LA NIEVE, DAVE BRUBECK Y «TAKE FIVE»

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Y la nieve apareció de la nada.

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Estaba anunciada desde hacía unos días; sí. Pero siempre es una sorpresa (aún por estas latitudes: 50ºN) despertarse, abrir la puerta o mirar por la ventana y descubrir que todo lo cubre una gruesa capa de nieve.

Hasta de unos 30 centímetros.

Había pensado que no tendría que salir de casa con lo lindo que se pone el tráfico cuando nieva como en estos días.

Pero como tenía que recoger a nuestro chicoco de ocho años de la localidad vecina, no me quedó otra opción que arroparme bien y salir a la aventura nívea.

Para empezar, patiné en la primera curva del pueblo.

Por suerte no había otros vehículos estacionados cerca. Pero me llevé un buen susto. De (peruano) principiante en la nieve. (No es cierto.)

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Siempre que me enfrento a los rigores de un invierno alemán especialmente albo, tengo que recordar mis primeros días en Colonia.

Había llegado a Alemania al final del otoño, después de dejar París, y la ropa que traía era de invierno.

De invierno, pero del limeño.

Mi vestimenta habitual de esos días: mocasines, pantalón de corduroy, camisa, chompa de lana gruesa y una casaca delgada.

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Pasaba tanto frío con las temperaturas bajo cero que una de mis pesadillas recurrentes era ser atacado con armas que disparaban balas de frío.

Para mí, material para una película de terror.

Que yo sepa, existen ese tipo de obras con insectos que lo invaden todo, peces (pirañas y tiburones) y aves (Hitchcock) que atacan, además de las de seres terrestres, extraterrestres y zombis.

Pero hasta ahora ninguna dedicada al frío. ¿O yerro?

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Que lo sufrido también se olvida, me lo demostré dos veces esta semana: entrenando a casi cero grados de temperatura, con lluvia y viento.

Como soy el entrenador, sufrí más que mis muchachos porque ellos por lo menos se mantenían calientes con el movimiento constante.

Pasé más frío que ellos porque tenía que mojarme los chimpunes (zapatos de fútbol en peruano) y los guantes cuando tenía que recoger la pelota de los charcos formados alrededor de la cancha.

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(Ahora estoy en casa, frente a un escritorio. Hogar, dulce hogar.

Sin embargo, el solo pensar en lo que pasé esas dos últimas veces, me ha hecho tiritar.)

Cambio el disco.

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Los caminos del jazz son como los de la genealogía humana, quiero imaginarme.

Hay más o menos un grupo de raíces africanas definidas (el ragtime, el blues, los ‘espirituales’), un claro lugar de nacimiento (EEUU) y luego claras ramas evolutivas que se han ido esparciendo por todo el mundo.

Pero también cruces, mezclas, eslabones perdidos y experimentos sin salida.

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El jazz moderno, por eso, lo veo como ese experimento de la naturaleza llamado Homo Sapiens.

Con todo lo bueno y malo que eso puede significar.

Y con la gran diferencia de que nuestra especie está demostrando cada vez más no ser sino un experimento fallido.

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Acabo de leer el obituario de Dave Brubeck en un diario alemán.

Su cuarteto se hizo conocido en la década de los cincuenta, la del cool jazz.

Brubeck es falsamente tomado por muchos como el autor de Take five, el tema que hizo aún más famoso a su cuarteto, The Dave Brubeck Quartet; perdonen la redundancia nominal.

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Hay que imaginarse a uno de los músicos más importantes de la historia del jazz y, por lo tanto, de la historia de la música en general.

Y famoso por los complejos ritmos que utilizaba: 5/4, 7/4, 13/4, 9/8.

Pero que no sabía leer una partitura.

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Y eso a pesar de que su madre, directora de coro y frustrada concertista de piano formada en Inglaterra, le había enseñado a tocar su instrumento y Brubeck había pasado por un par de escuelas de música.

