Y CUANDO DESPERTÉ ELLA TODAVÍA ESTABA ALLÍ

Comparado con lo mío, Monterroso lo tuvo fácil.

Su cuento El dinosaurio lo inmortalizó y creó toda una escuela literaria: la de los microrrelatos.

Pero lo suyo solo era ficción.

En mi caso, en cambio, cuando desperté (y no solo una mañana), la mosca seguía ahí.

Cada noche de la semana que pasamos en Bodman, una localidad del bello Bodensee (el Lago de Constanza, rodeado por Alemania, Austria y Suiza), la bendita mosca se aparecía como si hubiera estado escondida todo el santo día, esperándonos muy atenta para celebrar la interrupción de nuestro sueño.

Para remediarlo no me quedó otra salida que dormir con la cara tapada.

Por suerte, no hacía demasiado calor. Algunas noches fueron muy frías, incluso.

(«¿El verano en Alemania?», nos decía mi padre, quien también pasó una temporada estudiando aquí. «Creo que fue un miércoles», se respondía a sí mismo, sin que nosotros pudiéramos entender el chiste allá en Lima.)

Nunca se me ha dado bien lo de luchar contra moscas y mosquitos.

Una noche en Gandia nos enfrentamos a dos mosquitos y perdimos la batalla.

Los escuchábamos ganar altura y caer hacia nosotros con saña, premeditación, alevosía y ventaja. Las delgadas sábanas (un simple adorno debido al calor) las traspasaban como si fueran gasas. Intentamos de todo.

Cómo deben haberse reído los tipos.

Ahora estoy seguro de que las moscas y mosquitos se drogan y se dopan.

No hay otra forma de explicar ese ímpetu, esa entrega, esa potencia, ese incansable espíritu de lucha, como si el mundo estuviera a un instante de acabarse y solo quedara volver a intentarlo una y otra vez sin rendirse.

Desde aquí mis felicitaciones.

Ojalá hayan sido de alguna religión hindú y alguna vez se reencarnen en los estadistas honrados (políticos hay más que suficientes y solo interesados en su bien -material- personal) y en los sensatos innovadores y científicos que tanta falta hacen.

El ingenio humano ya ha creado El planeta de los simios, una saga que está a punto de morderse la cola si ya no lo ha hecho.

Nos falta ahora El planeta de las moscas.

Qué digo.

Mientras esto pienso y escribo, hay unos seres incansables que nos han seguido y acompañan por todos los rincones del planeta y hasta es posible que puedan leer nuestros pensamientos (otro decir).

El planeta de las ratas sería insoportable para mí.

(¿O no es de ratas «salvar» a los bancos con el dinero de todos?)

Bien.

Si lo de la mosca pude solucionarlo tapándome el rostro, lo Otro fue imposible en Bodman.

Cada noche, cada hora de cada noche, cada quince minutos de cada hora: las campanadas de la iglesia del pueblo castigaban mi sueño.

Soñé que perseguía al párroco hasta el fin de sus días para devolverle la misma tortura cada vez que conseguía pegar un ojo.

Pero no. Nadie podría cumplir tan concienzudo trabajo con tanta precisión y regularidad las 24 horas: una campanada por cada cuarto de hora, luego otra mayor por cada hora completa.

(A las cinco de la mañana, por ejemplo, nueve campanadas.)

Se trataba, obviamente, de una máquina.

¿Nadie nunca se ha quejado?

¿Hemos llegado a ese punto en el que nadie protesta y hasta nos parece algo normal, natural, que alguien (una entidad en este caso) se arrogue el derecho de incidir en el aire de todos y de perturbar nuestro sueño?

¿Y todo para hacernos recordar un dios que no es el de todos? (Peor en mi caso, que no tengo ninguno.) ¿Y las autoridades?

Haberse acostumbrado no cambia lo fundamental: el sentido de la intrusión forzada. Esa omnipotencia hecha metal, hecha campana.

Curiosamente, nos asombra y hasta podemos quejarnos de la intolerancia de otros (incluso de todo un país), pero las campanadas que azotan los pueblos de -supuesta o aparente- mayoría católica son también resultado de la intolerancia.

De la que llevó a los cristianos a imponer su religión a capa y espada, llegando a torturar y quemar vivos a los que pensaban y creían de otra manera.

En mi caso fueron campanadas católicas. En otros lugares, he leído, gente de otra confesión canta en las calles para llamar a la oración.

Qué civilizados, dios santo.

Por lo menos no cantan unas máquinas por ellos y creo que nunca de noche, me digo.

.

.

HjorgeV 04-08-2014

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