EL «DOPPELGÄNGER»

*

Desorientado, descentrado, desenfocado.

Como si hubiera perdido la brújula o el sentido de orientación. El navegador interior estropeado.

Me sucede especialmente cuando mis otras actividades me han impedido dedicarme a escribir. Largos días.

Entonces se cierra el círculo vicioso y se desbarata mi capacidad de concentración. Una especie de burn-out pasajero: se me queman los fusibles o los cables.

Felizmente lo (re)conozco.

Otras veces, se transforma en una especie de depresión que solo puedo curar a punta de trabajo y deporte.

*

A veces, para remediarlo, me tomo un par de buenos tragos.

Muchas veces me funciona como una recarga o reactualización.

Pero también al día siguiente la cosa puede empeorar si se me va la mano.

Me salva un buen partido de fútbol o el ejercicio físico hasta la extenuación.

*

Descentrado, desangelado, desenfocado.

En una de esas fases de desorientación intento organizarme lo más posible.

Apunto todo lo que tengo que hacer, me hago listas de tareas. Las marco como un avaro las monedas que va acumulando.

Conforme voy cumpliéndolas, empiezo a recuperarme.

*

Esta bitácora también es mi cura, mi pócima.

Como todo lo bueno: tiene su lado malo.

¿Cómo salvarse de la gran sensación de intrascendencia de lo que aquí vierto en palabras?

¿Y de la indefensión que significa desnudarse emocionalmente ante un desconocido?

El absurdo de tener que escribir para poder(se) entender.

*

Me di una escapada a Colonia.

En un par de horas me sucedieron tres episodios que consiguieron descentrarme, desorientarme, desangelarme.

Como si hubiera aterrizado en otra película y no en la de mi vida.

*

Me acerco a la metrópolis con la mirada del radiólogo o radiografista.

Con la visión de quien, habiéndosele permitido acceder al túnel del tiempo, se acerca a otra dimensión a tratar de averiguar cómo habría sido su vida de haber seguido en la urbe.

*

Los mundos paralelos existen. Por lo menos en nuestra imaginación.

*

Viví más de quince años en Colonia.

Cuando creció mi familia, me fui, me vine, con gusto a vivir a las afueras.

Pero también con la sensación de que un otro yo (debo tener varios más: por lo menos uno en Lima y otro en París) se quedó allí en Köln.

(Los coloneses dicen Kölle.)

Tal vez aún sigo en alguna de sus calles, perdido e ingenuo como llegué a Alemania.

Quizás por eso cada visita a la gran ciudad es como visitarme a mí mismo, a un posible doble (al que dejé) y del que me gustaría saber qué ha sido de su vida.

*

Me acerco a la ciudad a espiarlo, a espiarme.

(Dejé también un doble en el barrio de Kalk, al otro lado o ‘lado falso’ del Rin, como dicen los coloneses.

Un nicaragüense que partió a EEUU nos dejó su departamento, muy barato y con jardín casi propio.

Al frente había un bar con rocola.

Algunas noches uno de los clientes -cliente o clienta- ponía I will always love you a todo volumen y hasta el amanecer.

Acaba de morir la que lo cantaba. Y no puedo tener un magnífico recuerdo de esa canción.)

*

Vivir en los arrabales, en este pueblo semirrural de las afueras de Colonia, es como habitar una burbuja.

El aislamiento también tiene sus ventajas: no tienes que verte -o muy poco- con la infamia que se parapeta en el anonimato de las grandes ciudades.

¿Es en las urbes donde mejor puede esconderse lo peor del hombre, de la condición humana?

¿O vale aquello de «Pueblo chico, infierno grande»?

*

Aunque todos, seguramente, buscan, buscamos, la felicidad, la diversión.

Lo cierto es que no todos vuelven, volvemos, a levantar la cabeza tras los grandes fracasos.

Alguno se queda contemplando su propia vida como quien mira a un caballo ganador que de pronto, en plena carrera, ha decidido dejar de correr.

*

Tuve esta sensación en mi última visita a Colonia.

La clara percepción de que, de haberme quedado en la ciudad, habría terminado desorientado permanentemente.

Peor aún, me pareció (pre)sentir que a mi doble le estaba yendo mal.

Recorrí, en la ultrafría noche, las calles del barrio de Agnes. Su iglesia semejaba un alto monstruo marino varado a cientos de kilómetros de la costa, ya momificado.

*

Me puse a buscar infructuosamente un pequeño negocio turco donde había comido muy bien en una anterior visita a ese barrio.

Debido al frío, unos cinco grados bajo cero, había muy poca gente en las calles.

No encontré el negocio.

En la Neusser, la avenida principal de la zona, encontré un Imbiss, negocio de comidas rápidas en alemán (la primera letra es una i mayúscula, no una ele).

