Mes: septiembre 2014

«DIVAGACIONES SOBRE EL TIEMPO»

La vida vista como un reloj impune.

O como la obra de un ferroviario enloquecido

incapaz de seguir descifrando el plan de

las agujas, contraagujas, carriles y raíles

de su estación de andenes infinitos.

Las llamamos palabras, pero son solo

parches, cicatrices, remiendos,

maquillaje, vendas, suturaciones del tiempo.

El día siempre tiene sus horas

contadas.

Y al final de la jornada te las habrán

descontado minuto a minuto de

tu particular cuenta personal.

¿Por qué decimos «matar el tiempo», si

es él quien nos mata?

Ni siquiera podemos hacerle cosquillas.

Por eso: recordad que

todos provenimos de un simple proceso

bioquímico -compartido o no-

llamado orgasmo.

De un corto acto que bien pudo ser

interrumpido por una ventana que

se abría, voces o pasos en la escalera,

un timbrazo o un simple estornudo.

Aceptar que el Tiempo

es la forma más cronológica y

ordenada del caos.

El caos encadenado a un reloj.

Pensar que si el Tiempo no existiera

todo lo

bueno y lo malo nos sucedería

a la vez.

HjV 26-09-2014

CRAIG JOHNSON: «CASTIGO PARA LOS BUENOS» (Novela negra)

Con los libros me sucede como con las religiones y las aficiones a un equipo de fútbol (o de ajedrez o bolos) cualquiera.

Cuando miles o millones afirman que su dios, religión o equipo es el mejor de todos (el «único»), entonces, me resulta imposible tomármelo en serio.

Me gusta leer.

Como muchos, siento una gran pasión por las historias capaces de transportarme a otros lugares y épocas, de imbuirme mentalidades y sentimientos.

Me fascinan las novelas capaces de abrirme la mente, las costumbres y el corazón de otras gentes.

Mejor si me dejan alguna enseñanza, un tiempo de reflexión y una ración de humor.

Pero sucede también que me gustan las buenas lecturas.

Me explico.

Como también escribo (tan común ya como respirar), presto atención a los consejos de otros escritores, de gente que ha pasado y sigue pasando por caminos (tortuosos) similares a los míos.

Hay una recomendación de Stephen King que trato de tomarme muy en serio, y eso a pesar de no haber leído ninguna de sus novelas:

«Trabaja de cuatro a ochos horas diarias y lee otras cuatro. Lee a malos y buenos, a mediocres e insoportables. No importa qué. La lectura es la mejor escuela para un escritor.»

La cita no es textual.

Pero es lo que aconseja King, junto a otras verdaderas joyas más, en su libro Mientras escribo , obra que empieza como unas memorias divertidas y concluye como un manual para novelistas.

Leyendo qué mal lo hacen otros es como también se aprende, es lo que nos dice el autor que compara sus libros con «un Big Mac con una ración grande de patatas fritas».

¿Para qué leer -también- a los malos, malos, malísimos, según King?

Para evitar sus errores.

Para sentir vergüenza ajena y evitársela a uno mismo.

Para ver cómo otros pisaron los excrementos que a uno mismo le gustaría evitar en su camino.

(Habla alguien que aún sigue asombrándose de la facilidad con la que en esta Yérmani del siglo XXI muchos de sus atildados habitantes aún permiten que sus canes se alivien más o menos en cualquier vía pública. Muchas veces, incluso, sobre la acera o un campo de juego infantil.)

Como me gusta especialmente el género llamado negro y prefiero ahorrarme a los peores autores, suelo estar atento a cualquier recomendación.

La bitácora de Juan Carlos Galindo, es uno de esos sitios en los que abrevo.

Lo malo es que, muchas veces (¿vivirá de las ventas que fomenta?), con los libros que promociona Galindo me sucede como con las religiones y los equipos que mencionaba al comienzo.

Todos no pueden ser excelentes.

Y, si de todos se afirma lo mejor, no me puedo tomar en serio a ninguno. Tampoco al recomendador. Así de sencillo.

Con todo, Galindo también acierta.

Y acabo de pasar con una de sus recomendaciones geniales momentos de lectura: de viaje mental, cine privado, aventura y curiosidad, tensión y entretenimiento, aprendizaje, humor y trabajo neuronal.

Me refiero a Castigo para los buenos.

(Pulsar aquí para leer el inicio.)

¿Tengo algo que agregar?

Sí.

Detesto el boxeo y la violencia en general. Pero alguna vez (ya no recuerdo dónde) me topé con una crónica boxística y pronto me vi inmerso en ella e incapaz de dejarla. ¿Cómo lo había conseguido el autor?

