BERNARD HERRMANN: UN GENIO DÍSCOLO Y (CASI) OLVIDADO

Si el mundo real puede parecer o ser cruel y la vida por tramos indomable,¿qué mejor refugio -a veces- que la música?

Me he pasado un par de buenas, maravillosas horas escuchando la música de Bernard Herrmann (Nueva York, 1911 – Los Ángeles, 1975).

Extasiándome con su genio musical.

(Allí está, para botón de muestra, el ‘simple’ silbido de Twisted Nerve que luego deviene en un inusual arreglo sinfónico.

Misterioso, evocador, desconcertante, manipulador, sorprendente.)

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Impresionan la versatilidad y la capacidad táctil de su música.

Con Herrmann se puede llegar a creer que los sonidos son palpables y capaces de crear, además de imágenes, objetos y fantasías complejas.

¿Quién diablos es/era/fue Bernard Herrmann?

En junio del pasado 2011 habría cumplido 100 años.

Ni la Filarmónica de Nueva York, orquesta que dirigió durante un tiempo, se acordó de él.

Había llegado a la música por influencia de su padre, un inmigrante judío de Rusia y aficionado a la ópera y los conciertos sinfónicos.

Tenía una colección con la que consiguió contagiar y entusiasmar a su hijo.

Habiendo elegido el violín como instrumento, se cuenta que a los ocho años Bernard lo rompió en la cabeza de su profesor.

¿La razón?

Haberlo criticado.

Cierta o no la anécdota, a los 13, luego de ganar 100 dólares en un concurso musical, decide concentrarse solo en la música.

De la Universidad de Nueva York pasó al Juilliard, el famoso conservatorio de artes escénicas de esa ciudad.

(Miles Davis, Chick Corea y Nigel Kennedy, entre otros músicos; Kevin Spacey y Robin Williams, entre otros actores, también pasaron por ahí.)

Hasta que terminó expulsado.

Después se sabe que trabajó como director de orquesta y componiendo para la CBS.

Allí conoció a un joven director de cine que buscaba a alguien que se ocupara de la música para su radioteatro La guerra de los mundos.

El joven director era un tal Orson Welles.

Welles debió reconocer enseguida la capacidad evocadora de imágenes de sus composiciones.

Música visual a la vez que emocional.

Música palpable como elemento escénico y ambientador.

Más, aún: la música como parte del escenario cinematográfico.

Plena de oscuras sonoridades, ideales para un mago como Hitchcock.

Herrmann escribió la música para nueve de sus películas.

Vértigo fue la más notable de ellas.

Brian Gitis, un crítico usamericano, se ha tomado, recientemente, el trabajo de escuchar la música de Bernard Herrmann en diversos escenarios.

Ha descrito el resultado como fantástico, fascinante, sobrecogedor.

(Aquí su artículo del Paris Review.)

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La ligazón laboral con Hitchcok se disolvió abruptamente.

Era 1966 y el cineasta inglés le había solicitado a Herrmann una pieza ligera, más bien apegada al pop, para su película Torn Curtain.

Hitchcock deseaba algo fácilmente reconocible como melodía característica para su filme.

Herrmann debió componer guiándose por su instinto. Le salió una pieza orquestal fría y tenebrosa. Ideal para el cine hitchcockiano, debió pensar. Entusiasmado, continuó con los ensayos.

El mago de Leytonstone se presentó a una audición, entreoyó que su pedido/deseo había sido ignorado y suspendió el proyecto.

A pesar de que todo ya estaba pagado (músicos y grabación), Hitchcock impidió que continuaran los ensayos.

Herrmann, sabiendo que su futuro en Hollywood tenía las horas contadas, buscó refugio creativo en Europa.

Pasó ocho años de exilio voluntario, harto de la banalización que la industria de su país perpetraba contra el cine.

En Francia compuso la música para Fahrenheit 451, la adaptación de Truffaut de la novela homónima de Ray Bradbury.

Y luego para otro film de Truffaut, La novia vestía de negro.

Regresó a su país cuando Brian de Palma lo convenció para que compusiera la música de su película Hermanas y fascinación.

Luego llegó Scorsese proponiéndole que trabajara con él en Taxi Driver.

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Sin embargo, tras leer el guión, y a pesar de que se solicitaba una pieza de corte jazzístico -género que no dominaba-, Herrmann aceptó la proposición.

Entusiasmado, desenterró entonces una de sus composiciones y le pidió a su amigo Christopher Palmer que la convirtiera en blues.

«Trabajar con Herrmann fue una de las experiencias más satisfactorias que tuve en el cine», dijo Scorsese sobre el díscolo compositor; acaso uno de los últimos verdaderos representantes anacrónicos del romanticismo, de paso.

(Ponerse los auriculares, por favor, y pulsar aquí.)

Para satisfacción de muchos, uno de sus trabajos ha ‘resucitado’.

Se trata de su melodía Love scene, de una de las escenas más famosas de la película Vértigo y después de más de medio siglo de su estreno.

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Y nada menos que en una película muda y en blanco y negro, The artist, reciente ganadora de cinco Óscar.

Herrmann ganó solo uno.

Sufrió por ser reconocido solo como un compositor cinematográfico.

Hasta que le llegó el momento de despedirse de todo.

Falleció mientras dormía. Acababa de grabar la partitura que había escrito para Taxi Driver.

«No sé nada de taxistas», había sido su cáustica negativa inicial.

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HjorgeV 06-05-2012

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