LO BUENO Y LO MALO DE LA RED

El otro día quise pasar todo un día con nuestro hijo adolescente de 13 años.

Le propuse visitar Colonia.

-¿A hacer qué? -me preguntó.

Como parece mayor y es más alto que yo, traté de recordar ‘mis’ épocas.

-A patear latas -le dije para animarlo-. Lo que hacía más o menos a tu edad en Lima -agregué.

Le expliqué lo de las latas (es bilingüe y binacional, no binacionalista). La idea le gustó.

*

Dejamos la camioneta lejos del centro y nos fuimos andando hasta la Plaza Rudolf.

Le referí que en el Hotel Barceló había tenido un magnífico alumno -tanto que aprendió rapidísimo y pronto ya no me necesitó como profesor de idiomas- y J. se quedó contemplando el coloso como si las clases se las hubiera dado al hotel y no a uno de sus directores alemanes.

Después contemplamos el puente Hohenzollern, el más utilizado de Alemania, con sus miles de candados dejados en sus barandas por enamorados de todo el mundo.

(Me reí a carcajada limpia del amor, del romántico. Y después me arrepentí, porque a mi lado tenía uno de sus productos e intenté explicarle a mi hijo que es como una religión o como una droga: te hace creer, ver y jurar cosas que muchas veces no existen ni existirán nunca.

-Pero no es ciego -me dijo-. Porque sino no existiría el amor a primera vista -completó su chiste.)

(¿De dónde lo sacaría?)

*

Contemplamos también el tráfago de los turistas, nos paramos a escuchar a los músicos y artistas callejeros y a admirar el imponente Dom, la catedral de Colonia.

-Siempre la están refaccionando -anotó.

(Me hizo tragar saliva su ‘siempre’ -de apenas 13 años o menos- comparado con los 600 años que tomó su construcción.) 

Visitamos la entrada del museo Ludwig de arte moderno, sin que consiguiera animarlo a entrar. Tampoco insistí. Dimos una vuelta por la estación central.

Repasamos los sitios por donde podríamos comer más tarde y nos sentamos a beber un té helado y una cerveza de trigo en una terraza al pie del Rin, y a ver pasar los yates, remolcadores, ciclistas, paseantes y a los abastecedores de los negocios vecinos.

Mi esperanza era que al pasar por Mayersche (una especie de fnac alemana), le contagiara el gusto por una de mis actividades favoritas:

Pasarme horas hojeando y leyendo libros sin noción del paso del tiempo.

Lo intentamos.

Él se fue por su lado y yo me puse a leer el comienzo de las novedades y de los superventas.

*

Pronto me cansé, sin encontrar nada medianamente pasable.

Pasable, digo.

El alemán no es mi primer idioma, pero estoy acostumbrado a leer en él y he gozado innumerables libros en la lengua de Heinrich Böll (Nobel colonés, para más señas).

Mi hijo también se cansó pronto y, cuando nos encontramos, me dijo, haciendo un gran movimiento circular con un brazo:

-Ahora entiendo por qué no quieres publicar. Por lo menos la mitad es basura.

-Sí -le dije-, demasiados árboles sacrificados en vano.

*

Resulta que escribo.

Mejor dicho, aprendo a escribir, a contar historias por escrito.

Lo hago desde hace seis años y medio como un profesional: durante varias y constantes horas al día. Muchas veces sin pausas de fin de semana. Todos los meses del año.

Llevo escritas cinco novelas y sigo sin atreverme a decir: “Esta sí que me gustaría ver publicada”.

Me falta mucho por aprender todavía.

*

En medio de cientos de miles de libros, se me ocurrió entonces que esa tal vez podría ser la meta de todo aprendiz de escritor:

Llegar a escribir con tal calidad que, cuando alguien te empiece a leer, no quiera desprenderse de tu libro.

Así habría menos desperdicio de papel y la elección de un buen libro (de acuerdo a nuestros gustos y necesidades) no sería tan complicada.

Lo pensé, recordando los 80.000 títulos que se publican al año solo en España.

(En EEUU son 300.000.

En Alemania 100.000. Y 400.000 los títulos disponibles.

En mi país de origen -el Perú-, se publican unos 5.000 al año.)

Las cifras son aplastantes, en el más amplio sentido de la palabra.

*

A esas cifras hay que añadirles las de la Red.

Porque Internet ha creado también un gran problema (por lo menos) entre muchas cosas maravillosas.

Ha abierto tantas puertas que cualquiera entra.

Sin ningún tipo de filtro.

Como yo ahora, más o menos, improbable lector/a.

La fiesta ya no es fiesta. Es un tumulto.

La pregunta es si podremos seguir bailando y divirtiéndonos, o si terminaremos aplastados por lo burdo, lo chabacano, lo trivial, lo masivo y lo idiotizante.

.

.

HjorgeV 18-07-2014

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