Más o menos lo mismo me ha sucedido con Craig Johnson (Huntington, Virginia Occidental, 1961) y sus temas:

El -moderno- Lejano Oeste y sus vaqueros, sheriffs y pistolas e indios cheyennes.

Por lo general, soporto solo dos o tres canciones country, entre ellas Take me home, country roads de John Denver. (Ver al final.)

Pero, como Denver con su canción, Johnson me ha hecho posible olvidar esa aversión y me ha llevado, como un niño embelesado frente a un marciano, a concentrarme en su historia y su arte al contarla.

(Me sucedió algo similar hace una semana en Gaffel am Dom. Gaffel es una de las 30 -ojo- diferentes marcas de cerveza colonesa. El Dom es la impresionante catedral gótica, marca y emblema de esta ciudad. A lo que iba: terminé cantando canciones en colonés -dialecto que me resulta tan insoportable como el carnaval de Colonia– en medio de la masa de estudiantes, aborígenes y turistas.)

Entonces.

Empezar hablando de golpes contra el rostro de un rival o sobre el polvo del sombrero del sheriff; y entenderlo como pretexto para terminar hablando sobre la vida y sus grandes temas.

Esa es la fuerza de todo gran narrador y una buena forma de reconocerlo como tal:

Ponerlo en medio del desierto o del Ártico, perdido en una intrincada selva amazónica, en Virginia Occidental (como la de la canción) o a la deriva sobre un océano.

Luego darle la palabra y una oportunidad.

Si, cuando menos te das cuenta, te quieres quedar en ese desierto, soportando el témpano de hielo bajo tus pies, en medio del inconmensurable verde selvático, en plena West Virginia o sobre un humilde bote perdido en alta mar solo para seguir escuchándolo, ya tienes la mejor e irrefutable prueba de su arte y valor.

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HjorgeV 22-09-2014

STEPPENWOLF: «BORN TO BE WILD» (1967)

LOBO ESTEPARIO, NO TAN SALVAJE

Su verdadero nombre es Joachim Fritz Krauledat y ahora se dedica a filmar aves silvestres.

De niño, cuando vivía en Hanóver como refugiado de guerra y escuchaba la emisora de las fuerzas británicas, su ídolo era Little Richard.

De Hanóver la familia emigró a Toronto y allá Joaquín fundó Sparrows (el bajista era otro emigrante de su país, Karl Klaus Kassbaum), grupo que se convirtió en Steppenwolf (‘lobo estepario) cuando llegaron a California.

Eso fue en 1967, cinco años después de la muerte de Hermann Hesse, el autor de la novela El lobo estepario.

La banda de Krauledat se hizo mundialmente famosa apenas dos años después, con Born to be wild: el tema que abre, con Henry Fonda y Dennis Hopper sobre sus Harleys cruzando un puente de la histórica Ruta 66, la película Easy Riders.

Pura vida.

Con su chaqueta de cuero y sus lentes oscuros sobre el escenario, Joachim Fritz Krauledat (Tilsit, Alemania, 1944) corporizaba la imagen del rockero duro al borde de la ley.

Pero los lentes se debían a su acromatopsia: pues era y sigue siendo oficialmente ciego.

(El color de las aves silvestres se lo tiene que decir su esposa.)

Además, nunca ha manejado una moto (por su defecto visual, precisamente).

Y esa esposa es Jutta Maue, su novia desde 1965, también huérfana de padre por la guerra y emigrante como él.

Salvajísima vida. Para la que escogió otro nombre: John Kay.

Tras el ascenso meteórico gracias a Easy Rider, Krauledat/Kay tuvo que emprender una larga y tediosa marcha de conciertos a lo largo y ancho de EEUU con la banda repartida en dos automóviles.

Años de pasar solo dos semanas con la familia y el resto del año recorriendo cuchitriles y lamiendo escenarios miserables:

-¿Tú eres John Kay? -le gritaban-. ¡Ja!, ni hablar. ¡Kay nunca pisaría un hueco de mierda como este!

Lo redimió Little Richard, nadie menos, en un encuentro casual en Hollywood.

«Hey, ¿no eres tú John Kay?», le preguntó su viejo ídolo a la salida de un ascensor. «Hombre, déjame que te diga que tienes una de las mejores voces del rock and roll.»

Permítanme ahora un salto en el tiempo.

De niño (Joaquín tenía cinco años, cruzaba la frontera para escapar a occidente, tosía y gritaba cuando le daba el sol en los ojos) le dijeron una frase que se le quedó grabada:

-¡Baja la cabeza, sino te disparan!