En una de ellas, justamente, uno de los profesores descubrió que solo tocaba de oído sin leer lo que estaba escrito en los pentagramas y pidió que lo expulsaran.

Su talento en los contrapuntos y las armonías lo salvó.

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Antes lo habían ‘expulsado’ del instituto de medicina veterinaria vecino, donde pretendía seguir la estela ganadera paterna:

Que no perdiera el tiempo allí ni se lo hicieran perder a ellos, le dijo un profesor.

Que se veía que sus ojos, sus oídos y su mente estaban puestos en la escuela de música al otro lado de la calle.

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«Por fin empiezo a entenderme», dijo hace diez años. «Pero hubiera sido fabuloso entenderme cuando tenía veinte y no ahora recién a los 82.»

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Érase un pueblucho ganadero californiano en el que un muchacho que deseaba ser músico soñaba con que las vacas consiguieran detener el bus de su ídolo Benny Goodman que acostumbraba a pasar por ahí.

Y poder tocar para él.

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Ese mismo joven creó después The Dave Brubeck Quartet en 1951 y consiguió hacer popular el jazz en los colegios y universidades.

Con giras por todo su país y discos con títulos como Jazz Goes to College y Jazz Goes to Junior College.

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La década la había marcado Miles Davis con un álbum cuyo título era todo un programa:

Birth of the cool, un disco publicado inicialmente por Capitol en 1954, pero que era una recopilación de temas grabados entre 1949 y 1950.

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Ese mismo año apareció el rostro de Brubeck en la portada de la mítica revista Time: el segundo músico en hacerlo después de Louis Armstrong.

Tal era su fama ya: en los tiempos en que el rock & roll no le había ganado aún la mano al jazz como género favorito entre los jóvenes usamericanos.

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Se terminaba la década (1959) cuando el cuarteto de Brubeck lanzó al mercado una arriesgada apuesta musical.

Time out.

Un álbum de composiciones originales en compases inusuales como 9/8 y 5/4. Solo un tema respondía al clásico 4/4.

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Time out, entendido como un simple experimento del sello editor, recibió inicialmente acres críticas.

Pero después se convirtió en el primer álbum de jazz en vender un millón de copias.

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Se lo debió principalmente a Take five, una composición de su modesto saxofonista, Paul Desmond (San Francisco, 1924 – Nueva York, 1977):

«No soy más que el saxofonista en el cuarteto de Dave Brubeck, al que me uní terminada la Guerra de Corea. Pueden reconocerme con facilidad porque, cuando no toco, lo que sorprendentemente ocurre a menudo, aún sigo allí apoyado en el piano.»

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(Consecuente con su humildad, antes de morir sin llegar a cumplir los 53, Desmond donó sus pertenencias y las regalías de Take five a la Cruz Roja.

Para su último concierto el año de su muerte, se presentó con su antiguo cuarteto brubeckiano en Nueva York, sin que sus admiradores supieran que ya se encontraba muy enfermo.)

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Así, el tema más famoso del cuarteto de Brubeck y uno de los más importantes de la historia del jazz, es/fue obra de Desmond, uno de sus integrantes, y no del mismo Brubeck.

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Un detalle interesante antes de terminar.

En una gira por diversas universidades de su país, las autoridades académicas le exigieron a Brubeck que reemplazara a su bajista -afroamericano- Eugene Wright por uno anglosajón.

Brubeck les dijo no.

Que podían depositar su dinero en un lugar que debían conocer por el trozo de papel que se pasaban a diario por él.

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HjorgeV 07-12-2012

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Fuentes:

http://es.wikipedia.org/wiki/Dave_Brubeck

http://en.wikipedia.org/wiki/Dave_Brubeck

http://www.zeit.de/kultur/musik/2012-12/dave-brubeck-nachruf

http://www.herencialatina.com/Benny_More_Walter/Benny_More.htm

http://cultura.elpais.com/cultura/2012/12/05/actualidad/1354728794_695720.html

http://centros4.pntic.mec.es/ies.melchor.de.macanaz/Departamentos/Musica/Historiadeljazz.htm

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