«MAQUILLAJES» (RELATO)

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No se habían visto en años. Tal vez veinte.

Era sábado. Él había salido del gimnasio dispuesto a no perderse el suplemento sabatino del diario y había llegado hasta el centro de la ciudad para comprarlo. Ella se había arreglado para salir de compras y sus pasos se habían cruzado cerca de la estación central.

Él la encontró deslumbrante -como entonces- a pesar de los años pasados; salvo quizás por algunos mínimos detalles: esos inevitables e irremediables pero diferentes en cada persona y sin los cuales no tendrían sentido las cronologías ni los cumpleaños.

Ella se asombró de encontrarlo tan viejo ya, con esa pátina de lo pasado e irreversible, aunque común a la gente de su edad.

No se lo dijo, claro, tan cruel no era ella.

Pero él lo leyó perfectamente en sus ojos. E inmediatamente se avergonzó de no haberse arreglado mejor el cabello al salir esa mañana, de no haber disimulado por lo menos esas terribles canas que le aumentaban tanta edad a veces.

Con todo, ella fue verdaderamente amable y en esos pocos minutos casuales compartiendo un café, consiguió hacerlo sentirse como veinte años atrás, cuando las fuerzas, las ganas y los deseos alcanzaban para todo y para mucho más.

Pero en ese entonces todo lo demás había estado en contra de los dos y no les había quedado más remedio que resignarse con soñar un par de veces juntos.

Él revivió esa sensación de estar dinámicamente equilibrado sobre una gran ola, dominando el paisaje de la costa desde una posición envidiable.

Ella pareció gozar con el simple hecho del casual encuentro, de volverse a ver, de compartir un momento juntos con una sonrisa.

Cuando se despidieron, él corrió a mirarse en el primer espejo que encontró. Sintió envidia, a pesar de sus principios, de los más jóvenes, porque podían depilarse las cejas sin sentirse afeminados o colocarse un nuevo arete si eso los hacía sentirse mejor o más atractivos.

¿Pero acaso no era también maquillaje lavarse la cara y los dientes, y peinarse antes de salir a la calle? ¿Quién se mostraba a propios y extraños tal como despertaba de sus sueños por las mañanas? ¿Quién salía en pijama a la calle? Él, jamás.

Se contempló en el espejo como situado -a la vez- en el pasado y en el presente, intentando abarcar solo con la mirada el testimonio del paso de dos décadas.

Ella lo había pescado en un mal día. Se preguntó si la antigua magia podía haberse dañado inútilmente para siempre entre los dos.

Empezó, por eso, a cuidar su aspecto y a ir más seguido al gimnasio, a sonreírle a cualquiera, a ponerle más emoción y alegría a las cosas. La había vuelto a encontrar (brillante, como entonces, con sus ojos y su rostro de líneas tan perfectas) y, como esa vez imposible, ella le había contagiado su entusiasmo, sus ganas de vivir, esa posibilidad de subirse a las olas.

Mas no la volvió a ver.

Ella, por su parte, lo había encontrado viejo y cambiado, descuidado en cierta forma; era cierto.

Pero ahora se arrepentía de habérselo hecho notar con su simple mirada.

Recordó los bonitos días de ilusión pasados a su lado. ¿Cómo podía haber sido tan cruel con él? ¿Cómo podía ser la vida, en general, tan cruel? ¿O simplemente no lo era y solo eran crueles nuestros ojos?

¿O era nuestra inocencia la atroz, la de creer que el tiempo podía pasar sin huella por un conjunto de tejidos y sistemas que al final se deterioraba en cuestión de apenas días o semanas y terminaba formando parte orgánica de otros seres y descompuesto en simples elementos químicos?

Volvió ella a casa con la sensación de haber resquebrajado algo muy endeble y fino en la estructura del universo.

No tendría que haberse burlado de su aspecto -del de él- ni de su edad, aunque solo fuera con la mirada.

Revivió su dolor, el de él : ese pesar tan absurdo, y plegaria a la vez, por no haber podido hacer nada contra el paso del tiempo, como si el reloj de la vida pudiera rendirse ante las exigencias o ruegos de las personas.

Abrió la puerta y corrió al cuarto de baño, presurosa, con las lágrimas ya cubriendo sus mejillas y destrozando su trabajo cosmético de horas sobre su rostro, dispuesta a desnudarse toda, limpiarse la cara y plantarse frente al espejo tal como era. 

Dispuesta a mirarse a sí misma cruelmente, con los mismos ojos críticos que había tenido para él, ojos que tal vez el continuo y arduo maquillaje diario ya había arruinado para siempre.

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HjorgeV

Colonia, 15-03-2013

One thought on “«MAQUILLAJES» (RELATO)

  1. Hola Jorge, hace unos años esta historia no hubiera tenido sentido, pero ya me pasa que me encuentro con alguna persona luego de muchos años, no 20, pero sí 15. Es curioso cómo algunos cambian mucho físicamente y otros no. Es como volverse a reconocer. Quisiera entender mejor por qué ella se ha quedado dolida.

    Hola, Danielo. Ella se ha quedado dolida porque lo ha herido con su mirada, gran arma de doble filo: pues cuando se usa contra uno mismo puede ser más ‘asesina’, letal, que usada hacia/contra los demás. Justamente el final del relatillo. Obviamente, no me salió como quería. Saludos desde el deshielo alemán y gracias por tu mensaje. HjV

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