RECURSOS LIMITADOS: MIS BIBLIOTECAS (I)

*

Existió una época en mi vida, en la que podía comprarme los libros que deseaba.

Lo iba haciendo regularmente.

Tendría que haber planeado una biblioteca personal como otros planean un gran crimen, el asalto a un gran banco. 

*

Mi primera biblioteca era una reunión de los libros que me regalaba -invariablemente- mi padre por mi cumpleaños con otros de fuentes más diversas.

En la época del colegio le fui agregando algunos títulos más a esa colección dominada por novelas de Enid Blyton (mi primera gran novelista), enciclopedias infantiles, libros de cuentos y diccionarios.

Recuerdo especialmente un tomo sobre las hormigas y El lazarillo de Tormes.

*

Empecé a leer El lazarillo por obligación -una tarea escolar- y no pude desprenderme de él hasta que terminé de leerlo horas después.

Recuerdo el día.

Había tenido que acompañar a mi primo Chacho y lo leí -andando- de camino a su casa, en su automóvil y -parado al costado de su Corolla- mientras lo esperaba ya no sé para qué diligencia.

*

Una tarde de un tórrido verano, encontré en la biblioteca del puerto donde pasaba las vacaciones escolares, un libro de cuentos que me mantuvo en vilo durante varios días.

Que una lectura tuviera la fuerza suficiente para interrumpir o colidir con los varios partidos (de fútbol) diarios, habla mucho de ella.

Recuerdo el contraste de esos oscuros cuentos con el calcinante sol de ese año.

Entonces no podía saber que su autor había fascinado a generaciones enteras de todo el mundo con sus relatos.

Edgar A. Poe me introdujo al género negro en una época especialmente luminosa.

*

Debido a mi afición por el ajedrez, mi biblioteca adolescente se enriqueció con libros de ese ¿deporte/juego ciencia?

En la academia de preparación para el examen de ingreso a la universidad, conocí a un chalaco que me convenció de que podía conseguir la mejor marihuana del mundo.

Ni siquiera sabía qué era marihuana, pero si era “la mejor del mundo” tenía que ser por lo menos buena.

Vendí mis libros de ajedrez. Reduje así mi biblioteca.

Con la suma obtenida, me compré un paco de su merca.

La experiencia, sin dejar de ser interesante, me curó para siempre.

*

Muchos años después me encontré en las calles de Colonia con una alemana que había conocido en el Cuzco.

Nos citamos y terminamos en el departamento que yo compartía con un estudiante alemán en Ehrenfeld.

La vivienda era espartana: había una mesa en la salita, una máquina de escribir Adler sobre ella; dos sillas, libros en el suelo.

Dos colchones en el dormitorio, más libros en el suelo y en los bordes de las ventanas completaban nuestro ajuar.

Minimalismo puro.

(La mantequilla y las cajas de leche las dejábamos en la ventana, usándola a modo de refrigeradora.) 

*

La chica me propuso fumar con ella.

Sin esperar mi respuesta, sacó su cubito de chocolate -hachís- y se armó un buen troncho.

No quise probar.

Quería -necesitaba- mi cabeza conmigo, en su lugar.

Las experiencias adolescentes eran ya algo muy lejano.

*

Ahora quiero imaginarme que ese -el vuelo- fue su modo de invitarme a pasar a su mundo erótico.

Pasamos, en cambio, una velada triste.

Ella sentada en el suelo sobre un cojín con las piernas cruzadas y la espalda apoyada contra la pared.

Con una sonrisa imbécil decorando su rostro.

Yo, intentando remediar con una botella de vino barato las grandes distancias que nos separaban y que el hachís no había hecho sino aumentar.

*

Eran mis primeros tiempos en Colonia.

Gran parte de mi biblioteca limeña la había dejado en mi ciudad.

La parte que me había traído a París, la había perdido casi totalmente, junto con instrumentos musicales, ropa, cuadernos de poemas y otras chucherías más que dejé en la Ciudad Luz.

En Colonia, con las remuneraciones de mi primer trabajo como profesor de idiomas, empecé a armarme una nueva biblioteca.

La primera fuera de mi país.

*

Cada vez que cobraba -cada dos semanas-, me compraba un libro.

Entonces costaban hasta el doble -o más- de lo que se pagaba en España.

(En mi país las cosas llegaron a multiplicar por 30 su precio de la noche a la mañana, así es que no es una buena referencia.)

