DON WINSLOW: «SALVAJES»

Novela sorprendente.

El primer capítulo consta de una sola palabra. No es precisamente un saludo de bienvenida:

«Jódete.»

Tanto en su forma (algunas escenas están escritas como guión cinematográfico y hay varios capítulos de solo dos o tres líneas) como en sus contenidos: Salvajes sorprende.

Las sorpresas pululan en sus páginas. Muchas de estupendo calibre.

El atrevimiento no es solo en lo formal. Winslow hasta se saca del sombrero una dura crítica social a su país.

Para disimular, tal vez, la salpica con chistes (políticamente incorrectos) salidos de las bocas de sus personajes:

-¿Sabes que sale del cruce entre mexicanos y chinos? -pregunta Chon.

-No, ¿qué?

-Un ladrón de coches que no sabe conducir.

Ja. Ja. Já. Pero es una lectura entretenida e inteligente. Que exige cierto esfuerzo (concentrada atención) para no pasar por alto una serie de detalles. Muchos de ellos enciclopédicos. Pocas veces aburridos.

Lectura entretenida e inteligente, decía, si no fuera por el tema, claro: las barbaridades de los narcotraficantes en Norteamérica (Canadá queda fuera en este caso).

La decapitación de un soplón o de rivales es solo un ejemplo de ellas.

.

.

¿Cómo podía ser de otra forma en una zona geográfica determinada por un país en el que la guerra y las armas son un producto más de consumo y con un sistema social que produce en cadena miríadas de adictos cada temporada?

La cubierta del libro es roja.

En una de sus páginas se lee la siguiente descripción de una integrante de un cartel:

Elena es atractiva –sexy, guapa, inteligente, eficiente- y utiliza todas sus virtudes para mantener a su alrededor a sus seguidores leales. Sin embargo, también es inexorable: o me quieres o te corto la cabeza. Es la Reina Roja.

¿Algún dato más sobre el tema y algunos contenidos del libro?

Tengo que confesar que, sospechándolo, dudé mucho antes de comprarlo.

Pero lo hice, me subí al tren y no me he arrepentido.

Winslow es de esos pocos traficantes de sangre escrita -también llamados novelistas negros- que bien pueden estarte hablando de filosofía mientras te describen una verdadera carnicería.

Es una suerte, porque personalmente, detesto las hemorragias y las heridas de todo tipo. La violencia gratuita, quiero decir. (Tal vez porque le temo a mi imaginación.)

Me espantan especialmente las historias que solo son un pretexto para poder exhibir la más oscura maldad humana.

Dráculas del papel debe haber a montones. (¿Simple sublimación?)

Pero vayamos a lo narrativo, que es lo que define la clase de un novelista, más allá de la cantidad de frases y chistes ingeniosos que pueda incluir, porque Salvajes está llena de ellos.

¿Convencecomo novela?

Tuve dificultades para adaptarme al tono entre desenfadado y petulante de la voz narrativa, a su cadencia y a su especial métrica.

Una vez pescada, empero, es difícil reprocharle sus defectos. Después de todo, cada quien cuenta como puede o quiere y solo vale su capacidad para llevarnos al corral y hacernos escuchar o leer con absoluta atención hasta el final.

Winslow cumple con esta exigencia.

Ahora. Desde El poder del perro (2005) y tras más de cinco años sin publicar nada, este neoyorquino ha publicado (en su país) casi una novela por año: ocho en total.

Esto podría tomarse como signo de su alta productividad.

Pero también como demostración del poder de la industria del libro (El poder del editor). De sus casi ilimitados recursos (cuando le da la gana).

No sé cómo lo habrá hecho Winslow.

Pero a mí me resulta muy difícil creer que un escritor -solo- haya podido recopilar tanta cantidad de expresiones, anécdotas, frase ingeniosas, chistes, detalles, chismes e ideas brillantes en una sola novela. Sin ayuda, se entiende.

(No lo de enciclopédico, no es exageración.)

Por lo visto, apenas aparece un autor interesante (para el mercado), la industria se encarga de ficharlo por varios años y luego a poner huevos. Sí, señor.

Seas o no gallina. La cantidad de oro de las cáscaras será lo que importe.

El cómo te las arreglas debe formar parte del acuerdo contractual en el que debe ir incluido por lo menos un equipo de investigadores.

O de recopiladores en este caso.

Aceptémoslo, la novela negra usamericana es buena, famosa y comercialmente exitosa también porque no le hace ascos a la fabricación en serie: cadena de montaje y cada trabajador con una función específica incluidos.

¿Cuál ha sido la (función) de Winslow en esta novela tan distinta y divergente de El poder del perro?

Lo ignoro.

Ahora bien, este estilo (esta voz cínica) de académico chismoso y erudito, burlón, siempre dispuesto a la chanza y con un tic por las genialidades, puede llegar a cansar.

Con todo, si quien compró el libro buscaba solo entretenimiento, lo tendrá y se verá de paso enriquecido con toda una serie de extras.

Winslow te cuenta, por ejemplo, que la gran tragedia mexicana actual (más de 60.000 mexicanos muertos desde que el gobierno de Felipe Calderón declaró la guerra al narcotráfico en el 2006) pudo tener su origen en EEUU.

