EL HILO GUÍA: ENTRADA (POST) Nº 900

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Avanzo por las páginas de la novela O de odio (‘Cartas peligrosas’ es la traducción de Gefährliche Briefe en la versión alemana), sintiéndome como un buzo que esperaba una inmersión en aguas cristalinas del Caribe y ha terminado en una ciénaga (aunque sin querer rendirse todavía).

La temperatura ambiental es de -10ºC en esta región de Yérmani.

Diez grados bajo cero. (Enfriamiento global.) 

Me había deseado un buen libro, una buena lectura para reírme del frío de allá fuera.

Si todas las demás novelas de Sue Grafton son como esta, las más de diez que compré alguna vez seguirán planchando (estante) (porque silla no tienen).

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No soy enemigo de lo que en alemán se llama Unterhaltungsliteratur, término que se compone de Unterhaltung (‘entretenimiento’, ‘diversión’, aunque también ‘charla’, ‘conversación’) y Literatur (que significa ‘fútbol’, ‘narcotráfico’).

(Un sitio de traducciones de la Red lo ha traducido como ‘literatura amena’ y ‘literatura de evasión’: qué amenas traducciones para referirse a las novelas que buscan primordialmente entretener.) (¿Literatura de entretenimiento?)

¿Cómo podría serlo (enemigo)? Al contrario.

Entre otras cosas, porque sé que todo escritor -grande o pequeño, con oficio o principiante, famoso o desconocido- busca, para empezar: captar y ganarse la atención del que lo lee, de su lector.

Busca, pretende, se esfuerza y ruega -desde la primera línea y la primera palabra- entretenerlo.

¿Por qué?

Porque de otra forma el lector se va, cierra el libro, lo abandona.

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Sue Grafton es una narradora nata, con oficio e imaginación.

A ratos divertida, incluso.

Sabe describir ambientes, paisajes, geografías, escenarios.

Sus diálogos no son malos. No están mal.

Conoce su material, el alma humana. Sus tramas tienen su gracia.

Pero me imagino que el hecho de ser un escritora comprometida en/a cumplir plazos y encargos de su editorial, debe haberla llevado casi irremediablemente a cometer una serie de errores.

Lo peor es cuando notas que el relleno (todo ese material que en verdad sobra pero que en el momento de la escritura le permite avanzar al autor) apenas ha sido cuestionado. 

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Lo contó una vez (y ya no sé dónde lo leí) Don Winslow.

Se había pasado cinco años escribiendo su novela El poder del perro (según explica él mismo, el título es una expresión extraída de la biblia y alude al poder de los ricos y poderosos para exprimir a los pobres).

Había escrito mil quinientas páginas y se sentía satisfecho con cada línea, con cada palabra.

Cuando el editor le dijo que la publicaría si la reducía a la mitad, Winslow quiso pegarse un tiro.

Pero finalmente aceptó.

Trasquiló, mutiló, recortó, abrevió, redujo, acortó, cercenó, podó su novela.

Eso tendría que haber hecho doña Sue Grafton con O de odio.

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Un amigo que gané en Lima y perdí años después (por esas cosas tan absurdas y muchas veces irrelevantes con que suele sorprendernos la vida) aquí en Colonia, solía azuzarme para que escribiera sobre mis experiencias a este lado del Atlántico.

«Tú que escribes», me decía, «¿por qué no las llevas al cuento? ¿Por qué no pasas todas esas anécdotas y los personajes que has conocido a una novela?»

Nunca sabía/supe qué responderle.

Tengo un gran respeto por las historias de los demás.

Alguna vez espero encontrar el tono y el formato para intentarlo. Utilizo esta bitácora para referir algunas de esas historias, sin estar seguro de nada.

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Y es que una cosa es saber contar a amigos -o conocidos o desconocidos- anécdotas, historias, recuerdos, sucesos, aventuras, mentiras, exageraciones, simples hechos.

Y, otra, llevarlo al papel.

Es otro par de zapatos, como diría un alemán.

El relato escrito exige otros códigos, otras herramientas, y otros caminos y estructuras.

Tal como si se tratara de un lenguaje totalmente diferente.

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Lo difícil y fundamental es encontrar el tono adecuado, ‘correcto’.

A veces es una batalla encarnizada.

(Cuando encuentras ese tono adecuado -el hilo guía- entonces sabes que vas por buen camino y que llegarás a tu meta, por más que luego no le guste a muchos tu texto: tú estás contento y te sientes seguro con él.)

Porque historias, e historias derivadas de ellas, hay muchas:

Infinitas, se podría exagerar, si se tiene en cuenta que cada ser humano posee sus propias historias y es capaz de alterarlas a voluntad.

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Lo recuerda Antonio Muñoz Molina en su columna semanal de Babelia:

«Cuántas historias posibles. Cuántas maneras de contarlas. Y qué poca necesidad de inventar cuando se reconoce que muchas de las mejores historias no las ha inventado nadie, y que lo que hace falta no es urdir un argumento para imponerlo como una rejilla o un molde sobre el desorden de los hechos sino encontrar el tono, el lugar desde el que se inicia el relato, la conexión íntima entre el narrador y la historia.»

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Son historias del cielo y de la noche las que refiere Muñoz -gran cazador de historias él mismo-, de guardianes de la noche.

Lo hace a partir de la película The city dark de Ian Cheney.

Constato, de paso, que el llamado mundo globalizado ha propiciado y creado nuevas tribus humanas.

Grupos dentro de otros grupos, con intersecciones y límites muchas veces inciertos y hasta misteriosos.

Como un gran ejemplo de la teoría (matemática) de conjuntos.

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Leyendo O de odio me he encontrado con una página con la esquina superior doblada: señal de que alguna vez avancé -por lo menos- hasta allí en alguna lectura anterior.

¿Cuántos años han pasado desde entonces?

¿Diez? ¿Quince?

Ahora estoy haciendo esfuerzos para pasar ese mismo punto del relato sin abandonar la lectura.

Un ejemplo de que la vida es -también- una espiral, una reunión de sucesos que se repiten cíclicamente y de los que muchas veces no aprendemos.

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(Vi a un viejo amor por la calle, desde lejos.

Me estremecí.

Un amor pasado es como la ropa interior que se ha tenido que usar involuntariamente durante muchos días sin cambiarla.

Después no podemos siquiera aceptar que nos ha pertenecido.

Ni reconocer el contacto íntimo habido.)

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Mis preferencias en lectura:

Temas trascendentes (también lo son los aparentemente más triviales).

Con lenguaje cuidado y palabras escogidas.

Dentro de un relato bien trabajado (en el que el escritor ha encontrado el hilo guía) y cuya trama inteligente te fascine.

Pido poco. Lo sé.

Y me lo exijo a mí mismo.

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HjorgeV 03-02-2012

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