BUENA SUERTE SR. GORSKY, ADIÓS MR. ARMSTRONG (I)

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Un apellido escocés, originado, según la leyenda, cuando uno de los escuderos del rey de Escocia lo izó con un solo brazo de vuelta a su caballo al ser derribado en una escaramuza, copa las portadas de los medios estos días.

A ese escudero, en agradecimiento, el rey salvado lo nombró Armstrong.

Brazofuerte.

Fortenbras en normando.

Dos Armstrong son noticia estos días.

El uno, al parecer, es un gran matón (lo dice Betsy Andreu, la esposa de uno de los pocos amigos del ciclista) que construyó una red basada en el dinero para ganar a cualquier precio y a quien le avisaban antes de los controles para garantizar la rentabilidad de las inversiones de las empresas involucradas.

El otro es, era, fue, un ser que huía de la fama como de la peste y cuya máxima ambición era seguir siendo el humilde ingeniero de calcetines blancos, siempre preocupado por no perder su maletín y que alguna vez había contribuido a dar un gran salto a la humanidad.

El primero es un símbolo de estos tiempos.

La farsa y la mentira, la estafa y el cinismo llevados a extremos guerreros (nadie le quita que era/es un guerrero como ciclista y como persona).

El segundo es un rezago de tiempos pasados, una reliquia de otra época.

De cuando el trabajo, la dedicación, el sacrificio y la entrega de los profesionales (y empleados y obreros y trabajadores en general) de cualquier campo eran algo sobreentendido y los codazos no valían para avanzar.

(Siempre existieron, claro. Pero no se preconizaban ni se ponían como ejemplo ni meta.)

El Gran Pedaleo (ahora ajedrez mefítico: el último movimiento de piezas de Lance ha sido genial: ¿si le quitan sus Tours, se los darán/darían a otros también acusados de dopaje?) continúa cuasi incólume.

(Los grandes negocios no se pueden detener. Son demasiado poderosos.)

El Gran Salto de la Humanidad, el giant leap for mankind, se quedó en nada.

(Vivimos como en los años cincuenta, solo que interconectados por la Red y con más angustias y cada vez más tiburones financieros.)

El Armstrong símbolo de la falta de escrúpulos de esta Era del Dinero Como Sistema, sigue allí.

El Armstrong que solo soñaba con diseñar aviones se nos ha ido.

Neil Armstrong fue instrumento de una potencia que supo mezclar el ansiado e infantil sueño humano con su particular imperativo de fastidiar a los rusos a toda costa.

De una potencia que eligió las armas y la retórica como camino.

Los tiempos han cambiado.

Si antes se elegía la Luna como meta. Hoy es la simple Guerra.

«We choose to go to the moon», anunció Kennedy en 1962.

Hoy los anuncios son las invasiones a Irak o Afganistán o el (¿próximo?) bombardeo de Irán.

Tal vez fue un presagio que el primer pie humano sobre nuestro único satélite natural fuera el izquierdo de nuestro segundo Armstrong.

O sea que, literalmente, empezamos una nueva era con el pie izquierdo.

Y no fue menos profético y paradójico que la principal batalla de la llamada Guerra Fría se ganara sobre un suelo hirviendo, por así decir.

(La superficie del astro más cercano a nuestro planeta sobrepasa fácilmente los 100ºC.)

Curioso también que Neil, un nombre de origen celta y con el significado de ‘campeón’ (en esos años también había por lo menos un Sedaka, un Young y un Diamond, todos famosos), no se pusiera de moda por todo el planeta.

Como sí ocurrió más tarde con nombres como Kevin o John.

Pero este Neil era más que especial. Y benigno.

Huyó de la prensa y de la popularidad durante décadas enteras, como de la peste.

En los más de cuarenta años transcurridos desde su hazaña hasta su muerte unos días atrás solo un puñado de personas llegó a entrevistarlo.

Su segunda entrevista para la televisión la hizo cuando cumplió 80 años.

En un país de habla alemana, para más señas: en el programa Talk im Hangar-7 del 5 de agosto del 2010 de la televisión austríaca.

Tal vez aceptó la invitación por los orígenes alemanes de su familia.

Tanto por el lado paterno como materno: su madre se apellidaba Engel, el segundo nombre de su padre era Koenig (ángel y rey en alemán, respectivamente) y uno de sus bisabuelos procedía de Ladbergen, un pueblucho de esta región.

Aunque también tal vez aceptó participar porque otro de los invitados a ese programa era un antiguo conocido, pero del bando contrario.

El primer hombre en flotar en el espacio sideral.

Alexej Leonov, cosmonauta ruso, primer humano en abandonar una cápsula espacial en la ingravidez del éter.

(En el set de televisión Armstrong lo recibe con un abrazo fraterno, mientras una banda toca una melodía de fondo. ¿Cuál? Fly to me the moon de Bart Howard, por supuesto.)

