MICHAEL CONNELLY: «CIUDAD DE HUESOS» (Novela negra)

¿Un gran boxeador que todavía se hace en los pantalones?

¿Una bella desnudista a la que le faltan uno o dos dientes?

Algo así me pasó con Una tumba acogedora, la novela de Michael Koryta que terminé hace pocos días.

Lo recuerdo ahora que mi hijo de doce años me anuncia que tengo que llevarlo al dentista y me hace, de paso, una recomendación.

-Lleva un libro.

Porque esta vez la sesión durará más de una hora y tendré que pasármela en la sala de espera del dentista.

Así que tomo al vuelo un ejemplar cualquiera del primero de los estantes a la mano y resulta ser una novela de Michael Connelly (Filadelfia, 1956), uno de mis autores favoritos.

*

Bueno, tal vez sea mejor decir: que fue uno de mis favoritos.

Pue la última novela que leí de él, Nueve dragones (2009), fue una verdadera decepción por todo lo alto: pura adrenalina barata y hueca.

Así que leo el título de la que he escogido al azar –Ciudad de huesos– y sigo mi camino con una rara sensación.

No guardo un recuerdo especialmente grato de ella.

*

Debo aclarar que me gusta releer cualquier buena novela.

Me sucede que, cuando alguna es especialmente buena, me la suelo soplar de un tirón.

Y espero un poco para poder darle una segunda lectura más tranquila.

Si es muy buena, incluso la tercera vez no deja de ser un gozo.

Porque entonces uno puede concentrarse y prestar más atención a otras cosas sin temor de perderse la trama ni los detalles pasados por alto las dos primeras veces.

*

Opino que los buenos autores se caracterizan por la cantidad de buen material que suelen desperdigar a lo largo y ancho de sus textos como migajas para pájaros hambrientos:

Piezas de exquisito lenguaje, ideas, anécdotas, trucos, curiosidades, datos e informaciones, trampas, alusiones, metáforas, reflexiones, chistes, poesía (muchas veces perfectamente escondida esta).

Como, además, un buen novelista del género negro sabe mantener también un buen pulso narrativo, el lector muchas veces pasa por alto todo ese material colateral (de lo subyugado que se dirige hacia el final).

*

Me acaba de suceder con Ciudad de huesos, novela de la que, repito, no tenía un especial recuerdo y la tenía más bien por mal lograda.

Y ahora sí, en nuestra visita al dentista, despreocupado de la trama y no teniendo nada que hacer salvo esperar que terminara el tratamiento odontológico de mi hijo, me dejé sumergir, embeber en sus páginas a lo largo de casi dos tranquilas horas.

Me di así con una historia de amor camuflada. De amor y desamor, en realidad, como las verdaderas pasiones.
(¿Existirán los amores eternos? Y, de ser así, ¿no serán aburridísimos?)

*

Y me di también con una historia de desesperanza, tal vez la que sintió Connelly escribiendo esa novela.

Por eso me asombré -y no- cuando en la penúltima página Bosch, el detective protagonista, toma una decisión que da un giro inesperado a su vida:

«Siempre había sabido que estaría perdido sin su trabajo, sin su placa y su misión. En ese momento se dio cuenta de que podía estar igualmente perdido con todo eso. De hecho podía estar perdido a causa de todo eso.
[…]
Tomó una decisión.
[…]
Se levantó y cruzó la sala de la brigada hasta el despacho de Billets. La puerta no estaba cerrada. Dejó la llave del cajón de su escritorio y la de su coche sobre el cartapacio de la teniente. Cuando no se presentara por la mañana, estaba seguro de que ella tendría curiosidad y miraría en su escritorio. Entonces comprendería que no iba a regresar. Ni a la comisaría de Hollywood ni a Robos y Homicidios. Devolvía su placa, pasaba a Código 7. Había terminado.»

Maldita sea.

No lo recordaba.

*

No había notado ese ni otros grandes detalles la primera vez, de lo concentrado que iba en la trama.

Ahora, en mi lectura tortuga, descubrí que el argumento principal (decepcionante, por lo demás, como trama criminal) es solo un pretexto, el relleno, por así decir, de la historia de amor y de la historia profesional de desesperanza.

Con todo, opino que Connelly fracasa con la primera. Lo romántico no es lo suyo. La desesperanza sí.

Las palabras no le salen o se le tuercen cuando quiere ocuparse del lado meloso del más absurdo de los sentimientos.

El pozo oscuro, en cambio, es su hábitat natural.

*

Con lo cual tendríamos dos fracasos en un solo libro.

Pero no, si los aceptamos, dejamos que sea así y nos concentramos en el resto.

Entonces aparece -por lo menos para mí- un nuevo Connelly.

Un escritor que, quiero imaginarme, tal vez rehén de sus editores (¿un libro por año estipulará su contrato?), empezó Ciudad de huesos con rutina y oficio y pronto se dio cuenta de que se había dirigido a un callejón sin salida.

*

El género negro es un género que exige consistencia, pulso, una buena infraestructura y alta verosimilitud.

Y todo eso aparte del arte del narrador: de su capacidad para encandilar a sus ‘oyentes’.

Podrás hacerle bromitas a tu abuela y ella te lo soportará, pero, ay, si te atreves a decepcionar en lo fundamental (porque tiene sus claras reglas) a un lector del género negro.

*

Los políticos, por eso, y para permitirme un chiste, no podrían con la novela negra.

Por lo menos no con frases como esta de Rajoy:

«Todo lo que se refiere a mí y a mis compañeros de partido no es cierto. Salvo alguna cosa que es lo que han publicado algunos medios de comunicación. Dicho de otra manera, es total y absolutamente falso.»

O sea: sí pero no.

Y la frase no es un invento mío. Ni de Cantinflas.

*

¿Fue deliberado el empeño errático de Connelly?

Quiero decir, ¿fue consciente de que se le escapaba y empantanaba la trama (como les suele suceder a las investigaciones criminales en la vida real) y, sin importarle y a pesar de todo, siguió escribiendo hasta llegar a esa rara joya que es Ciudad de huesos?

¿O, por el contrario, tal vez la considera o sigue considerando una de sus peores novelas?

*

Se me viene a la mente una frase de Fernando Pessoa:

«Sólo hay dos tipos de constante disposición con los que la vida merece ser vivida: con la noble alegría de una religión o con el noble dolor de haberla perdido.»

Quiero imaginarme que con ese noble dolor (el de haber perdido una trama criminal a cambio de salvar su escritura) terminó de escribir Connelly su ciudad ósea.

No por nada -pienso ahora-, su detective Bosch se rinde al final de la novela, que, por suerte, no es el de su vida. Ni todavía el de la serie.
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HjV 12-07-2013

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