A los costos originales, más los de transporte y los de la librería, había que agregarle la ganancia del librero.

(Hacer una llamada a mi país costaba en ese entonces un ojo de la cara: tres minutos cinco marcos, unos €2,50 actuales.

Hoy tenemos las llamadas a un centavo y hablamos menos que entonces.)

*

El librero era un alemán alto, desgarbado y renco.

De trato suave, agradable.

De esas personas para las que el respeto hacia los demás es tan fundamental y primordial como la propia respiración.

Siempre daba la impresión de estarse quedando atrás en todo debido a su cojera, aunque no hiciera nada más que dar vueltas alrededor de la mesa central mientras iba acomodando sus libros.

Nadie lo perseguía, pero parecía ya haber perdido en su fuga circular y concéntrica.

Una especie de Sísifo horizontal. 

*

A mis ejemplares de esa época los fechaba, y debajo de la fecha y del lugar de la compra (Colonia), escribía una clave:

Grantris para ‘gran tristeza’, Salaflot para ‘saliendo a flote’, Alever para ‘alegría veraniega’; y así.

Tiempos de lectura y escritura.

Y de curiosidad por el mundo de la literatura de otros, por así decir.

*

En ese entonces paraba al tanto de la ‘movida’ literaria y no me perdía el paso de ningún gran personaje por Colonia.

Le di (la) lata a Mario Vargas. A Ernesto Cardenal y a Paul Auster.

El anfitrión de Vargas, un decano pesadísimo, se escandalizó cuando le pregunté al Nobel hispanoperuano cuál era la más política de sus obras.

«Esta es una reunión literaria, no política», me advirtió iracundamente el catedrático ignorante.

(Vargas resolvió voluntariamente la pregunta muchos años después, coincidiendo con mi apreciación: Conversación en La Catedral.)

*

Añadí a mi biblioteca ¿Quién mató a Palomino Molero?, Historia de Mayta, El hablador y La guerra del fin del mundo.

Las tres primeras son novelas que he releído más de una vez.

Con la última no he podido -varias veces- pasar de las primeras páginas.

*

Una noche, en una minúscula librería del centro de Colonia, asistí a un evento cultural singular. 

Era uno de esos negocios especialmente delicados, por ser formatos especialísimos de sus dueños, de esos que no han podido sobrevivir a estos nuevos tiempos (tiburo-económicos).

Había unas quince sillas amontanadas y mal dispuestas en torno a una mesita que parecía prestada por un vecino complaciente pero de recursos limitados.

Sentado a la mesita había un personaje de mirada adusta, incómodo a la legua, pero de lengua suelta y con ganas de cumplir y dejar atrás esa ridiculez de evento cultural.

Fui de los pocos que se divirtieron en esa velada.

*

De haber sabido quién era -realmente- Cabrera Infante, no me habría dejado amilanar por su aparente mal humor y me habría quedado a seguir conversando con él.

Añadí Tres tristes tigres, Así en la paz como en la guerra, Arcadia todas las noches y La Habana para un infante difunto. (Más recientemente, El libro de las ciudades.)

La Habana para un infante difunto fue todo un descubrimiento para mí.

Una especie de cataclismo para mi pacata cosmovisión libresca.

Y eso que ya conocía y poseía los Trópicos de Miller.

.

.

Continúa…

HjorgeV 17-01-2012

Anuncios

One comment

  1. Gracias por haberme dedicado tanto elogio inmerecido en el anterior post.
    El tema de hoy es alucinante, abrumador. Nos da una serie de datos de su vida de lector, algo de lo que soy incapaz, pues apenas abro un libro y tropiezo con tantísimas descripciones de ambientes, personajes y cosas que me aburro y lo cierro. Confieso que soy incapaz de leer cincuenta páginas de una novela por mucha fama que tenga su autor Siempre que leo algo ha de ser breve, conciso, igual que lo que yo escribo, modestia aparte. En fin, cada cual es como es y de los gustos nada se ha escrito hasta este momento. Un saludo desde Barcelona

    Hola, don Antonio: De tan poco leer, creo que ni leyó mi respuesta. Pero así es usted, pintado de cuerpo y alma en todo lo que escribe. A por los molinos, como dirían ustedes, los españoles, que ahora han sido reemplazados por los políticos. Saludos desde los arrabales de Colonia. HjV

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s