*

Me imaginé viviendo en ese mismo barrio, recorriendo esas mismas anodinas calles, plenas de edificios de departamentos. Hileras de hileras de ventanas.

Me vi detrás de una de ellas, en mi pequeño departamento, preparándome para salir a comer. Acaso porque ya no había nada en la refrigeradora.

O porque simplemente detestaba tener que comer solo.

Me vi ingresando al negocio, aterido de frío y hambriento.

¿Qué habría sido de mi vida si no me hubiera casado?

*

Pedí una sopa de lentejas y un sánguche de pollo con lechuga, cebolla y crema agria al ajo.

Estaba saboreando la sopa y mirando el felpudo o moqueta de la entrada, cuando entró una pareja.

El felpudo estaba roto por todas partes. El negocio era uno de esos locales que arrastran dueños, quiebras, deudas, fracasos, esperanzas destrozadas, a lo largo de décadas. Cada nuevo dueño se jura hacerlo mejor.

Se podía notar en la diversidad de estilos superpuestos, en la maraña de letreros corregidos con diferente letra, en detalles como el del felpudo roto de la entrada y saleros vacíos sobre las mesas. Desolación.

Pero la sopa estaba deliciosa y el dueño, turco, era especialmente amable y hospitalario.

*

El turco saludó a la pareja alemana.

No sé si ella respondió el saludo.

Solo me concentré en lo que dijo él.

Los dos: terminando la treintena pero con aspecto de cincuentones por el tabaco. Empleados de alguna empresa. Tal vez oficinistas.

Tenían el aspecto y, especialmente él, el soberbio temple de quienes han estado fornicando y solo el hambre ha conseguido arrancarlos de la cama.

Él dijo una sola palabra a modo de saludo, mejor dicho, la espetó:

-Hunger!

Me quedé de una pieza.

*

Hunger es ‘hambre’ en alemán.

Empleados, tal vez oficinistas, he dicho, ¿no?

Gente que sabe leer y escribir. Que ha ido a la escuela. En Europa. En Alemania.

Que han tenido el privilegio de tener cierta educación.

¿Nadie les enseñó a saludar?

*

No sé por qué, recordé el caso de asesinatos en serie de extranjeros aquí en Alemania.

Ocho de los nueve asesinados por una célula terrorista nazi habían sido turcos. 

*

Mi doble pagó con gusto, dejó una propina -no habitual en ese tipo de negocios- y se despidió.

Había ido a Colonia para asistir a un concierto en la Alte Feuerwache (antiguo cuartel de bomberos).

Había ido temprano porque quería comer algo y ver antes un partido de la Bundesliga.

El frío había arreciado fuera cuando salí del Imbiss.

En un bar esquinero divisé una pantalla de televisión encendida. La Bundes, me dije. Entré.

*

Decoración de carnaval, clientes con disfraces. El carnaval recién empieza esta semana pero ellos ya tenían apuro. Una típica taberna colonesa.

En ese instante tendría que haberme dado cuenta de que estaba en el lugar equivocado. Pero si yo era mi doble y vivía en ese barrio y lo conocía, ¿cómo podía equivocarme?

Le pregunté al tabernero si estaban pasando el partido. En la pantalla se veían las imágenes de un anuncio comercial.

Se señaló y se tocó con el índice la frente.

*

Me lo quedé mirando fijamente.

Ese gesto en alemán es una ofensa.

Me estaba diciendo o preguntando si yo estaba loco o era un estúpido.

-¿Para qué tengo tres televisores prendidos? -me dijo, como ofendido, moviendo la cabeza de un lado a otro como quien no puede entender el mundo.

-Le he hecho una pregunta de forma de educada.

-¿Y para qué crees que tengo los televisores? -se indignó aún más, sin dejar de tutearme.

-¿Baloncesto? ¿Carreras de automóviles? ¿Ciclismo? ¿Boxeo?

Volvió a mover la cabeza. Ahora parecía colérico.

*

-¿Qué vas a beber? ¿Una Kölsch?

(Los sustantivos en alemán se escriben con mayúscula inicial.)

La cerveza colonesa tiene fama de aguada. Además, ¿qué diablos hacía yo -todavía- allí?

Pedí una cerveza de trigo. Ya no sé por qué.

El tabernero sacó una botella y siguió con el tema de los televisores mientras la destapaba. El cliente extranjero, loco y estúpido le preguntó:

-¿Desea que me vaya?

-Como quieras -fue su respuesta, mientras terminaba de llenar el vaso de medio litro.

-Muy bien. Adiós -le dije.

Por lo menos lo dejé con un trago en la mano. (Léase positiva y negativamente.)

En mis largos años en Alemania nunca me ha sucedido nada parecido.

*

Caminé, yo o mi doble, ya no lo sé.

(En alemán existe un término más exacto Doppelgänger, de Doppel, doble, duplicado, y Gänger, que camina).

