ABURBUJADOS: «TRANCE» (Película)

Empecé a ver el avance de Trance, el último trabajo de Danny Boyle, y ya, desde el comienzo, la música -y el ambiente que esta creaba- me desconcertó.

¿Había entrado, por equivocación, a la zona chill out de la producción?

¿No se trataba de un thriller?

¿O se había filtrado a mis auriculares el sonido de uno de esos videos comerciales torturadores que últimamente suelen interrumpir tu lectura de algún medio digital gratuito? (Todo se paga.)

Una de las grandes características del cine es la importancia que tiene y se le da a la música, al sonido en general. 

La Academia lo premia. No es casual. (Incluso en el cine mudo, la música acompañante era primordial.)

Todo el sonido de una película es parte básica y fundamental de ella. Como los pulmones o el cerebro de una persona.

Es tan fundamental que, fuera de la película, de su corpus, la banda sonora de una obra cinematográfica puede llegar a adquirir vida y fama propias.

Por otro lado, las actuaciones bastante flojas y por partes nada creíbles de los actores de Trance, además de una clara inclinación exhibicionista del director británico por la tortura y un pésimo maquillaje sanguíneo, me impidieron terminar los poco más de ¡dos minutos! de extensión del avance.

No digo bostezos. Descomunal decepción.

El género negro, como decía Chandler, es el género del mundo profesional del crimen. 

¿Cómo tomarse en serio, en plena Era Gran Hermano, que los asaltantes que irrumpen en una subasta de una importante ‘casa de arte’ vayan con el rostro descubierto?

Y eso en Londres, la capital mundial de la vigilancia.

La ciudad en la que 40.000 cámaras de ‘seguridad’ graban 300 veces al día -como se dice– a cada londinense, cámaras que a veces solo sirven para que un policía termine persiguiéndose a sí mismo.

(Lo de las cámaras es un tema aparte. No han aumentado la seguridad que prometía su instalación. Pero ese es otro tema, como digo.)

No sé, por supuesto, si Boyle consigue la coherencia y la tensión necesarias, irrenunciables e inherentes a cualquier obra del género negro.

Que sabe gastar millones en efectos, diseños, parafernalis y ejércitos de comparsas lo demostró como diseñador y coordinador de los Juegos Olímpicos de Londres del año pasado.

Sospecho, por el contrario, que Goya, las referencias al cine fantástico y al hipnotismo de Trance solo son meros ganchos publicitarios.

Este trance del cine comercial (aquí la definición de la palabra) me hace recordar el rumbo del comercio mundial actual, o sea, el rumbo global de la humanidad vista como un gran ente consumista:

Ingentes recursos y tamaña publicidad para productos vacuos, inflados, llenos de nada. Directores que venden su fama solo para blindar sus cuentas bancarias. O, simplemente, jugar. 

Productos burbuja de comerciantes burbuja, de una industria burbuja para un mercado burbuja.

El cine no podía ser una excepción.

Lamentablemente, también con la gran complicidad de un público cada vez más aburbujado en muchos sentidos.

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HjV 14-06-2013

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