El presentador de la televisión austríaca lo presentó así (traduzco libremente):

«Hace 41 años Neil Armstrong fue el primer hombre en pisar la Luna. Hoy cumple 80 y vuelve a hacer algo que nunca antes ha hecho en su vida: pisar un estudio de televisión.»

Era cierto. Nunca había sido entrevistado en un estudio de televisión.

Pero esa era su segunda entrevista para ese medio.

Porque la primera la había concedido apenas un par de años atrás para el programa 60 Minutes de su país.

Entre otras preguntas, el presentador austríaco le preguntó qué se le pasó por la cabeza en el momento del alunizaje.

«Nada especial», respondió Neil, solo «que ese sería un mal momento para cometer un error.»

Risas del público. Además de una ovación continuada.

La última entrevista (¿para la televisión?) de su vida la había concedido en Australia.

Otra rareza.

Nada menos que a un auditor:

Alex Malley, un directivo de la CPA Australia, una asociación de auditores y contadores (contables en España) de ese país continente.

Y Neil lo hizo seguramente por la sencilla razón de que su padre también había sido un auditor y debió sentirse en familia.

Sí, este Neil era muy especial.

Una vez se negó a poner su mano sobre la biblia para jurar que había alunizado. Había una cámara cerca.

En las imágenes se le ve nervioso, contrariado, acorralado.

(Otra de las razones, junto con la de la bandera flameando a pesar de la ausencia de atmósfera en la Luna -entre otras-, que han dado pie para que algunos afirmen que la hazaña de Armstrong fue una escenificación, un montaje.)

¿Por qué no quiso jurar ante la biblia en esa oportunidad?

Quién lo sabe.

«Viniendo de usted, esa biblia tiene que ser falsa», se defendió Armstrong.

Nuestro Neil pudo haber muerto un 3 de septiembre de 1951 en Corea, a los 21 años de edad.

Allí participaba desde hacía un año atrás en una de las tantas, absurdas, inútiles y crueles guerras que su país ha librado y sigue librando por todo el mundo acaso solo para dar salida a los ingentes armamentos que produce.

(El año pasado triplicó sus ventas respecto al año anterior, vendiendo más armas que nunca. Ahora se entiende por qué había que satanizar a Irán.)

Encargado de hacer vuelos de reconocimiento, al realizar uno sobre un amplio valle a baja altura, un cable que no había visto le rebanó parte del fuselaje.

Para poder aterrizar, Neil tuvo que abandonar la nave usando su asiento catapultable y luego un paracaídas.

(Una técnica usada por primera vez por el ingeniero alemán Helmut Schenk apenas diez años atrás en una situación de emergencia.)

Sí. Nuestro Neil sabía de los avatares de la vida.

Desde diez años antes de su hazaña los soviéticos enviaban un cohete tras otro al espacio. Los estadounidenses veían explotar los suyos en el aire.

Personalmente, había perdido una hija de 2 años, la edad que él tenía cuando asistió por primera vez a una demostración aeronáutica y se quedó prendado de esas aves metálicas.

Y a nadie menos que a un bonachón como Neil, le inventaron una leyenda urbana.

Todos conocen la frase que Armstrong dijo al pisar la luna y que su esposa le había ayudado a preparar:

«That’s one small step for [a] man… one… giant leap for mankind.» ( escuchar)

Curioso que aquí se le escapara una sola letra, la a, artículo indefinido del inglés.

Algo de lo que él no había sido consciente al pronunciar la frase.

Este es un comentario al respecto de los registros oficiales de la NASA:

[At the time of the mission, the world heard Neil say “That’s one small step for man; one giant leap for mankind”. As Andrew Chaikin details in A Man on the Moon, after the mission, Neil said that he had intended to say ‘one small step for a man’ and believed that he had done so. However, he also agreed that the ‘a’ didn’t seem to be audible in the recordings. The important point is that the world had no problem understanding his meaning.]

En 1995 -o 1994- le inventaron una frase que habría dicho sobre la superficie lunar:

Good luck, Mr. Gorsky.

Buena suerte, Sr. Gorsky.

Ningún integrante de la tripulación del Apolo 11 (en el original con doble ele: Apollo) se llamaba así.

En la base de control de la NASA en Cabo Cañaveral tampoco.

¿Quién diablos era Mr. Gorsky entonces?

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Continúa mañana o pasado mañana…

HjorgeV 27-08-2012

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2 comentarios sobre “BUENA SUERTE SR. GORSKY, ADIÓS MR. ARMSTRONG (I)

  1. Excelente artículo, le felicito clamorosamente. Uno de los brazofuerte hizo grande a la humanidad el otro ha desprestigiado a las drogas, si es que tenían algún prestigio aceptable, y como se suele decir siempre se van primero los mejores, asi es la vida.

    Clica sobre mi nombre

    Hola, don Antonio: Gracias por su mensaje. Saludos desde los arrabales de Colonia. HjV

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