Por el ventanal de otro negocio descubrí una pantalla de regular tamaño mostrando a 22 enajenados corriendo detrás de una pelota.

Al acercarme me percaté de que se trataba de un bar que ya conocía, el Havana.

Seguía chocado por lo que me había sucedido en la taberna colonesa.

El efecto sorpresivo, al entrar, también desolador (aunque de otra forma), fue mayúsculo.

*

Uno abre la puerta, escucha directamente su idioma (una pieza salsera saliendo por los parlantes o altavoces) y ve fotos de La Habana.

Por un momento estás en una zona que crees conocer.

Crees.

Paseas tu mirada por todo el local y empiezas a sentirte un león, un pez o una rata. Un simple animal que se ha equivocado de jaula.

Mi doble no acertaba una -en los bares- esa noche.

Pero pude ver un poco de fútbol, protegerme del frío, escuchar mi idioma, tomarme una cerveza de trigo y hacer tiempo hasta el inicio del concierto. Además, me trataron bien.

*

La pasé bien en el concierto.

(Escribí primero «Lo pasé bien». Interesante que en algunos países se prefiera la posibilidad femenina.)

Fue un concierto bonito (presentación de su último -octavo- cedé) el de Rodrigo Tobar.

Sobre este músico chileno ya he escrito en esta bitácora.

(Pulsar aquí para ver «Las varias vidas del águila».)

Volví a cometer el error de no quedarme para felicitar a los músicos.

Estas líneas también son mi aplauso.

*

Trabajar, escribir, me ha hecho bien.

¿Por qué he vuelto a asociar -inadvertidamente, sin habérmelo propuesto- a Rodrigo Tobar con el concepto de vidas paralelas, del Doppelgänger?

Tal vez porque sus composiciones transparentan, dilucidan, dejan ver, varios mundos.

Su mundo chileno, su media vida pasada allá.

El mundo de entonces: finales de los años ochenta, cuando nos conocimos, ambos recién llegados a Alemania.

Su vida acá, casado con una alemana y con hijos bilingües, como yo.

Él también vive en las afueras de Colonia.

Migrantes, traspuestos, quedados, injertados, adaptados, desadaptados.

*

Escribir para curarse, reciclarse, recargarse, recentrarse, reenfocarse.

Un espermatozoide pasa por una odisea hasta lograr fecundar al óvulo.

Pero es uno solo de varios millones de compañeros de viaje (¿por otra Vía Láctea?) que también lo intentan a la vez.

Nuestra vida, nuestro aspecto, nuestro cuerpo se definen entonces en una especie de lotería natural, corporal.

Un segundo, un solo instante de alteración del proceso de fecundación (un beso retardado, una posición alterada durante el coito) y nuestro aspecto sería, habría sido, otro.

Y otra nuestra vida.

Hay gente cuya vida queda determinada por una nariz.

*

Con cada mudanza (de casa, de ciudad o país), con cada nuevo amigo, con cada nueva relación, trabajo, profesión, viaje, se bifurca nuestro camino vital.

Cada uno de nosotros hemos dejado a un doble en el barrio o país que dejamos atrás.

En un amor que perdimos. En esa cita a la que no asistimos u olvidamos.

Y ese doble sigue allí, siguiendo su propio destino, haciendo su propia vida.

Y uno sigue aquí, sin conocerla.

Sin saber si entristecerse o alegrarse por uno mismo.

Sin siquiera saber si somos el original o solo el Doppelgänger.

(Un comienzo así de desquiciado me gustaría para una novela.)

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HjorgeV 12-02-2012

One thought on “EL «DOPPELGÄNGER»

  1. Me gusta la historia del Doppelgaenger, me siento también un poco así. El tío turco este que reaccionó así, seguro tenía un estrés de la puta madre. Recuerdo que a mí me pasó algo así en un Imbiss con un tío que pensó que había pedido un kebab y no había pedido nada y cuando me lo ofreció le dije que todavía ni siquiera habia pedido y se molesto muchísimo. Quién sabe qué problemas tendría en la cabeza en ese momento. pero estaba super molesto y también lo dejé con la comida en la mano.

    Los temores esos a los que haces referencias, siento que serían incluso peores en otro mundo paralelo. Tal vez esta sea la mejor opción.

    Hola, Eldafani: ¿Y si es al revés y en una de mis otras vidas le he ganado a Messi? Obviamente, estás contento con este mundo, con esta opción. Creo que no les sucede a muchos. Por lo demás, el “tío” turco se portó excelentemente, los bárbaros fueron el tabernero alemán y el cliente -también alemán- que, en vez de saludar educadamente al entrar al negocio, solo espetó “¡Hambre!”. Tú, o tu avatar, ha(s) confundido los mundos. Saludos desde Colonia. HjV

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