Si es cierto lo que refiere, todo empezó más o menos como empiezan siempre las tragedias relacionadas con el dinero y las debilidades humanas: de la conjunción de la ambición desmedida y el desprecio por la vida.

¿Las circunstancias?

La construcción del ferrocarril que debía recorrer la región limítrofe sudoccidental de Texas, Nuevo México, Arizona y California. (Región -medio México anteriormente- que no hubiera existido como tal, de no haber sido arrebatada por EEUU a su vecino sureño pocos años atrás, tal como lo denota su toponimia.)

¿Los personajes de esa novela -aún- no escrita?

Los trabajadores de ese ferrocarril. Todos chinos. Y muchos con ansias de aplacar las penurias del duro trabajo con el vuelo opiáceo.

¿Los productores de la droga?

Los gomeros de Sinaloa, región montañosa del oeste de México, con la altitud, la acidez del suelo y la pluviosidad necesaria para el cultivo de amapola, cuyos bulbos se raspan para obtener la goma de opio.

El gobierno usamericano de ese entonces toleró inicialmente el tráfico. De algo más que de un mal pago tenían que supervivir esas almas chinas.

Pero los puritanos protestaron y el opio fue declarado ilegal. (Poco después le tocaría el turno al alcohol.)

Con el advenimiento de la Segunda Guerra Mundial cambiaron las cosas.

Como la morfina para los soldados heridos se fabricaba con opio y el suministro habitual de Afganistán y el Triángulo Dorado mexicano se había interrumpido, EEUU le tuvo que suplicar entonces a México que aumentara la producción.

Convertir a toda una región en dependiente de una droga no podía ser nada bueno.

Las consecuencias las vemos ahora.

El libro es también un gran ejercicio de name-droping (ese recurso que consiste en mencionar nombres o instituciones importantes como pedante argumento de autoridad y/o para sobresalir).

Hay citas y referencias a canciones (Imagine de Lennon), a personajes reales (John Wooden) y a personajes de películas (Hyman Roth).

A series de televisión y películas (María Antonieta de Sofia Coppola).

Abundan los detalles históricos como el arriba mencionado.

Y una serie de frases geniales:

«La publicidad da nombres bonitos a cosas feas. La pornografía da cosas feas a cosas bonitas.»

«Los hombres te enseñan cómo has de tratarlos.»

Además de magníficos diálogos, chistes y guiños al lector.

También hay referencias literarias. Así, por ejemplo, en la página 202 se puede leer:

La familia Lauter estaba compuesta por cuatro hermanos y tres hermanas.

Toma nota, Chéjov.

La referencia es a la obra de teatro Las tres hermanas del gran Antón.

¿Transcribo otro chiste de la novela?

Página 143. (El «O sea» como coletilla me hizo recordar mis tiempos en Lima, aunque no sé de qué frase está traducido: ¿de «I mean»?).

Rupa se quedó, o sea, sorprendidísima, de que ganara Obama.

-O sea, ¿y después qué? ¿Un mexicano?

-Por lo menos alguien cuidará el césped de la Casa Blanca -la consoló O.

Sí, el humor es el otro gran ingrediente de esta novela. Y es negrísimo a veces.

Entre chiste y chiste, Winslow se ha dado tiempo para ocuparse de ese desvarío planetario llamado consumismo. Algunos de sus diálogos se leen como la radiografía de su país.

Transcribo. Página 114. Diálogo entre O. y Ben.

-Voy de compras -dijo a Ben en una ocasión, después de abusar de su propia tarjeta-, porque no tengo nada mejor que hacer. No trabajo, no hay nada que me interese demasiado, no tengo ningún propósito en la vida, en realidad. ¿Qué voy a hacer? Pues, ir a comprar. Es algo que puedo hacer y que me hace sentir mejor.

-Llenas el vacío interior con cosas exteriores -dijo Ben, el mal budista moralista.

-Pues sí -dijo O.-: como no me adoro, me adorno.

Salvajes es una novela inteligente y pretenciosa. Decadente como un viejo millonario que muy tarde ha comprendido que el dinero no lo hace todo y empieza a gastarlo en obras sociales y culturales, pero sin prescindir del glamour que tanto le agrada y solo puede comprar el dinero. (Autobombo, vamos.)

Escrita con un estilo repleto de pinceladas rápidas y penetrantes. Salvajes.

Ah, sí. Lo olvidaba.

Los personajes principales son tres.

Dos jóvenes hedonistas, voleibolistas (tal vez hippies del XXI), cuyo único defecto parece ser mantener un boyante negocio ilegal de la mejor María de Baja (California) (del mundo dicen ellos) y compartir una rubia hiperorgásmica.

Ben es reflexivo y progresista.

Chon un ex soldado (en Afganistán) poco dado a hablar.

Y O. (de Ophelia) es la muñeca hiperorgásmica que se desvive por las compras, el sexo y otras diversiones menos fuertes (¡ja!), contenta de compartir a Ben y Chon (de John) en la cama (es un decir, como lugar quiero decir).

(Ojo. Winslow tampoco patina con el sexo. Al contrario. Poético.)

Hasta que el cartel de Baja se interesa por su excelente producto hidropónico y rapta a O. para obligar a los dos Empresarios de María a trabajar para ellos. Y entonces se arma la buena.

¿Querías una novela negra, acción, un escenario moderno?

Lee de golpe el primer capítulo.

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HjorgeV 12-09-2012

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