MISCELÁNEA DE MAYO

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Ha partido Fuentes Macías y me asombro de la cantidad de admiradores que, al parecer, tenía, tiene.

En algún lugar de mi retaceada y dispersa biblioteca debo tener un par de sus libros.

Nunca pude leer a Fuentes.

Mejor dicho, nunca pude pasar de las primeras páginas de sus libros. No llegó a fascinarme su escritura. O tal vez me encontré con ella en el momento inadecuado.

(Pasa también con los amores. La misma persona se presenta años después en nuestra vida y ahora nos atrae magnéticamente. O todo lo contrario.)

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No puedo juzgar ni hablar, por lo tanto, de su obra.

(¿Quiénes terminaron -realmente- de leer sus novelas?) (Dicen que se decepcionaba cuando alguien le decía que había terminado de leer Terra nostra.)

Me impresionó, sí, su lúcida posición ante el drama que ha creado en su país la respuesta gubernamental básicamente militar frente al narcotráfico.


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Me apresuro a revisar mis estantes.

Encuentro sin mayor esfuerzo -¿tan a la mano lo había tenido?- su ensayo El espejo enterrado. 

Lo había comprado pensando que era una novela y la decepción no fue menor e impidió su lectura.

Recuerdo su verbo demasiado denso y lírico, desbordante. Poco propio para un ensayo.

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Luego encuentro un libro de cuentos, Cuerpos y ofrendas.

Comprado aquí en Colonia en 1987, me entero por la inscripción que hice. Acababa de llegar a Alemania.

Empiezo a leer el relato Chac Mool. El inicio me agrada esta vez.

Me alegro de haber descubierto ‘nuevos’ libros para leer y hurgar.

Una perversidad, vistas las circunstancias.

Pero tal vez pueda resucitar a mi particular Fuentes.

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Estoy en la cocina, preparándome un ajiaceite para untar mi pan con él.

(Aceite de oliva extra virgen, ajos muy tiernos, un ají pequeño fresco -y verdaderamente picante- y una pizca de sal. Debería hacerse todo a mano en un mortero, lo hago con una licuadora de mano.)

Por la ventana veo al cartero acercarse a la puerta.

Mi esposa recibe un paquete y me anuncia: «Creo que son tus libros.»

Esta vez han tardado más de un mes en llegar.

(Desde Inglaterra. Ignoro por qué.)

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Luigi Pintor (Roma, 1925-2003) es el autor del primero.

Es una colección de tres novelas cortas: La señora Kirchgessner, El níspero, Los lugares del delito.

Nuestra Señora de la Luna es el título de la novela de José Luis Correa (Las Palmas, 1962), del género llamado negro.

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Una de las frases de La señora Kirchgessner:

«Mi oficio de escribiente me recuerda esos castillos de naipes que tanto gustan a los niños y que se desmoronan cuando nos tiembla la mano.»

Una frase de Luigi Pintor:

«Un libro sirve a quien lo escribe, raramente a quien lo lee. Por eso las bibliotecas están llenas de libros inútiles.»

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En la portada de la novela de Correa se incluye un comentario de una periodista alemana -Kerstin Strecker, del Berliner Morgenpost– a modo de reclamo:

«El Marlowe canario, tan personal como lleno de humor.»

Como admirador de Chandler, la frasecita me ha causado prurito y puesto en una disyuntiva.

¿Empiezo inmediatamente el libro para comprobar inmediatamente que es una fanfarronada o exageración el comentario de Strecker?

¿O leo la novela después, con más calma, por si resulta que Correa sí es de los ‘buenos’?

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Abro el paquete con maneras y gestos casi litúrgicos.

Qué rara y agradable sensación esta de sostenerlos ahora entre mis manos.

Los percibo como aparatos del pasado, rezagos de un tiempo que ya ha empezado a desaparecer.

Con la emoción del arqueólogo frente a una reliquia, un resto, un vestigio, una pieza recién descubierta del rompecabezas del pasado.

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Nuestra hija de 16, luchó por mantener una relación -vamos a decir- liberal con su novio o enamorado (chico, pololo, amigo, arrejunte, jaño, traído, tontochi).

Como este país -Alemania- es bastante liberal, poco pudimos oponernos como padres a tal deseo. Aparte de que habría sido inútil hacerlo, considero.

Ella es feliz. Son felices.

Y eso es lo importante.

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Me apena en parte, pero no por cuestiones morales.

Ella no sabe -no llegará a saberlo jamás tampoco seguramente- lo que es un simple tomarse de la mano a escondidas.

