JOE HENDERSON: «TRES PALABRAS» (Osvaldo Farrés)

Primer tema del álbum grabado en octubre de 1973 en Berkeley y publicado dos años más tarde por Milestone.

Canyon Lady fue uno de los más peculiares trabajos de fusión del saxofonista afroamericano Joe Henderson (Lima, Ohio, 1937 – San Francisco, 2001).

Henderson toma este bolero del legendario Osvaldo Farrés (el autor de Toda una vida y Quizás, quizás, quizás) como referencia melódica para su particular aventura musical e inicio del álbum.

Pura inspiración y entrega total en cada nota.

El arreglo fue del trompetista Luis Gasca, hijo de guanajuatenses emigrados a EEUU -debo suponer-; de allí la percusión y los vientos latinos.

Notar el solo de piano eléctrico, desaparecido instrumento que tal vez no se escuchará más.

Sus auriculares, improbable lectora o lector. Concentración absoluta, por favor.

HjorgeV 24-07-2014

LO BUENO Y LO MALO DE LA RED

El otro día quise pasar todo un día con nuestro hijo adolescente de 13 años.

Le propuse visitar Colonia.

-¿A hacer qué? -me preguntó.

Como parece mayor y es más alto que yo, traté de recordar ‘mis’ épocas.

-A patear latas -le dije para animarlo-. Lo que hacía más o menos a tu edad en Lima -agregué.

Le expliqué lo de las latas (es bilingüe y binacional, no binacionalista). La idea le gustó.

*

Dejamos la camioneta lejos del centro y nos fuimos andando hasta la Plaza Rudolf.

Le referí que en el Hotel Barceló había tenido un magnífico alumno -tanto que aprendió rapidísimo y pronto ya no me necesitó como profesor de idiomas- y J. se quedó contemplando el coloso como si las clases se las hubiera dado al hotel y no a uno de sus directores alemanes.

Después contemplamos el puente Hohenzollern, el más utilizado de Alemania, con sus miles de candados dejados en sus barandas por enamorados de todo el mundo.

(Me reí a carcajada limpia del amor, del romántico. Y después me arrepentí, porque a mi lado tenía uno de sus productos e intenté explicarle a mi hijo que es como una religión o como una droga: te hace creer, ver y jurar cosas que muchas veces no existen ni existirán nunca.

-Pero no es ciego -me dijo-. Porque sino no existiría el amor a primera vista -completó su chiste.)

(¿De dónde lo sacaría?)

*

Contemplamos también el tráfago de los turistas, nos paramos a escuchar a los músicos y artistas callejeros y a admirar el imponente Dom, la catedral de Colonia.

-Siempre la están refaccionando -anotó.

(Me hizo tragar saliva su ‘siempre’ -de apenas 13 años o menos- comparado con los 600 años que tomó su construcción.) 

Visitamos la entrada del museo Ludwig de arte moderno, sin que consiguiera animarlo a entrar. Tampoco insistí. Dimos una vuelta por la estación central.

Repasamos los sitios por donde podríamos comer más tarde y nos sentamos a beber un té helado y una cerveza de trigo en una terraza al pie del Rin, y a ver pasar los yates, remolcadores, ciclistas, paseantes y a los abastecedores de los negocios vecinos.

Mi esperanza era que al pasar por Mayersche (una especie de fnac alemana), le contagiara el gusto por una de mis actividades favoritas:

Pasarme horas hojeando y leyendo libros sin noción del paso del tiempo.

Lo intentamos.

Él se fue por su lado y yo me puse a leer el comienzo de las novedades y de los superventas.

*

Pronto me cansé, sin encontrar nada medianamente pasable.

Pasable, digo.

El alemán no es mi primer idioma, pero estoy acostumbrado a leer en él y he gozado innumerables libros en la lengua de Heinrich Böll (Nobel colonés, para más señas).

Mi hijo también se cansó pronto y, cuando nos encontramos, me dijo, haciendo un gran movimiento circular con un brazo:

-Ahora entiendo por qué no quieres publicar. Por lo menos la mitad es basura.

-Sí -le dije-, demasiados árboles sacrificados en vano.

*

Resulta que escribo.

Mejor dicho, aprendo a escribir, a contar historias por escrito.

