GROUCHO MAR(X)LOWE

Leí hace poco el siguiente comentario en la bitácora de novela negra de El Maíz (por lo amarillo que se ha vuelto), supongo que hecho por una lectora:

«Un poquito chulito y algo machista, pero encantador.»

Se refería a Philip Marlowe, el detective privado creado por Raymond Chandler. Tal vez concretamente al siguiente diálogo de su novela La dama del lago:

-No me gustan sus modales, señor Marlowe -dijo Kingsley con una voz que, por sí sola, habría podido partir una nuez de Brasil.

-No se preocupe por eso, no los vendo.

La frase me hizo recordar automáticamente una de Groucho Marx:

«Estos son mis principios. Si no le gustan… tengo otros.»

Porque de haberse referido el tal Kingsley a los principios (y no a los modales de Marlowe) habríamos tenido -aparentemente, por lo menos- dos posiciones contrapuestas.

Mientras que uno (Marlowe/Chandler) sabe que sus principios pueden incomodar a otros y no le preocupa.

El otro (Groucho), en realidad, caricaturiza a todos aquellos que se pasan la vida amoldándose al gusto y dictado de los demás.

Por otro lado, se ‘acusa’ a Marlowe/Chandler de machista.

¿Podía haber sido muy diferente de los individuos de una sociedad que sigue dedicándose a procrearlos, multiplicarlos, formarlos y educarlos así?

Quiero creer que Chandler, sin embargo, también veía a la mujer como una víctima/producto de esa misma sociedad machista.

Recuerdo una escena de El sueño eterno en la que Marlowe le pregunta a una mujer si le ha hecho daño en la cabeza sin querer:

«Usted y todos los hombres con los que me he tropezado», contesta ella.

Quiero anotar también un detalle.

Marlowe, el sentimental detective experto en decepciones, fue obra de alguien que se había casado con una mujer casi veinte años mayor que él y que, cuando esta murió, se lanzó al tobogán final con una botella de whisky bajo el brazo y la depresión al lado.

(Fue peor, en cierto modo: al final quiso matarse con una pistola y no supo accionar el gatillo.)

Groucho, por su parte, bajo su apariencia de querer agradar a todo el mundo (¿qué sería de un humorista si no fuera esa su meta?) era, en realidad, también un misántropo como Chandler.

Quiero decir que el más lúcido de los Marx también detestaba al mono humano.

Pero (su suerte, por suerte) era que podía tomárselo con humor y podía hacer más humor de la cara de la moneda que le había tocado.

Creo que habría que homenajearle más al gran Raymond también su particular humor. Algo que, personalmente, aprecio más que su mirada profunda a la corrupción, su retrato social y sus personajes.

Un humor muy particular y sutil, tan valioso en sus obras como su gran melancolía.

Porque técnica y estructuralmente sus novelas no serán el dechado de arquitectura novelística que hoy tantos escritores vendedores parecen dominar aunque sin mayor profundidad y como un fin en sí mismo (Chandler mismo lo reconocía: «No se puede escribir el relato policial perfecto. El tipo de mente que puede concebir el misterio perfecto, no es el tipo de mente que puede producir el trabajo artístico de escribirlo»), pero, en cambio, sí dejó muchos grandes ejemplos de su trabajo artístico.

Baste el siguiente de Adiós, muñeca, que hasta traducido suena poético: 

«Necesitaba un trago, necesitaba un buen seguro de vida, necesitaba vacaciones, necesitaba una casa en el campo. Lo que tenía era un abrigo, un sombrero y una pistola. Me los puse y salí de la habitación.»

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HjorgeV 22-07-2013

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