UNA PERCEPCIÓN FALLIDA INCESANTE

Estaba pensando en que como todo negocio es, de salida, un riesgo y, por lo tanto, encierra un misterio.

Entonces tal vez la historia de la humanidad desde la aparición del dinero podría leerse como una gran novela negra.

Habría que imaginarse la historia del mundo como un relato pululante, creciente, divergiendo incesantemente en ramas y nuevos brotes, al modo de la vegetación selvática cuando llueve.

Así, la historia de los grandes ‘triunfadores’ (Balzac decía que detrás de cada fortuna se esconde un crimen: ahora sabemos que pueden ser muchos más) se podría ver como un Gran Manual de la Trampa.

Estaba pensando en todo esto a propósito del final de mi novela.

¿La he terminado?

(Una obra de arte nunca se termina, solo se abandona, decía Leonardo Da Vinci. Música para mis oídos; suponiendo, claro, que hay algo de arte en la mía.)

Me había propuesto hacer la corrección final en un tiempo determinado.

Diez páginas por día, me dije.

He cumplido casi a rajatabla.

Primera conclusión: sigue siendo demasiado larga. Seiscientas páginas. Tal vez las querría leer mi abuela, muy temprano fallecida.

Para no convertir la corrección en una tortura, decidí postergar la decisión de recortar drásticamente el número de páginas y fijarme solo en los errores de bulto.

Es fácil hallar errores en los demás.

No solo en sus textos.

El problema es hallarlos en nosotros mismos. Reconocerlos.

Un ejemplo.

Me topé en uno de mis estantes con una novela de Peter Elmore (Lima, 1960).

Enigma de los cuerpos es de 1995.

(Cuando era adolescente y mi madre cantaba Que veinte años no es nada -la frase más célebre del tango Volver– me parecía toda una ofensa.)

Es la tercera o cuarta vez que he vuelto a empezarla.

Me obstino en leerla porque soy consciente de que hay que saber perseverar con la lectura.

Cuántas magníficas obras me debo haber perdido por haberme rendido en las primeras páginas. O por no haber encontrado el tono adecuado de lectura.

(Es necesario hallarlo como se busca el tono adecuado al hablar o escribir.)

Un error de bulto masacró mi primer intento de lectura de la novela de Elmore.

Detallo.

Un vendedor ambulante empuja su carretilla en la oscura madrugada limeña. Transcribo:

Fue al voltear la esquina de Malambo que chocó con un bulto grueso, el foco del poste se había quemado y no podía ver bien. Dos veces intentó pasar encima del estorbo, sin éxito. No era una piedra, se sentía más bien como un caucho.

Luego resulta que el bulto es una maleta.

¿Cómo se puede confundir una maleta con una piedra o estorbo menor aunque esté tan oscuro? Yendo más lejos: ¿se podría confundir una maleta con un muro?

Y, para mayor escarnio, la maleta contiene «el tronco ensangrentado de un hombre».

Obviamente el autor no solo nunca empujó una carretilla (ni se pudo imaginar haciéndolo), tampoco hizo una maleta jamás.

¡Un tronco humano dentro de una maleta!

¿Por qué no mejor un elefante en un Volkswagen?

Bueno, tal vez exagero y sé que hay maletas grandes, pero por ese error, que para mí es de bulto, dejé de leer la novela la primera vez. Las dos veces siguientes me aburrió cierto sabor -paterno- a Mario Vargas.

(Por lo menos ya nadie -creo- copia a Gabriel García. La otra gran tragedia.) (Y es que también es un problema tener padres tan fuertes.)

Esta vez, sin embargo, he conseguido avanzar con Enigma de los cuerpos. Entre otras cosas, por nostalgia.

Hay una Lima de mis recuerdos que me envía guiños y postales por las páginas de la novela.

Y, aunque también se nota la inmensa paternidad de Mario Vargas, Elmore se esfuerza por buscar su propio registro, sus propios errores en el camino.

Las vías secundarias que va abriendo mientras busca la luz en el horizonte: consciente o no de que hay que experimentar y errar para poder avanzar.

Escribir no es tarea fácil.

Cuando se vuelve vicio puede ser peor.

Entonces se escriben cientos de páginas que al momento de escribirlas nos parecen brillantes y luego solo pasto para el fuego.

Tal vez escribir es como mirarse en el espejo.

Y hay quien termina rompiéndolo porque no soporta lo que ve.

O tal vez podría compararse con cazar una mosca reflejada en el espejo.

Escribir serían entonces los movimientos que hacemos para cazar la imagen de la mosca, desconociendo que solo es su reflejo.

O sea, como la vida misma: una percepción fallida incesante.

.

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HjV 10-06-2013

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