«EL PASTEL DE PONY» (Relato)

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-Tesorito -le dijo a su hija de dos años-, no quiero que te me resfríes.

Intentaba explicarle por qué la había abrigado tanto si solo salían a dar un paseo por los campos vecinos y ni siquiera corría viento.

Como buen padre sabía que ya era verano y la estaba abrigando de más, pero la sola idea de que su hija pudiera pasar frío, lo angustiaba. Como a todo buen padre, seguramente.

Era probable que ni siquiera fuera su hija.

Cuando se separó de su ex pareja, había pensado que había hecho bien en no llegar a casarse, pero ella se había aparecido meses después para anunciarle que estaba a punto de ser padre.

Él se había quedado mudo, había levantado los brazos y todo lo que había atinado a decir había sido: «Bueno, pues, si tu preocupación es si voy a pagar por mi hijo o hija, mi respuesta es que sí.»

Tendría que haber esperado para dar tal respuesta, pero el tiempo se había encargado de sanar muchas cosas. Su hija era rubia como una vikinguita de cuento y ahora a él ya apenas le importaba ese detalle.

Era su hija. No solo porque pagaba por su manutención, sino porque ya se había acostumbrado a sus dos días por semana con él, ella lo llamaba «Papa» y él ya la quería con todas sus fuerzas.

Empezó a cantarle sus canciones favoritas cuando llegaron a la zona en que los árboles formaban un corredor.

Era su forma de comunicarse con ella. La canción que más le gustaba era la del panadero y las galletas. La canción era una receta en realidad.

Estaban pasando cerca del establo y recitando los ingredientes, cuando ella dijo:

-¡Pony!

Apenas podía articular unas veintitrés palabras. ‘Pony’ era una de ellas.

Él lo sabía porque las había contado y llevaba un registro de todas las nuevas palabras que su hija iba sumando a su vocabulario.

Al ritmo que iba ahora, cuando cumpliera dos años y medio hablaría unas cincuenta o más. Un desarrollo meteórico teniendo en cuenta que en los dos últimos años no había pasado de gorjeos y sonidos guturales.

-Sí, un Pony -dijo él. Giró la cabeza y vio a los caballos del establo retozando.

Era fabuloso saberla a su lado. Saber que para ella, en ese momento, no existía otro ser humano más importante que él.

-¿Y qué hace falta para hacer un buen pastel? -tarareó él cuando llegó el momento correspondiente de la canción.

-¡Pony! -volvió a gritar ella, señalando hacia el establo.

-¿Un pony en el pastel? -rió él.

Luego vio su gesto, como de asco. Él la imitó, jugueteando.

Luego se imaginó perversamente que podía ser verdad: existía un pastel de carne. ¿Por qué no uno de caballo? Que él supiera existían salchichas hechas con la carne de ese animal.

Sintió verdadero asco de solo imaginarse la posibilidad de comer un pastel de pony. Le pareció la cosa más perversa del universo.

Tuvo que repetirle a su hija que él nunca haría algo así. Que los animales eran seres vivos con tanto derecho a vivir como las personas.

El rostro de su pequeña hija sonriendo lo salvó de pensamientos más oscuros y de cierta acidez en la garganta.

Esa era otra maravilla infantil: la facilidad con la que los niños cambiaban de tema y olvidaban todo lo anterior como si nunca hubiera sucedido: rencores, peleas, malas pasadas. Después llegaba una edad en la que los niños tomaban conciencia de la venganza y del rencor duradero. Pero hasta llegar a eso, a su hija le faltaba mucho camino por recorrer.

Llegaron a casa con hambre, agitados.

Eso era lo bonito de las caminatas. Un buen paseo despertaba no solo los músculos y los rincones más olvidados de los pulmones, también la simple necesidad de alimentarse.

Para cenar calentó los restos del día anterior. Tenía un hambre del tamaño de un barco. A su hija le preparó su leche y él se contentó con una taza de té.

El pollo asado que había estado seco e insípido le pareció ahora simplemente riquísimo, una delicia.

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HjorgeV 27-06-2012

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