Veinte años después, hizo una canción con esa frase.

Quiero imaginar que así reaccionó también a la salida del ascensor:

Bajando la cabeza, con el anillo del padre caído en la guerra aún puesto en uno de sus dedos.

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HjorgeV 12-09-2014

LADRONES DE BICICLETAS

Entre el colegio de mis hijos y la cancha de mi club de fútbol (juego en los Alte Herren, ‘señores mayores’, y entreno dos equipos infantiles) existe una esquina con contenedores para botellas vacías y papel usado.

Es usual reciclar en este país. Cada hogar dispone de hasta cuatro barriles diferentes. Todos ellos colocados, por lo general, junto a la entrada de la casa.

La zona que menciono es un pequeño bosque a los dos lados de un arroyo.

Suelo usar esos contenedores para ahorrarme tener que hacer un desplazamiento mayor innecesario.

La última vez me asombré por la cantidad de basura no permitida que encontré, además de otros objetos.

Sucede que vengo de Lima.

Muchas veces tengo que escuchar comentarios sobre la pobreza y la suciedad de mi ciudad de origen.

Suelo replicar que no creo que la pobreza se elija. (Otro golpe de dados y los turistas serían los otros.) Muy pocos se muestran de acuerdo.

Por otra parte, creo que existe cierta generalizada creencia de que el ornato de una ciudad va de la mano o depende directamente del grado de ‘cultura’ de sus habitantes.

Bien.

Si es así, ¿cómo se explica que las calles del centro de Colonia estén -casi literalmente- tapizadas de chicles usados y colillas de cigarrillos?

Y, ¿cómo, que en ese rincón más o menos apartado, los vecinos (más del 95% de alemanes) suelan dejar basura y objetos de los que, simplemente, desean deshacerse?

(Un letrero anuncia que existe una cámara de vigilancia y que a los infractores les espera una fuerte multa.)

Se suele creer que en Alemania se respetan las normas.

Sin embargo, pocos saben que existen una serie de ellas que nadie respeta.

Los ciclistas, por ejemplo, incumplen las reglas de tránsito a placer y masivamente. A la vista de todos. En la zona netamente urbana donde vivimos, por otra parte, nadie respeta la velocidad reglamentaria de 7km/h.

Otro ejemplo: a diario desaparecen miles de bicicletas por toda Alemania; solo en Hamburgo unas 40. Cada día.

¿Es la ‘cultura’ de los habitantes de este país veleidosa, caprichosa, selectiva?

¿O sucede, simplemente, que la gente delinque en mayor o menor medida allí donde no se siente observada, como en el rincón que mencioné al comienzo?

Otro caso.

Los criminales de cuello blanco (y eso no solo acá en Alemania) suelen ser tratados con mayor permisividad que los delincuentes comunes callejeros.

Y eso, a pesar de que el daño causado por los primeros es inmensamente mayor.

Lo dejo para los estudiosos.

Me despido con:

1) un sueño que tuve: un tipo que se dedicaba a acumular las bicicletas que robaba cada noche al salir de algún bar.

Lo apunté alguna vez. Quedó como una historia para ser continuada: La ciudad de las bicicletas.

2) Mi primer paseo en Colonia -mi segunda patria- fue, precisamente, en bicicleta. Lo hice a comienzos de un octubre bastante lejano, en el otoño de este país y armado de un plano de la ciudad.

3) Acabo de leer que unos ingenieros chilenos han patentado una bicicleta inrobable:

http://www.nadiemelaroba.cl/

Y, finalmente:

4) Uno de los mejores filmes que recuerdo es Ladri di bicicletteLadrones de bicicletas de Vittorio de Sica.

Vi la película en un cine-club limeño, de esos a los que asistían una veintena o treintena de personas y a la semana siguiente ya no existían.

Qué tiempos.

¿Me fascina la bicicleta?

En mis tiempos de estudiante en Colonia (finales del siglo pasado) manejé unas dos horas diarias.

Con lluvia, granizo o nieve.

En bicicleta recorrí no hace mucho 12 kilómetros con mis dos hijos varones para ver un partido de fútbol.

La pasamos bien. Llovió solo un poco.

En el camino recogimos cebollas de un campo que acababa de ser cultivado.

Recordé mis días de adolescente sobre la bicicleta de mi primo (mi madre no podía comprarme una).

La guiaba sin manos, imaginando que volaba.

Completamente seguro de que no podía pasarme nada.

Qué días.

Qué ingenuidad.

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HjorgeV 02-09-2014