SEGUNDO SUEÑO DOMINGUERO

Me despierto sin abrir los ojos. Doy vueltas en la cama, como un animal que presiente algo, pero no sabe qué es.

Afuera llueve y el viento azota árboles y casas. Las ventanas se estremecen.

Los servicios metereológicos han anunciado diez días de lluvia continua.

«Nunca interrumpas a un enemigo cuando está cometiendo un error» decía Napoleón. Y no sé por qué diablos se me ha venido esa frase a la mente mientras sigo dando vueltas en la cama.

Echo un vistazo al reloj. Las cuatro y pico de la mañana.

He escuchado ruidos en la cocina y eso ha debido despertarme.

Es el nuevo perro de mis hijos y mi esposa. (He deslindado responsabilidades muy temprano.)

Si me vuelvo a dormir, sé que voy a tener problemas para levantarme después y el día se me puede estropear.

Si me levanto ahora necesitaré hacer una pequeña siesta en algún momento de la tarde, pero me irá mejor el resto del día.

Lo pienso un momento. Luego vuelvo a escuchar golpes en la cocina.

El perro da golpes y arañazos contra la puerta. Me animo a hacerles un favor a sus dueños.

Encima de mi piyama me pongo una parka y busco mis zapatillas de correr.

Salgo al frío. Seis grados de temperatura. El viento parece tener especial prisa y todo se ve mojado.

Ha dejado de llover y todavía está oscuro cuando salgo.

En el corto paseo por los campos vecinos, al bendito perrito no se le ocurre hacer sus necesidades (la razón por la que me animé a sacarlo afuera) y tengo que volver a casa con las manos vacías.

(Qué imagen.)

Mi pantalón de piyama se me ha mojado hasta las rodillas y mis zapatillas están llenas de barro. Me juro no volver a asumir responsabilidades perrunas ajenas.

Regreso a la cama, después de cambiarme de pantalón y medias.

Me echo con mucho cuidado y enciendo la lámpara de tal manera que el cono de luz no despierte a mi esposa.

Estoy terminando una novela de Stephen Humphrey Bogart. Había empezado muy bien.

Al final se ha convertido en un verdadero bodrio.

Me ha hecho pensar en un corredor de fondo que empieza su carrera dando lo máximo de sí en los primeros metros y luego lo tienen que arrastrar hasta la meta.

Solo para cumplir.

Antes había terminado de leer Por siempre jamás, del escritor usamericano Harlen Coben.

Otro bodrio. Complicado, además.

Acababa de alabar en esta misma bitácora a Coben.

Hablé tanto y tan bien de él en mi entorno, que mis suegros me regalaron para mi cumpleaños cinco títulos más.

Después de leer Por siempre jamás (novela terminada a la fuerza, algo que detesto y no suelo hacer: lo mismo que en el cine, si algo no me gusta, simplemente me voy), ahora miro con recelo el resto de los libros regalados y no me atrevo a tocarlos.

(¿Cuál es el sentido de escribir?, si es que existe alguno, se pregunta uno después de lecturas así.)

Por eso empecé Tócala otra vez. El autor es hijo de Humphrey Bogart y Lauren Bacall.

El libro (Ediciones B), como objeto, es bonito.

Una edición agradable a la vista y al tacto. Pero también plagada de inexplicables erratas. (¿Estaba medio dormido el corrector?)

Carajo, dice uno, estoy leyendo el libro de todo un personaje. Olvida esos nimios detalles.

Pero el cono de luz no impide que empiece a quedarme dormido como un papanatas ante tanta insensatez escrita.

(Qué diferencia con una simple frase de una entrevista de Martín Caparrós, que es casi una buena novela negra en miniatura. Léanla con parsimonia:

«El 31 de mayo de 1981, mañana destemplada, el portero de una casa del barrio Norte de Buenos Aires vio que del baúl de un coche grande, nuevo, estacionado, caía sangre.»)

Es domingo.

Mañana será otro día.

Antes de que se me cierren los ojos pienso que debería existir una especie de Permiso de Publicación.

Así como existe uno de conducir (manejar decimos los peruanos) que impide que cualquiera salga y se siente al volante de un automóvil.

Vuelve a ladrar el perro.

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.HjorgeV 18-12-2011


. HjorgeV 18-12-2011


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. HjorgeV 18-12-2011

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