EL SEÑOR BERG Y EL AÑO ETERNO DEL GATO

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Hay gente que no soporta los perros justamente por su rasgo más común.

Por su fidelidad. Porque no pueden decir no y le perdonan -supuestamente- todo a su dueño.

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Conocí a una persona así: en sus momentos más aciagos adoraba a su gata (tal vez era un macho castrado) pero precisamente porque su mascota era indiferente con ella y la despreciaba con constancia insobornable.

Eso ella lo podía soportar, a pesar de que era su mascota.

Lo que no podía soportar era a una persona con fidelidad perruna a su lado.

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En uno de mis cuadernos acabo de encontrarme con una línea de la que ya no recuerdo cómo, cuándo ni por qué la apunté:

Despertar llorando, para no tener que dormir con lágrimas antiguas.

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¿Un deseo? ¿Una simple constatación de un hecho personal? ¿Un apunte para un cuento?

Poco después de encontrar esa frase en mi cuaderno, me topé con unos pensamientos de Massimo Gramellini:

«La cuerda del corazón que te permite sentir el amor está anudada al dolor; si la cortas para no sufrir tampoco sientes el amor. El coraje de un adulto es volver a anudar esa cuerda aun a riesgo de sufrir.»

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(Como si ya no lo hubiera sabido mi abuela, pensé.

O los brasileños. Esos expertos en los subibajas del aparato emocional.

No hay carnaval -grandes júbilos- sin penas anteriores.

Como no puede haber grandes penas sin haber cabalgado antes grandes risas.)

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En mi cuaderno encontré también un relato en el que un hombre que anda buscando cierta calma espiritual (en verdad no sabe todavía lo que busca: solo tiene la urgencia de esa búsqueda), se da cuenta de que ha llegado a uno de los escenarios de su infancia.

En esa zona de su ciudad estaba lo que los niños de su colegio conocían como der Berg (‘la montaña’ en alemán).

Una elevación de apenas dos o menos metros de altura que despertaba grandes fantasías en sus mentes infantiles.

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El hombre se encuentra con que el Berg ya no está.

Ha desaparecido y ahora su lugar lo ocupa una zona urbana mixta, con más negocios que viviendas.

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Intrigado porque su deficiente orientación no le permite ubicar el lugar exacto de la montaña de las aventuras de su infancia, empieza a preguntar a los vecinos de la zona.

Pero no encuentra a nadie que se acuerde del Berg.

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Los años pasan y una mujer en busca de paz espiritual detiene su vehículo porque ha estado a punto de atropellar a un ser desharrapado que vive en la calle y se dedica a hacer preguntas a los pasantes.

Primero siente repudio y miedo, y no se atreve a bajar de su automóvil.

Cuando el hombre se aleja, se baja a indagar y a preguntar a los vecinos y se entera de que es alguien que llegó a ese barrio preguntando por una montaña de su niñez.

Los niños lo conocen como el señor Berg. Es inofensivo, le aseguran.

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En mi cuaderno me encuentro con otra frase:

Lo peor y lo mejor de la infancia es que es irrepetible y nadie puede devolvértela jamás.

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Imagínate empezar perdiéndote por unas calles buscando una ‘montaña’ (una amistad, una casa, una esquina, un recuerdo, un amor perdido) de tu niñez o pasado y no regresar jamás de esa búsqueda porque te has quedado encerrado en un mundo aparte.

Como dando vueltas en un lazo o recodo del tiempo.

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Tal vez así empiezan ciertos casos de demencia:

El afectado se queda encerrado en una búsqueda (felicidad, tranquilidad, una montaña, un amor, dinero, ciertas riquezas, simple paz), como en un laberinto sin salida.

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Estar rayado, como un disco que no puede salir de cierto fragmento de una canción, es justamente la expresión popular para la locura en mi país.

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¿Abrirá esta gravísima crisis europea las compuertas a una gran marea de locuras personales?, me pregunto desde este pueblucho semirrural de las afueras de Colonia.