Lo que es vibrar enfermo de placer con un simple beso de apenas segundos.

No, tampoco, lo que es sentir el rubor de todo un cuerpo a pesar de la ropa que se lleva puesta.

(Y que ni siquiera se te pase por la cabeza quitártela.)

No sabrá lo que es un beso robado.

Como el tesoro de todo un país.

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Las nuevas generaciones que alguna vez leerán solo en artilugios digitales, también desconocerán el contacto libresco que ahora me place.

No se perderán nada.

Puesto que no se puede perder lo que no se tiene ni se conoce.

Es como en el caso de mi hija.

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El no poderme permitir comprar libros con la regularidad y en la cantidad que me placería, se ha convertido -paradójicamente- en una ventaja para mí.

Por una parte, hago una búsqueda, selección y criba meticulosa antes de pedir alguno.

Por otra, me sucede como con esos besos adolescentes que esperaba a veces hasta semanas para darlos y/o recibirlos.

Meses, incluso. ¿Años alguna vez?

(Hay quienes se pasan toda una vida esperando un beso peregrino o uno que nunca llegará.)

Hoy todas las formas del sexo están -literalmente- tan a la mano de cualquiera en la Red.

Que ya nada -o muy poco- puede llamar la atención.

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Cuando los libros digitales sean lo diario, común y mayoritario, ¿nos sucederá lo mismo con la lectura ‘de verdad’ (ese estado mágico de concentración, cuasi levitación y viaje sin traslado)?

¿Dejaremos de apreciar la ‘verdadera’ lectura por simple atosigamiento o saturación?

¿Será trivial entonces cualquier forma de expresión?

¿Será posible reconocer diferentes estilos personales (puesto que es menester saber leer -de verdad- para poder reconocerlos)?

¿Qué sucederá con los escritores?

Con aquellos que luchan día a día con, contra, a favor, al lado, encima, debajo, por, para, sobre, a pesar y dentro de la palabra, con ella.

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Me viene a la memoria una frase de Paul Auster:

«No sentirse feliz forma parte de la naturaleza de este trabajo. Experimento un minuto de satisfacción cuando acabo un libro o cuando pienso que ha sido un buen día de trabajo. Después, me gana el desasosiego, pienso que he de leer más libros para hacerlo mejor en la próxima ocasión.»

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Oficio vano el de escribir.

Hay quienes confunden el tener suerte en un mercado (el de los libros) con la calidad de su producto (su escritura).

Si los mismos economistas ignoran por qué algunos artículos de consumo (un libro también lo es) se venden y otros no, independientemente de su calidad.

¿Qué decir de los libros?

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¿Nos complicamos la vida por pensar demasiado las cosas, sobre todo cuando hacerlo solo sirve para angustiarnos?

«Es una perversión de la inteligencia creer que la razón lo solventa todo».

Lo expone el psicólogo italiano Giorgio Nardone en su libro Pienso luego sufro.

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Un primo de mi esposa nos ha invitado a su boda.

La celebración central es una fiesta con dos centenares de invitados en Marburg. Algo bastante inusual acá en Alemania.

La pareja tiene un deseo concreto.

Que todos los invitados vayan vestidos de blanco de pies a cabeza.

Estamos en Alemania, planeta Tierra, III milenio, siglo XXI, en pleno Declive Humano.

¿Qué contarles a nuestros nietos de aquí a un par de décadas?

¿Hablarles de la alba vanidad humana?

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Me imagino un escenario futurista.

Está por desaparecer la última gran industria del planeta (por caos, guerras, falta de materias primas, boicoteos, desastres naturales, descalabros y terrorismo informáticos).

Solo queda gente que sabe cómo manejar las máquinas y artilugios remanentes, pero desconoce el principio de su construcción y cómo repararlos.

¿Comprenderemos entonces que la característica más rabiosamente humana no es nuestra capacidad de pensar sino nuestra manera de sentir, o sea, nuestros sentimientos?

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Escribir por perplejidad (frente a la vida).

Por una vaga incapacidad para soportar ciertas cosas (del mundo).

Tras varios meses trepidantes, intento volver a la calma, a cierto equilibrio.

Asombrado, como si acabara de aterrizar en mi propio cuerpo luego de una corta ausencia (en alguna nube), ‘descubro’ que mi cuaderno negro de notas lleva un tiempo sin recibir sustento.

Leo uno de los últimos apuntes:

«De los trabajos que no me pagan, escribir sigue siendo el mejor pagado.»

 

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HjorgeV 16-05-2012

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