Lo hago desde hace seis años y medio como un profesional: durante varias y constantes horas al día. Muchas veces sin pausas de fin de semana. Todos los meses del año.

Llevo escritas cinco novelas y sigo sin atreverme a decir: “Esta sí que me gustaría ver publicada”.

Me falta mucho por aprender todavía.

*

En medio de cientos de miles de libros, se me ocurrió entonces que esa tal vez podría ser la meta de todo aprendiz de escritor:

Llegar a escribir con tal calidad que, cuando alguien te empiece a leer, no quiera desprenderse de tu libro.

Así habría menos desperdicio de papel y la elección de un buen libro (de acuerdo a nuestros gustos y necesidades) no sería tan complicada.

Lo pensé, recordando los 80.000 títulos que se publican al año solo en España.

(En EEUU son 300.000.

En Alemania 100.000. Y 400.000 los títulos disponibles.

En mi país de origen -el Perú-, se publican unos 5.000 al año.)

Las cifras son aplastantes, en el más amplio sentido de la palabra.

*

A esas cifras hay que añadirles las de la Red.

Porque Internet ha creado también un gran problema (por lo menos) entre muchas cosas maravillosas.

Ha abierto tantas puertas que cualquiera entra.

Sin ningún tipo de filtro.

Como yo ahora, más o menos, improbable lector/a.

La fiesta ya no es fiesta. Es un tumulto.

La pregunta es si podremos seguir bailando y divirtiéndonos, o si terminaremos aplastados por lo burdo, lo chabacano, lo trivial, lo masivo y lo idiotizante.

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HjorgeV 18-07-2014

«¡ASÍ ES EL FÚTBOL, SOBRINO!»

De niño, cuando algo salía especialemente mal o un determinado acontecimiento producía una ingrata sorpresa, uno de mis tíos trataba de consolarme:

-¡Así es el fútbol, sobrino!

Lo decía con una mezcla de estupor, resignación y agallas de buen perdedor, más una buena porción de humor y optimismo.

A mí me irritaba. Me provocaba elevar la voz al cielo.

Por favor.

¡Cómo se atrevía a comparar la vida con un simple deporte!

Convencido, como yo estaba, de que en cualquier actividad deportiva ganaba el mejor preparado, el que mejor jugaba y el que más se entregaba, su comentario me parecía una burla necia.

Y así crecí convencido de que la suerte nada -o muy poco- tenía que ver con los resultados.

Después vi caer a mujeres y hombres fuertes y valientes. En desgracia a grandes promesas y talentos.

Y junto a todo ese escenario devastador (no, nunca fui un pesimista), vi también que muchas veces terminaba imponiéndose el menos pintado o esperado, el inútil, el improbable o, simplemente, el peor.

Después vi -vimos- que esa ley cruel no solo valía para el grupo de amigos, para el colegio o cierto círculo social, sino que también tenía validez global y que incluso los países podían tambalearse y caer.

La vida vista como un partido de fútbol.

Cierto buen rumbo puede estar dado, claro.

Y también las mejores condiciones unidas a una buena preparación y a la confianza de hacerlo en terreno familiar.

Pero entonces sobreviene un terremoto o un huracán, un simple patinazo o accidente, una enfermedad, un encadenamiento inesperado de desgracias e infortunios.

Y los ahorros o logros de toda una vida se van al carajo de golpe. Le acaba de suceder a Brasil y a España en el Mundial.

¿Es casual que existan y sigan apareciendo tantas casas de apuestas futbolísticas? Obviamente, no.

En Alemania, por ejemplo, no hay terremotos ni ciclones ni maremotos.

Mientras que se sospecha que aún quedan por descubrirse los restos de muchas civilizaciones (y no solo americanas) arrasadas por desastres naturales.

Mi tío diría:

-¡Así es el fútbol!

Pero lo importante es la respuesta que se le da al fracaso o a la simple mala suerte. Nuestra reacción. Nuestra capacidad y deseo de volver a levantarnos y seguir.

Cuando en 1950, y contra todo pronóstico, Uruguay le ganó a Brasil en el famoso Maracanazo, un niño llamado Edson vio llorar a su padre y le preguntó por qué lloraba.

-Hemos perdido la Copa del Mundo -le respondió su padre entre lágrimas.

-No te preocupes, papá -le dijo el niño-. Yo te voy a traer una.

