LUIGI PINTOR: «LA SEÑORA KIRCHGESSNER»

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Aproximadamente 50 y 50 la primera y la tercera. La segunda, 90.

Tres novelas de Luigi Pintor cuyas páginas sumadas no llegan a las 200. Todo un lujo.

No escribió mucho más en vida.

Grábense a fuego (o agua: después lo explico) este nombre. Pintor es un clásico que tal vez recién se descubra de aquí a un siglo.

¿’Novelas’ he dicho?

Es la denominación comercial.

Pintorelas podríamos llamarlas, por inventar algún término al vuelo: por lo que tienen de novela y de pintura, porque incluye su apellido y suena a música, a poesía musical.

Olvidemos mi sandez.

La señora Kirchgessner, El níspero y Los lugares del delito -tres libros reunidos en uno solo por El Aleph Editores– también se pueden leer como farsas:

No llegan a ningún parte, no tienen la trama de una novela.

«He huido de cosas y personas por amor o a la fuerza», se lee al final de Los lugares del delito. «He huido en varias circunstancias, con razón o sin ella. He huido de un cine y de un hospital, de una cabina de teléfono y de un sótano, de una playa y de un muelle. He huido de las mil formas que el pecado original adopta para inducirnos a la tentación. Y ahora también huyo, aunque no sé adónde.»

Un remedo biográfico, por decir otra necedad.

La biografía, lo vivido, como pretexto para hacer un resumen, un sumario, un recuento, un balance vital: un viaje memorioso permitiéndoles a los recuerdos la vida propia de una ficción.

«Desde el día de mi bautizo han pasado más de setenta años, durante los cuales no he hecho nada», se puede leer al comienzo de La señora Kirchgessner.

«Mi oficio de escribiente me recuerda esos castillos de naipes que tanto gustan a los niños y que se desmoronan cuando nos tiembla la mano. Mejor nacer dos siglos antes, ciega pero virtuosa de la armónica de cristal, quien durante toda su vida deleitó a la aristocracia con tal instrumento.»

(Marianne Kirchgessner fue una virtuosa de la armónica de cristal, invento de Benjamin Franklin. Falleció a los 39 años, probablemente debido al alto nivel de plomo con el que se fabricaban las piezas de vidrio que tenía que tañer o frotar con sus dedos humedecidos, como copas musicales.)

De cosas así está urdida esta trilogía de Luigi Pintor (Roma, 1925-2003). (La Wikipedia, lo digo clamorosamente, no contiene una entrada en nuestro idioma de este escritor de origen sardo.)

Cosas dichas (escritas) de una manera onírica, reflexiva, pensante. Literaria.

Literatura de la memoria podría ser acaso el término exacto.

La vida vista como un cuento de hadas cruel, divertido, feliz, triste, emocionante, absurdo: para el que nunca nos pidieron permiso al decidir incluirnos.

Con imágenes y parábolas que nos hacen recordar que el arte se vale mejor de lo nimio. Por lo menos, también, de lo aparentemente intrascendente y trivial.

Es un libro (de libros) que emociona.

Más de un párrafo me ha obligado a detenerme para concentrarme en su estudio. Y ahí, como saliendo de un fruto o flor desconocida, uno se encuentra con otro mundo, otras percepciones de este insulso vicario que nos rodea y pisamos.

La sensibilidad descubierta es tal que asombra no solo a los sentidos. Es una patada directa al reloj muscular de nuestra caja toráxica.

Luigi Pintor.

Grábense este nombre a fuego.

O a lágrimas de emoción.

Se encontrarán con una prosa insólita, demoledora.

Una voz que viene del pasado y se dirige a las generaciones siguientes.

No en el sentido de pretender agradar a mujeres y hombres de épocas y realidades diversas, sino en cuanto proclama y reclama (sin decirlo expresamente) la urgencia de humanizar la escritura, la palabra.

Urge hacerla asequible a la vez que maravillosa a seres separados por países, lagos, océanos, libros, estudios, experiencias, riqueza o pobreza, color de piel, años, siglos.

¿Para qué más vueltas si Manuel Fernández-Cuesta, uno de los editores, ha escrito un vibrante prólogo?

Tan bueno, que me tomaré el trabajo de transcribirlo a mano, parcialmente y ojalá sin erratas.

(Suelo detestar los prólogos. Cuántos de ellos me han escupido en la sopa de una buena lectura. Cuántos me prometieron pajarillos en el aire y quimeras inhallables en el texto prologado. Cuántos eran un simple anuncio y copia del mal gusto con que también estaba escrita la novela anunciada. «Un buen libro se defiende solo», ya lo dijo alguien.)

(«El verdadero poeta es el que inspira» decía Valéry. El que te hace descubrir instrumentos internos cuya existencia y música desconocías, añado, siguiendo la estela. Tiene que haberle sucedido a Fernández-Cuesta tras leer estos textos de Pintor.)

