CRAIG JOHNSON: «CASTIGO PARA LOS BUENOS» (Novela negra)

Con los libros me sucede como con las religiones y las aficiones a un equipo de fútbol (o de ajedrez o bolos) cualquiera.

Cuando miles o millones afirman que su dios, religión o equipo es el mejor de todos (el «único»), entonces, me resulta imposible tomármelo en serio.

Me gusta leer.

Como muchos, siento una gran pasión por las historias capaces de transportarme a otros lugares y épocas, de imbuirme mentalidades y sentimientos.

Me fascinan las novelas capaces de abrirme la mente, las costumbres y el corazón de otras gentes.

Mejor si me dejan alguna enseñanza, un tiempo de reflexión y una ración de humor.

Pero sucede también que me gustan las buenas lecturas.

Me explico.

Como también escribo (tan común ya como respirar), presto atención a los consejos de otros escritores, de gente que ha pasado y sigue pasando por caminos (tortuosos) similares a los míos.

Hay una recomendación de Stephen King que trato de tomarme muy en serio, y eso a pesar de no haber leído ninguna de sus novelas:

«Trabaja de cuatro a ochos horas diarias y lee otras cuatro. Lee a malos y buenos, a mediocres e insoportables. No importa qué. La lectura es la mejor escuela para un escritor.»

La cita no es textual.

Pero es lo que aconseja King, junto a otras verdaderas joyas más, en su libro Mientras escribo , obra que empieza como unas memorias divertidas y concluye como un manual para novelistas.

Leyendo qué mal lo hacen otros es como también se aprende, es lo que nos dice el autor que compara sus libros con «un Big Mac con una ración grande de patatas fritas».

¿Para qué leer -también- a los malos, malos, malísimos, según King?

Para evitar sus errores.

Para sentir vergüenza ajena y evitársela a uno mismo.

Para ver cómo otros pisaron los excrementos que a uno mismo le gustaría evitar en su camino.

(Habla alguien que aún sigue asombrándose de la facilidad con la que en esta Yérmani del siglo XXI muchos de sus atildados habitantes aún permiten que sus canes se alivien más o menos en cualquier vía pública. Muchas veces, incluso, sobre la acera o un campo de juego infantil.)

Como me gusta especialmente el género llamado negro y prefiero ahorrarme a los peores autores, suelo estar atento a cualquier recomendación.

La bitácora de Juan Carlos Galindo, es uno de esos sitios en los que abrevo.

Lo malo es que, muchas veces (¿vivirá de las ventas que fomenta?), con los libros que promociona Galindo me sucede como con las religiones y los equipos que mencionaba al comienzo.

Todos no pueden ser excelentes.

Y, si de todos se afirma lo mejor, no me puedo tomar en serio a ninguno. Tampoco al recomendador. Así de sencillo.

Con todo, Galindo también acierta.

Y acabo de pasar con una de sus recomendaciones geniales momentos de lectura: de viaje mental, cine privado, aventura y curiosidad, tensión y entretenimiento, aprendizaje, humor y trabajo neuronal.

Me refiero a Castigo para los buenos.

(Pulsar aquí para leer el inicio.)

¿Tengo algo que agregar?

Sí.

Detesto el boxeo y la violencia en general. Pero alguna vez (ya no recuerdo dónde) me topé con una crónica boxística y pronto me vi inmerso en ella e incapaz de dejarla. ¿Cómo lo había conseguido el autor?

Más o menos lo mismo me ha sucedido con Craig Johnson (Huntington, Virginia Occidental, 1961) y sus temas:

El -moderno- Lejano Oeste y sus vaqueros, sheriffs y pistolas e indios cheyennes.

Por lo general, soporto solo dos o tres canciones country, entre ellas Take me home, country roads de John Denver. (Ver al final.)

Pero, como Denver con su canción, Johnson me ha hecho posible olvidar esa aversión y me ha llevado, como un niño embelesado frente a un marciano, a concentrarme en su historia y su arte al contarla.

(Me sucedió algo similar hace una semana en Gaffel am Dom. Gaffel es una de las 30 -ojo- diferentes marcas de cerveza colonesa. El Dom es la impresionante catedral gótica, marca y emblema de esta ciudad. A lo que iba: terminé cantando canciones en colonés -dialecto que me resulta tan insoportable como el carnaval de Colonia– en medio de la masa de estudiantes, aborígenes y turistas.)

Entonces.

Empezar hablando de golpes contra el rostro de un rival o sobre el polvo del sombrero del sheriff; y entenderlo como pretexto para terminar hablando sobre la vida y sus grandes temas.

Esa es la fuerza de todo gran narrador y una buena forma de reconocerlo como tal:

Ponerlo en medio del desierto o del Ártico, perdido en una intrincada selva amazónica, en Virginia Occidental (como la de la canción) o a la deriva sobre un océano.

Luego darle la palabra y una oportunidad.

Si, cuando menos te das cuenta, te quieres quedar en ese desierto, soportando el témpano de hielo bajo tus pies, en medio del inconmensurable verde selvático, en plena West Virginia o sobre un humilde bote perdido en alta mar solo para seguir escuchándolo, ya tienes la mejor e irrefutable prueba de su arte y valor.

.

..

HjorgeV 22-09-2014

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