Pelé -como se apodaba ese niño- le trajo tres.

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HjorgeV 09-07-2014

ELLA NO ERA NORMAL EN NUESTRO PROPIO MUNDIAL

Uno de mis más claros y mejores recuerdos de mi relación con ella:

Estoy jugando con R. (un amigo del colegio, de mi infancia y adolescencia, no vivía muy lejos de mi barrio) en un pasadizo del colegio a la hora del recreo.

Es un lugar oscuro y muy angosto, y sin mayor atractivo que el de permitirnos ser los dueños del campo. De nuestro propio campo de fútbol. Ella es, obviamente, la pelota.

Pero ella tampoco era normal.

*

Los arcos eran los extremos del pasadizo. Un simple conducto sin puertas. Éramos solo dos jugadores. Nadie más. Porque nadie más entraba en ese espacio de un metro de ancho por cinco o seis de largo.

El recuerdo es épico.

Los disparos al arco los vivíamos como esfuerzos monumentales.

Aquí una estirada salvadora para detener la pelota. Allá, una caída aparatosa, una mano que se alzaba milagrosa, un pie oportuno o inoportuno; el grito de gol.

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En otro vívido recuerdo de esa época generosa en momentos memorables, estamos también en la hora del recreo pero en un patio anexo.

Creo que Perú acababa de clasificarse para el Mundial (sí, improbable lectora o lector, alguna vez mi país también fue feliz como el tuyo) y sobre el nuevo patio del colegio (increíblemente de tierra en pleno Miraflores: solo provisional porque el nuevo local ya había empezado a construirse en Monterrico), compartíamos varios equipos la misma cancha. Esta era de apenas veinte por treinta metros de extensión.

¿Cómo lo hacíamos?

¿Jugábamos unos a lo largo y otros a lo ancho? ¿Algunos en diagonal?

¿Cómo hacíamos para reconocernos como compañeros de equipo si todos llevábamos el mismo uniforme: pantalón gris rata y camisa blanca?

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En el club de la localidad vecina, del que también soy entrenador de juveniles, nuestro hijo menor juega en uno de los equipos infantiles.

Cada vez que nos dirigimos al club (un campo de césped y otro de ceniza a ambos lados de una calle arbolada) pasamos por una especie de parque de unas dos hectáreas de extensión.

En él se podrían jugar varios partidos a la vez. Tiene dos arcos de aluminio de construcción especialmente sólida y pueden ser movidos a voluntad.

Es una gran cancha sin árboles, arbustos ni piedras y de cuyo -casi- perfecto césped se encarga el ayuntamiento.

Sin embargo, en pleno Mundial y en plenas vacaciones escolares, no hay nadie en el parque. 

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En el club, durante las vacaciones de verano suelen detenerse los entrenamientos porque los padres y muchas veces los mismos jugadores exigen una pausa, cierta desintoxicación.

Muchos momentos de mi infancia estaban plagados del inalcanzable y común sueño de tener una canchita donde jugar a toda hora, cada día, cada mañana y tarde. 

Como el sueño solo sueño era, jugábamos en la calle hasta que oscurecía y teníamos que irnos luego directamente a la cama habiendo obviado alguna serie importante en la televisión.

Cada vez que veíamos algo parecido a una canchita nuestro corazón se exaltaba. Nos imaginábamos los arcos y las líneas de yeso sobre ella. Yo me imaginaba volando, suspendido en el aire con la pelota atrapada entre mis manos.

Y eso para no hablar de ella, la pelota. (La ironía es que despreciábamos las de plástico -el material de este futuro- y soñábamos con una de cuero.)

A la absoluta gran mayoría no nos quedaba otra opción que darle al balón en la vía pública. Los más suertudos jugaban en un parque sobre el que tenían que evitar los arbustos, piedras, huecos y árboles en sus carreras.

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Con R. teníamos la suerte de tener nuestra propio campo de fútbol cada recreo de ya no recuerdo cuántas mañanas y tardes de esa lejana infancia.

Era un pasadizo oscuro y muy angosto donde no llegaba el sol.

Unos tres metros cuadrados eran mi fortuna y otros tres los de R.

Ella no era normal. Era una simple pelotita de tenis. Pero igual nos hacía más que felices en nuestro propio Mundial.

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HjorgeV 02-07-2014