«EL SEÑOR DE LOS GATOS» (Relato estival)

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He bajado expresamente para verlo, para ver si vuelvo a encontrarlo. No puedo decir que extraño su conversación, su voz o su presencia.

Al contrario, puedo no depender de ellas, desentenderme de su efecto. No he desarrollado un afecto hacia él. Pero he bajado expresamente para verlo.

Los buses de la línea que recorre la Costanera ya han pasado delante de mi puesto de observación unas ocho veces, de tal manera que llevo más de dos horas aquí, junto a este muro. Otra vez esperando en vano.

La primera vez que lo vi me asombró porque parecía a la vez un loco y una especie de misionero: un salvador o redentor. Pero este no tenía ninguna túnica ni aura, apenas una barba mal llevada.

Llevaba en la mano una bolsa de aspecto siniestro y de ella sacaba algo que entonces no sabía yo que eran alimentos y que dejaba sobre el borde del muro, de este muro precisamente, de poca altura, un metro tal vez.

Había cierta liturgia en sus movimientos y en su gesto. Ceremonia y entrega.

Me lo quedé observando, intrigado y fascinado a la vez, como solo se pueden observar las desgracias humanas en cuerpo ajeno cuando uno se cree inmune y a salvo de ellas.

Después me acerqué al muro, a su muro, a este muro, cuando ya los gatos y él se habían ido, y vi que el conjunto daba a un pequeño barranco, sobre cuya ladera muy inclinada había basura repartida como perlas de azúcar sobre una torta: latas en diversos estados de oxidación, botellas, envolturas, alguna fruta o restos de ella, ramas, piedras.

A la tercera vez lo vi aparecer desde lejos. Me encontraba parado frente al ventanal de mi departamento, a cuatro pisos de altura. Me asombré de que la gran vista de la bahía no impidiera concentrarme en él. ¿Quién se concentra en la miseria cuando visita la Torre de Eiffel o el Dom de Colonia?

Bajé porque lo vi llegar con la bolsa habitual y ya sabía lo que haría el hombre. Y luego me estuve rondándolo, sin saber cómo hacer para acercarme y hablarle. Sentía que consiguiendo comunicarme con él podría abrir una serie de puertas que tal vez él ya creía cerradas para siempre. Accesos sobre los que yo creía saber o conocer más que él, o por lo menos así me lo decía mi intuición.

Finalmente me decidí.

Me aposté cerca de donde se encontraba alimentando a los gatos, hice de paseante distraído que busca un momento de descanso y se sienta en el muro. Me alegré porque recuerdo que pensé que no había perdido mis dotes de actor, el oficio que tantas satisfacciones me había prodigado.

-Es la tercera vez que lo veo, amigo -me dijo él, sin dirigirse a mí. Parecía estar hablando solo con sus gatos.

-Perdóneme -fue todo lo que se me ocurrió decirle. Me levanté y me fui, profundamente avergonzado, para que no se percatara de mi sonrojo.

Solía vestir de negro. O de oscuro, más bien. Después me di cuenta de que tal vez era una forma de disimular la suciedad de sus ropas, otro detalle que me llevó erróneamente a pensar que era un enajenado más: de esos dominados por sus tics, cuando estos ya han terminado por acaparar su vida, su atención y la concentración de su mente.

Me habló como un hombre cualquiera de la calle. Sin la prisa o el temor que había esperado encontrar. Me había imaginado un hablar atolondrado y un verbo descuidado por la presión de tener que exponerse ante un desconocido. Entonces pensaba que un loco no tenía por qué ser un tonto y tenía que darse cuenta de la forma terrible como suele ser observado por los demás.

Resultó que tenía acento argentino, algo que me llevó con facilidad a preguntarle cuánto tiempo llevaba en la ciudad.

-Qué sé yo -me dijo-. Son esas cosas en las que nunca me fijé ni ahora me interesan, sabés.

Quise preguntarle qué le interesaba, cuáles eran sus ocupaciones o proyectos ahora, aparte de salvar del hambre a los gatos, gran tarea, por lo demás, en serio, le habría dicho; pero él ya se había envuelto en toda una disquisición sobre la vida de los gatos sin hogar, sus preferencias, sus miedos y sobre la gente que prefería verlos muertos, porque entonces así ya no podían recordarle a nadie tantas miserias ni olvidos humanos.

Los gatos vistos como metáforas de las personas. Su abandono visto como desidia social.

Me contó el caso de un gatito que había estado a punto de morir de hambre. Él lo había salvado al encontrarlo en un arbusto.

