuando asistir al cinema era lo más parecido a una verdadera apoteosis.

Su música tenía de plañidos de otros mundos y desconocidas dimensiones.

(¿Tienen sus auriculares a la mano?)

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Considerada decadente su música por las autoridades húngaras (celosas guardianas de la estética del realismo socialista gobernante), decidió abandonar su país en 1956.

En Viena adquirió poco después la ciudadanía austríaca y luego, habiendo oído de los vanguardistas alemanes, se instaló en Colonia.

En el estudio de música electrónica de la WDR trabajó junto a Karlheinz Stockhausen y Michael Gottfried Koenig, los grandes pioneros de la música electrónica.

Filósofo y teórico pensador de la música, eterno experimentador y propulsor de la evolución de las formas musicales, apenas dejó un par de obras en ese género.

Se concentró más bien en la música instrumental y vocal, consiguiendo texturas que reflejan sus ensayos sonoros en la música electrónica.

El cineasta Stanley Kubrick se sirvió de su obra para la banda sonora de su película 2001: Una odisea del espacio.

György Sándor Ligeti (Rumanía, 1923 – Viena, 2006), pronunciado Lígueti, le entabló entonces un juicio por haberlo hecho sin su autorización.

¿El monto de la demanda?

Un (1) dólar.

El éxito extraordinario de la película futurista de Kubrick le reportó, de una manera paradójica e involuntaria, harta fama y reconocimiento mundial.

Kubrick volvió a utilizar su música en El resplandor (1980) y en Eyes Wide Shut, su obra póstuma de 1999.

Se dice que Ligeti se desprendió de la armonía, la melodía y el ritmo para concentrarse exclusivamente en el timbre de los sonidos.

Inventó el término micropolifonía para su propia técnica compositiva.

A partir de los años setenta su interés dio otro giro y comenzó a explorar las posibilidades rítmicas de la música africana, concretamente la de los pigmeos.

Considerado uno de los grandes compositores del siglo XX, dejó una obra atrevida y diversa.

Este gran discípulo de Béla Bartók, también políglota brillante y compulsivo, cerró el telón de este mundo de sonidos mayormente inconexos después de vivir y enseñar largos períodos en Berlín, California y Hamburgo.

Falleció en Viena, ciudad que conocía y había elegido para pasar sus últimos años, un 12 de junio de hace cinco años.

He escuchado el Kyrie del Réquiem (en latín ‘descanso’) de Ligeti, como un niño en el centro de una iglesia abandonada y vacía.

Con el viento colándose por los resquicios de puertas y ventanas destrozadas.

Convencido de que son los muertos los que se quejan desde un inexistente más allá. Incapaz de comprender su idioma.

Pero también incapaz de dejar de escucharlos.

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HjorgeV 17-11-2011

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