(¿No son locuras bipersonales todo matrimonio o pareja, y demencia multitudinaria toda sociedad o conjunto humano?)

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Leo que el escritor español Adolfo García Ortega vaticina un traquido social en su artículo El estallido que viene.

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Por lo menos es otro que tiene claro que una de las causas de esta crisis, a la vez que impedimento para su solución, es la Clase Política.

«Asumamos de una vez, con decisión, que la clase política es el gran problema que impide modificar la realidad en Europa. […] Han entregado a los ciudadanos a los bancos, a las instituciones financieras, a los principios inmorales de un capitalismo sin control. Y esto todos: los políticos de derecha y los políticos de izquierda. Porque, en este sentido, en la Europa en crisis, derecha e izquierda han terminado por ser parodias recíprocas. O, lo que es peor, cómplices de una vieja dramaturgia, la de su propia supervivencia.»

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Como muchos, García Ortega está convencido de que la única solución posible pasa por abrir los ojos y la mente en otras direcciones, diferentes de las que nos marca este gran supermercado llamado Europa (Costa-Gravas dixit).

«Creo que la única esperanza, la única vía de salida, radica en ir en dirección contraria a la que vamos. Eso lo saben los políticos. Y si no lo saben, que dejen de ser políticos, porque solo serán imbéciles.»

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En el mismo relato que menciono arriba, la mujer regresa agotada a su automóvil.

Cuando enciende el motor se activa la radio y escucha la introducción de saxofón de una de las canciones favoritas de su madre.

El año del gato.

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La plácida sonoridad del tema la lleva a imaginarse recorriendo ella misma las teclas del piano que había en la casa de su madre pero que nunca se había atrevido a tocar.

La mujer apaga el motor, se concentra en el texto de la canción de Al Stewart y se da cuenta de que el tema es, en cierto modo, un paralelo de su propia vida actual.

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Ella también acaba de despertar al lado de un nuevo amor inesperado.

Y ese hecho ha removido su vida de tal manera que está buscando claridad en su existencia.

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En la canción de Al Stewart, el turista despierta al día siguiente y se da cuenta de que ha pasado la noche al lado de una amante desconocida y de que su bus ha partido sin él.

Y que no le queda -por lo pronto- sino esperar.

Entre otras cosas porque se encuentra en el año del gato y quiere saber qué le espera en él.

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El hecho es que la mujer sabe que el año del gato no existe.

Por lo menos no en el calendario chino. (En el vietnamita creo que es el año sin estrés.)

Se lo había explicado su madre de niña:

El gato y el ratón habían quedado en asistir juntos a la repartición de años del zodiaco, pero el primero se había quedado dormido y el segundo no le había hecho el favor de despertarlo.

De allí la proverbial enemistad entre el gato y el ratón.

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Tal vez vivimos todos en un constante año del gato: en un año que no existe.

Y solo somos capaces de asombrarnos de nuestras existencias.

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En el relato que menciono, la mujer se despierta sobresaltada dentro de su automóvil porque se ha quedado dormida de agotamiento y alguien ha golpeado la ventanilla.

Su primer pensamiento es que se ha quedado dormida como el gato de la leyenda china y que tal vez ha perdido su puesto en algún particular zodiaco.

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Luego voltea y ve que es el hombre (el demente que sigue buscando su Berg) el que la ha despertado.

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Sin saber si encender inmediatamente el motor y huir o tratar de escuchar al hombre para no herirlo en sus sentimientos, se arropa de valor y baja un poco la ventanilla.

-¿Señor?

-Disculpe la interrupción, señora o señorita, ¿pero no sabrá usted por casualidad si hubo una vez en este barrio una montaña?

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-No -le dice la mujer-. Pero yo también estoy buscando mi montaña y aún no la encuentro.

-Es lo que todo el mundo me dice -replica el hombre, el señor Berg, antes de alejarse arrastrando los pies.

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HjorgeV 02-12-2012

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