LOS HIJOS DEL TERCER REICH

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En los largos años que llevo en Alemania, siempre me ha llamado la atención cierta casi absoluta ausencia de vestigios de un pasado relativamente reciente: el del Tercer Reich, la época nazi.

Y no me refiero solo a los vestigios materiales.

(Hoy se celebran conciertos al aire libre por toda Alemania en los Thingstätte construidos entre 1933 y 1936, pero muy pocos saben que fueron obra de los nazis. Y no son los únicos ejemplos.)

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Acá en Colonia se originó a finales del siglo pasado un proyecto para recordar a las víctimas de las deportaciones nazis.

La idea del artista berlinés Gunter Demnig era poner una Stolperstein (stolpern es tropezar y Stein es piedra) frente a las viviendas que ocupaban al momento de ser detenidas.

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Es bueno recordarlo ahora que vuelve a estar de moda la gitanofobia no solo en Alemania.

Y ahora, también, que Suecia acaba de admitir -valientemente- que «la situación que viven los gitanos hoy tiene que ver con la discriminación histórica a la que han estado sometidos».

Más aún, Suecia reconoce que durante un siglo sus gobiernos marginaron y esterilizaron sistemáticamente al pueblo gitano.

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El uso populista de la gitanofobia no es nuevo.

Recurrió a ella como medio de agitación y propaganda Hitler, entre otros (muchos más).

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En 1990, a dos años del quincuagésimo aniversario de la deportación de un millar de Roma y Sinti coloneses, Demnig empezó a fraguar la idea de una conmemoración artística.

En ese entonces se discutía el permiso de permanencia en el país de los Roma que habían llegado como refugiados de la guerra de los Balcanes.

La deportación de ese primer millar de gitanos europeos tenía un significado especial: había sido el ensayo general para la posterior y masiva deportación de judíos.

¿Deportación, he escrito?

Envío o expulsión a la muerte, sería una mejor expresión.

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Vernichtung durch Arbeit era el nombre oficial de la suerte que corrían esos ‘deportados’: 

Eliminación a través del trabajo.

Lo de ‘trabajo’ era un eufemismo. Tan cruel como aquel “El trabajo libera” que adornaba la entrada de Auschwitz.

La simple eliminación (la llamada solución final) era el objetivo de fondo.

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Lo acaba de demostrar en el caso de Treblinka el trabajo de un equipo de arqueólogos británicos dirigidos por la arqueóloga forense Caroline Sturdy Colls.

El campo de concentración de Treblinka existió, no fue un invento de los sobrevivientes de los asesinos nazis.

En esa cobarde fábrica de la muerte fueron asesinados a mansalva entre 700.000 y 900.000 judíos y un número indeterminado de gitanos.

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Inicialmente Demnig se dedicó a recorrer Colonia marcando los lugares por donde habían sido conducidos los Sinti y Roma en su deportación.

El 16 de diciembre de 1992 (quincuagésimo aniversario del decreto de Himmler que ordenaba la deportación de los gitanos) Demnig plantó -por así decir- la primera piedra delante del municipio histórico de Colonia.

Stolpersteine (‘piedras con las que se puede tropezar’) se convirtió así en todo un proyecto que abarca hoy 45.000 adoquines de piedra en Alemania y 17 países más.

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Preguntarle a un alemán por el pasado nazi de su país es ponerlo en apuros.

Muchos reaccionan agresivamente.

La mayoría con cierta indiferencia, fingida o no. 

Me atrevería a decir que hay una cierta facilidad -seria y a la vez mundana- de esquivar el tema.

Tal vez porque en el instinto colectivo debe estar muy presente una gran obviedad: no podía haber tantos inocentes.

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En Colonia, por ejemplo, en las primeras elecciones legislativas realizadas con Hitler ya en el poder, el Partido Nacional-Socialista Obrero  Alemán alcanzó el 33,1 por ciento de los votos (frente al 43,9 del promedio nacional).

Los dirigentes nazis reaccionaron de inmediato y empezaron a copar los medios de comunicación y a desarrollar toda una campaña proselitista que los llevó a un 78,7 en las elecciones presidenciales solo un año después.

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Unos 22.000 judíos vivían en Colonia hacia 1933.

Apenas unos 50 de ellos consiguieron sobrevivir en la clandestinidad en su propia ciudad hasta el final de la guerra.

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Un mal tan grande solo pudo haber sido hecho con la ayuda y el consenso -explícito o no- de una gran mayoría.

De una forma masiva y, a la vez, lo más sutil posible. Como el fenómeno de la gitanofobia.

Solo así es posible cometer los más atroces crímenes y no creerse responsable o partícipe de ellos.

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HjorgeV 03-04-2014

One thought on “LOS HIJOS DEL TERCER REICH

  1. A mí me parece comprensible que, ante la pregunta por el nazismo, la gente reaccione con agresividad, indiferencia y algunos, me consta, con vergüenza. No debe de ser fácil vivir con la certeza (ni siquiera con la duda) de que tus padres o tus entrañables abuelitos hicieron la vista gorda ante la persecución a los judíos, o aún peor, boicotearon sus negocios, los entregaron a las autoridades o se apropiaron de sus casas. (En España nadie se avergüenza del pasado franquista de sus abuelos: todos somos nietos de republicanos).
    No obstante, y corrígeme si me equivoco, me parece que, por lo menos hasta ahora, los diferentes gobiernos han sido sinceros al pedir perdón de manera pública, y al intentar erradicar cualquier amago negacionista o de apología del nazismo.
    Un saludo.

    Hola, Gran Niño Vampiro. Lo que dices es cierto. El esfuerzo oficial o estatal es encomiable. Algo que se traduce en leyes poco permisibles. Se podría hacer más. Mi dificultad es la siguiente: nadie elige donde nacer. De modo que nacer rico y anglosajón (o pobre y africano) es una cuestión de simple lotería. Y, así como no se eligen los padres, menos se pueden elegir los abuelos. ¿De qué avergonzarse entonces? Saludos por España. HjV

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