«¡ASÍ ES EL FÚTBOL, SOBRINO!»

De niño, cuando algo salía especialemente mal o un determinado acontecimiento producía una ingrata sorpresa, uno de mis tíos trataba de consolarme:

-¡Así es el fútbol, sobrino!

Lo decía con una mezcla de estupor, resignación y agallas de buen perdedor, más una buena porción de humor y optimismo.

A mí me irritaba. Me provocaba elevar la voz al cielo.

Por favor.

¡Cómo se atrevía a comparar la vida con un simple deporte!

Convencido, como yo estaba, de que en cualquier actividad deportiva ganaba el mejor preparado, el que mejor jugaba y el que más se entregaba, su comentario me parecía una burla necia.

Y así crecí convencido de que la suerte nada -o muy poco- tenía que ver con los resultados.

Después vi caer a mujeres y hombres fuertes y valientes. En desgracia a grandes promesas y talentos.

Y junto a todo ese escenario devastador (no, nunca fui un pesimista), vi también que muchas veces terminaba imponiéndose el menos pintado o esperado, el inútil, el improbable o, simplemente, el peor.

Después vi -vimos- que esa ley cruel no solo valía para el grupo de amigos, para el colegio o cierto círculo social, sino que también tenía validez global y que incluso los países podían tambalearse y caer.

La vida vista como un partido de fútbol.

Cierto buen rumbo puede estar dado, claro.

Y también las mejores condiciones unidas a una buena preparación y a la confianza de hacerlo en terreno familiar.

Pero entonces sobreviene un terremoto o un huracán, un simple patinazo o accidente, una enfermedad, un encadenamiento inesperado de desgracias e infortunios.

Y los ahorros o logros de toda una vida se van al carajo de golpe. Le acaba de suceder a Brasil y a España en el Mundial.

¿Es casual que existan y sigan apareciendo tantas casas de apuestas futbolísticas? Obviamente, no.

En Alemania, por ejemplo, no hay terremotos ni ciclones ni maremotos.

Mientras que se sospecha que aún quedan por descubrirse los restos de muchas civilizaciones (y no solo americanas) arrasadas por desastres naturales.

Mi tío diría:

-¡Así es el fútbol!

Pero lo importante es la respuesta que se le da al fracaso o a la simple mala suerte. Nuestra reacción. Nuestra capacidad y deseo de volver a levantarnos y seguir.

Cuando en 1950, y contra todo pronóstico, Uruguay le ganó a Brasil en el famoso Maracanazo, un niño llamado Edson vio llorar a su padre y le preguntó por qué lloraba.

-Hemos perdido la Copa del Mundo -le respondió su padre entre lágrimas.

-No te preocupes, papá -le dijo el niño-. Yo te voy a traer una.

Pelé -como se apodaba ese niño- le trajo tres.

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HjorgeV 09-07-2014

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