EL MACONDO DE LOS VIVOS

LEBE WOHL, MARQUEZ!

Adiós, Márquez.

Acá en Alemania, además de muy admirado, es simplemente Marquez, sin la tilde muchas veces.

Así como otro García es, simplemente, Lorca.

Puede deberse a que los alemanes parten de que si una persona tiene tres nombres, el último tiene que ser el apellido.

(En este país solo se usa uno. No existe -se pierde- el materno.)

O tal vez la influencia viene de la misma España, donde, por haber tantos González, por ejemplo, uno de sus presidentes fue y sigue siendo más conocido por su apellido materno: Zapatero.

(¿Y si su segundo apellido hubiera sido Fernández?)

Leí Cien años de soledad cuando Adán todavía no había probado la manzana de Eva. En los albores de la humanidad, por así decir.

Para mí fue el libro desalmado de la selva, de la jungla. Lleno de situaciones fantásticas, lluvias eternas y personajes capaces de reemplazar a todos los de la Biblia juntos.

Un libro contado con un lenguaje tan desmesurado como la flora y la fauna selváticas con las que yo acababa de convivir ese año: en una estadía de casi tres meses en un bosquejo o rastro de ciudad de la selva peruana llamado Pucallpa.

(Tal vez me perseguía la influencia febril de la vegetación pululante.) (La selva es un universo aparte, como una novela de García.) 

Voy a ser irreverente.

Con El coronel no tiene quien le escriba tuve problemas desde el primer párrafo:

«y con un cuchillo raspó el interior del tarro sobre la olla hasta cuando se desprendieron las últimas raspaduras del polvo de café revueltas con óxido de lata.»

Ese «hasta cuando» me sigue desconcertando. Mi oído me exige un simple «hasta que».

(Hay también un «desde cuando terminó la última guerra civil» en el siguiente párrafo.)

El otoño del patriarca me apabulló luego.

La desmesura narrativa se había vuelto poética y más bíblica aún:

Épica como un Libro de la Creación, pero a partir del caos de un mundo arrasado; un corazón ardiente relatando la atmósfera de la batalla recién concluida; el testimonio del que baja a la Tierra después del apocalipsis ordenado por los dioses como castigo.

Este es el genial comienzo:

«Durante el fin de semana los gallinazos se metieron por los balcones de la casa presidencial, destrozaron a picotazos las mallas de alambre de las ventanas y removieron con sus alas el tiempo estancado en el interior, y en la madrugada del lunes la ciudad despertó de su letargo de siglos con una tibia y tierna brisa de muerto grande y de podrida grandeza.»

(Me sigue asombrando el «vimos el galpón en penumbra donde estuvieron las oficinas civiles» de ese mismo primer párrafo. Mi oído plumífero -por respeto a los diferentes planos temporales- me exige: «donde habían estado».)

Personalmente, además de Cien años, es solo con sus memorias y anécdotas de su vida contadas por otros (incluido el puñetazo -documentado- que le zampó Vargas por meterse con su esposa: un innoble gesto de Nobel a Nobel) con lo que me quedo en el momento de su muerte.

El retrato de un joven Gabo -feliz e indocumentado- en París, por ejemplo, revolviéndose de frío e impaciencia en su cuartucho del Hotel de Flandre mientras espera el giro que le permitirá comer.

Se lo contó a su amigo Plinio Apuleyo Mendoza en El olor de la guayaba:

«El punto de partida de “El coronel no tiene quien le escriba” es la imagen de un hombreesperando una lancha en el mercado de Barranquilla. La esperaba con una especie de silenciosa zozobra. Años después yo me encontré en París esperando una carta, quizás un giro, con la misma angustia, me identifiqué con el recuerdo de aquel hombre.»

O los largos meses en México, mientras prepara -al borde de la capitulación- la novela que marcó y definió el boom -por antonomasia-, con su esposa al otro lado de La Cueva de la Mafia impidiendo que se rinda.

En mi memoria, los textos de García son vegetación selvática pululante, palabras que no se pueden estar quietas y tienen que estar reproduciéndose para soportar el encierro de papel.

Grandes duendes contadores de historias que caminan entre sus páginas, exacerbando aún más los relatos y poniéndolos a hervir, de ser necesario, para arrancarles aún más simbolismo.

Y una gran voz por encima de todo, dominando las tramas menores y mayores, las alquimias, las guerras, los personajes y las cosas imposibles, de fábula.

Una voz por encima, incluso, de sus mariposas amarillas.

La que le presta al conjunto desmesurado el orden que necesita un mundo para poder reconocerse como tal y llamarse así, y dejar de ser un simple infierno hediondo. 

Esa voz acaba de despedirse del Macondo de los vivos.

Tal vez se ha ido a conocer el hielo de los dioses.

.

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HjorgeV 18-04-2004

One thought on “EL MACONDO DE LOS VIVOS

  1. Ese «hasta cuando» me sigue desconcertando. Mi oído me exige un simple «hasta que».
    Tal vez porque incluso después de despegar los restos seguía raspando, quizás para describir un estado absorto, enajenado, o para describir la rabia. Ya no podremos preguntárselo.

    Hola, Mar: No digo que sea incorrecto. Simplemente que a mí no me suena esa combinación en ese caso. Seguramente en Colombia es usual. Gracias mil por tu comentario. Que estés bien. Saludos desde Alemania. HjV

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