Esa vez no pasé muchos días en la ciudad. Pero a la siguiente vez, apenas lo vi llegar desde el ventanal del cuarto piso, bajé porque quería despedirme. Me había propuesto no volver a molestarlo. Quería pedirle disculpas. Decirle todo lo que había pensado erróneamente de él. Expresarle que lo había considerado un loco, un orate, un pobre descarriado de esos que terminan inmersos en un mundo ficticio, enajenados de la realidad. Y que lo sentía en el alma.

El hombre de los gatos me había enseñado en apenas un par de días y un par de horas de conversación cada vez, que mucha más gente padece de eso que yo consideraba simple locura y la había supuesto en él. El disfraz, cuando es atractivo y mundano, es terriblemente poderoso, como poderoso es el dinero para ocultar otras locuras y desgracias más profundas. Él no tenía la suerte de poseerlo.

Quería pedirle perdón por haberlo visto como una persona de menor condición o nivel, qué sabía yo de qué. Pero el señor de los gatos no apareció esa vez.

En mi siguiente viaje lo volví a buscar. Me quedé varias tarde esperándolo para gozar de su conversación amena e interesante. Para paliar la espera -que yo ya había intuido vana- empecé a llevar una bolsa con alimento para los gatos. Después de todo, alguien tenía que hacerlo.

De vez en cuando a los curiosos que se sentaban a ver lo que hacía, les contaba de las mismas cosas que me había enseñado y explicado el desconocido, El señor de los gatos, como yo lo llamaba, y de cómo yo también había encontrado un gatito abandonado y lo había salvado del hambre.

Para honrar su memoria empecé a vestir de oscuro, he empezado a contarle a todo el mundo. Que a veces dejo de lavar mi ropa para rendirle correcta pleitesía, es algo que prefiero callar porque sé que no todos lo entenderían.

Por las tardes cuando me acerco con mi bolsa de aspecto siniestro al que ahora es mi muro, alguna vez miro hacia arriba, cuatro pisos en dirección al cielo, hacia el ventanal del departamento que perdí.

Entonces veo una silueta que desvía la mirada o la devuelve a la bella vista de la bahía vecina desde el lugar que alguna vez fue mi propiedad, avergonzándose de haberla puesto en un desconocido con aspecto de vagabundo o loco.

-Ah, mirá, ahí viene otra vez el señor de los gatos -debo sospechar que dice.

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HjorgeV

(Conocí al señor de los gatos en una visita que hice hace un par de años a una isla española. Entonces no se hablaba de ninguna crisis en Europa. El señor de los gatos existe. He cargado con ese encuentro varios años. Era una persona mucho más cuerda que el común de la gente, a pesar de su vestimenta descuidada y su costumbre de alimentar a los gatos callejeros. He imaginado una película con el siguiente escenario: un tipo de éxito -financiero- contempla una bella bahía por el ventanal de su nuevo y lujoso departamento. Una tarde le llama la atención un señor que se dedica a alimentar a gatos callejeros y que parece un orate vagabundo. Baja a verlo de cerca por el simple hecho de querer contrastar su exitosa vida con lo que él considera una dura y miserable aunque digna existencia. Entonces resulta que el sujeto en cuestión es una persona más cuerda que el resto de la gente de ‘éxito’ que conoce y que la primera persona que se burla de su actitud es su mujer. Esta por su parte, ha guiado la carrera de su esposo y ahora tiene más planes de éxito para la pareja. Imaginé una trama en la que la gradual compenetración psicológica del personaje con el- señor del gato iba de la mano con la disolución de la pareja. Al final nuestro hombre de éxito perdía todo, departamento y mujer incluidos, y él mismo terminaba reemplazando al señor de los gatos en la tarea de alimentar a los gatos callejeros.

En una versión más avanzada -la novela negra me consume- el nuevo señor de los gatos se pregunta por qué desapareció el original y termina descubriendo que ha sido su esposa el que lo ha hecho desaparecer, sin saber que solo ha matado a mensajero.) (HjV)

One thought on “«EL SEÑOR DE LOS GATOS» (Relato estival)

  1. Esta historia del Señor de los gatos es conmovedora y me ha gustado, pero desgraciadamente cada vez abunda menos esta serie de personas y en cambio sobran las egoistas , las que no tienen corazón , las envidiosas. Es una pena.

    Hola, don Antonio: Me quedé con las ganas de preguntarle por qué lo hacía. Me habría gustado saber cuál era su motivación. Pero no me atreví a preguntárselo. Me pareció algo demasiado íntimo. Lo interesante es que nunca supe si el tipo era un orate o no. Tal vez no se lo pregunté por temor a que me respondiera que estaba preparando una revolución en la que los gatos serían los principales gobernantes. Gracias por su comentario, don Antonio. Saludos desde los arrabales de Colonia. HjV

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