Ahora lo anunciado (que es del tipo de filigrana que me agrada):

El arquéologo del presente

Con pinceladas sueltas, como si escribiera en el aire de los recuerdos lejanos, entre la memoria y el análisis, silbidos de tren, ecos de guerras y el mar, aquella comida, fotografías familiares, la máquina de escribir o una conversación, avanzan estos tres libros (La señora Kirchgessner, El níspero y Los lugares del delito) de Luigi Pintor. Tengo sobre mi mesa Servabo (1991) [otro libro de Pintor] […] Dice el crédito: esta publicación es un suplemento del número 39 de la revista Debats (marzo, 1992) y se vende inseparablemente con ella. […] Ha pasado mucha vida (y algo de muerte, siempre más despacio) desde aquel marzo de 1992. El mundo ha cambiado su apariencia externa: la corteza de látex; el mecanismo de control económico impuesto por la Conferencia de Bretton Woods (julio, 1944) se resquebraja, la aceleración del tiempo nos confunde (el presente avanza por la senda de la incertidumbre y los psicofármacos) y la memoria se ha convertido en un cristal mecido por las modas políticas (con su moralidad de aeropuerto) y la estadística. Quizá por eso, con la vista puesta en otro sitio, desde la imaginaria terraza de un café romano, dejándose llevar, confiados, de la mano, lentamente, «Povero come un gatto del Colosseo» (Pasolini), pueden leerse hoy, letra viva, en presente, estos apuntes literarios de «la pluma más aguda y brillante de Italia» como expresó -no era pródigo en elogios- otro sardo, Enrico Berlinguer.

[…]

Su potente voz literaria, cargada de noble humanidad, y una prosa teñida de irónica alegría de vivir mediterránea o de Cerdeña o, por qué no, de aquellos lugares imaginables, sitios donde hemos sido felices, son las herramientas con las que Pintor, uno de los personajes centrales de la vida pública italiana durante más de cuarenta años, reconstruye y ordena la educación sentimental, intelectual, sensitiva -pasado y presente- de los cajones, el cofre del tesoro, donde guardamos las pequeñas cosas que nos acompañan. «Mi mente es un arqueólogo que cava tenazmente en el pasado y me conduce con prepotencia donde no quiero ir» (de Los lugares del delito). Recuerdos e impresiones sueltas, a modo de gotas dispersas, crean el húmedo aire de otra época, cuando todos éramos diferentes. No mejores, solo más jóvenes, diferentes.

[…]

Puede que algunos lectores modernos, más aficionados a la acción (suele ser clasificada de trepidante), este tempo narrativo, salpicado de ideas y metáforas, el tiempo de un paseo (ahora ya nadie pasea), les resulte vago, impreciso, ajeno al acelerado ritmo (una especie de footing vital) que ha impuesto la mercadotecnia a nuestras vidas.

[…]

Lea usted media hora, déjese envolver por el balanceo, y decida si quiere proseguir.

Por estas páginas desfilarán el amor y su ilusión, desamores y dolores, la valentía ante la derrota, fantasmas que vuelven, hormigas rojas protegidas de los leñadores, el entierro de un campesino, poemas infantiles, deseos, nubes que pasan, árboles frutales cuyo olor es una disculpa viajera, paisajes, símbolos. […]

(Pobre como un gato del Coliseo, / vivía en una barriada hecha de cal es el comienzo de un poema de Pier Paolo Pasolini.)

Miniaturas que demuestran que menos es más en la literatura.

Postales de vida.

El guión más libre que he leído.

Reflexiones al amparo de los recuerdos y a través del tamiz de la imaginación: de lo que pudo ser y no fue en la vida, y de lo que fue y no tenía que haber sido. Aceptándolo todo como el peregrino que no se detiene a preguntar por lo que le están dando.

Cavilaciones, meditaciones y contemplaciones al pie de una existencia a punto de ser arrasada por un agresivo tumor.

Pintor no juzga, se asombra.

Tres textos -obras maestras inclasificables- que su autor acaso llamó novelas solo para cumplir con la nomenclatura comercial.

De los pocos libros que uno no quiere realmente que concluya.

«Aceptaría un trasplante de médula si pudiera unirlo a un trasplante de memoria. […] Me gustaría tener la memoria de un niño de cinco años fallecido por causas naturales. […] O la memoria de un elefante, de la que dicen maravillas. […] Preferiría la memoria de un hombre que hubiera vivido solo, sin echar de menos afectos, sin hondas tristezas, sin miedo a un soplo de viento o a un sonido. […] Grabo en una cinta este delirio porque ya no puedo sostener la pluma. Tal vez no sea digno, pero forma parte de la confesión. […] hay dramas externos perfectamente construidos y no es serio inventar otros en privado.»

He volado con Luigi Pintor en la alfombra mágica de sus recuerdos, a los lugares y seres de sus delitos infantiles. (La trilogía es una despedida lúcida y memoriosa.)

He sido niño con él, persona, testigo, soñador, mago, músico, compañero, trigo; esperanza hecha humanidad.

He caído también con él.

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HjorgeV 20-06-2012

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http://www.materialdelectura.unam.mx/index.php?option=com_content&task=view&id=23&Itemid=1&limit=1&limitstart=3

http://cultura.elpais.com/cultura/2012/06/06/actualidad/1338980401_026582.html

http://elpais.com/diario/2003/05/22/agenda/1053554408_850215.html

http://it.wikipedia.org/wiki/Luigi_Pintor

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