Mes: octubre 2014

«DE ESOS QUE ANDAN POR AHÍ»

.

Lucharon y mataron para eternizarse

con grandes piedras,

inmensos maderos

y raros metales

que aseguraran y adornaran sus tumbas

(no fueran a despertar y la eternidad

los cogiera desprevenidos).

.

Construyeron pirámides, palacios,

torres y jardines fantásticos

como constancia

de su fugaz paso por el planeta

(este apenas se enteró).

.

Los que vinieron después inventaron

el dinero y los grandes automóviles.

De las masas de hoy quedarán

para la posteridad

miles de toneladas

de un material

que seguirá ahí

cuando los

grandes palacios y palacetes,

torres, puentes,

rascacielos y las

grandes avenidas no sean

nada más que

ruinas al ras del suelo.

.

El dios Plástico será

omnipresente

como todo buen dios:

.

siempre sordo,

como ausente,

inútil y apenas

biodegradable.

.

.

HjorgeV 28-10-2014

OH, QUÉ BONITO ES PANAMÁ

Escribir, vivir, sin miedo a las cicatrices.

*
Saltar al lecho seco de una acequia o arroyo. Intentar sujetarse de un arbusto para subir al otro lado y terminar asiéndose de una inocente ortiga.
Me sucedió hace poco. Fue como un múltiple golpe eléctrico en mi mano.

*
No hace mucho, los profesores del colegio de nuestro hijo J.J. propusieron un viaje a París.
Supusimos que le agradaría la idea y lo inscribimos sin consultárselo.

Poco antes del viaje, J.J. se enteró y se indignó.
¿París? ¿Qué podría hacer él en París? ¿Por qué habíamos decidido por él?
París no le interesaba para nada.

*
Le conté que había vivido un par de meses en París.
Que por esas vueltas que tiene la vida, dejé la Ciudad Luz para irme a Alemania y una alemana terminó proponiéndome matrimonio nada menos que en París: su madre.

*
(Fue en la Gare du Nord, una fría tarde de otoño. Ella había escrito la pregunta en una tarjeta y la encontré buscándome -para entregármela porque le debía arder en las manos- entre los pasajeros del tren que venía de Colonia.)

(Curiosamente, ella había llegado a París cuando aún no nos conocíamos y yo acababa de partir. Luego nos conocimos en Colonia, la visité un par de veces en París y aquí seguimos en las afueras de la ciudad natal de Böll.)

*
A J.J. le contamos que se trata de uno de los destinos turísticos más codiciados del planeta. Le mostramos fotos de la Torre Eiffel (que yo mismo no llegué a visitar porque soy muy mal turista) y de Notre Dame (ídem).

No sirvió de nada.
Tuvimos que cancelar el viaje.

*
J.J. tiene 13 años, mide casi uno ochenta y no aparenta su edad. En el fondo es el niño que empieza a volverse hombre y da sus primeros pasos fuera del cascarón.

¿Sus sueños?
Visitar Nueva York y Panamá.
¿Panamá?

Sí, Panamá.

¿Panamá?

*
Aunque él ya debe haberlo olvidado, Oh, qué bonito es Panamá era uno de sus libros favoritos cuando era niño.

En la historia, Tigre y Oso son dos amigos que viven felices cerca de un río.
Un día Oso ‘pesca’ una caja de madera que dice «Panamá». La caja está vacía, pero aún huele a plátanos y Oso, maravillado por el aroma, se convence de que Panamá tiene que ser el país de sus sueños.

A Tigre le cuenta que sabe de un lugar donde todo es mejor, más grande y más bonito y así los dos amigos deciden dejar su hogar y salir a buscar Panamá.
En el camino se encuentran con otros animales que no pueden orientarlos y con otros más que les dan falsas informaciones.

Siguiendo estas, precisamente, terminan caminando en círculo y regresando a su hogar (como en El planeta de los simios), lugar que no reconocen por las tormentas ocurridas en su ausencia.
Un letrero que encuentran en la maleza y dice «Panamá» (parte de la caja que Oso había encontrado antes) termina de convencerlos de que han llegado a su meta.

Finalmente, los dos amigos reconstruyen su casa y son felices en el país de sus sueños.

*
J.J. ha dejado el fútbol (alguna vez quiso ser profesional), empieza a usar crema contra el acné y se aplica desodorante (creo que también) por debajo de sus axilas (como si fuera desodorizador ambiental, porque luego toda la casa huele a su desodorante).

Le gustan, especialmente, las series televisivas y las ve en su tableta.
Acabo de enterarme de que una de estas tiene como escenario Panamá.

*
Tendría que decirle que yo también llegué a París buscando mi propio Panamá.
El París de las novelas de Vargas, la buhardilla donde me dedicaría a escribir y la bohemia parisiense.

¿Cuántos nos pasamos la vida buscando nuestro Panamá sin saber que ya lo hemos encontrado y lo tenemos bajo nuestros pies (o, acaso, a nuestro lado)?

*
En diciembre viajaremos a Lima.
J.J. está entusiasmado, por suerte.

Me cuentan que mi ciudad ha cambiado mucho y que apenas la reconoceré después de tantos años.
La última vez que estuve allí fue en invierno. Y el habitual «cielo sin cielo de mi ciudad» (Sebastián Salazar Bondy) se dejó ver más de lo esperado.

*
Solo un par de días cayó esa finísima lluvia que allá llamamos garúa y que podría ser una lluvia al revés, hacia el cielo, por lo finas e ingrávidas que son sus gotas.

Por mi parte, viajando a Lima, sé que en el fondo estaré volviendo a mi particular Panamá (mi segundo o primero, no lo sé) y que tal vez sea un viaje al revés.
Hacia arriba o abajo.

Pero eso es algo que tampoco puedo saber y ya poco me importa.

HjV 19-10-2014
PD: Justo al terminar de escribir esta entrada me topé -albricias- con este artículo de Vargas.

LA NOCHE QUE CAYÓ EL MURO DE BERLÍN

Berlín, 9 de noviembre de 1989, 18:57.

Está a punto de acabar la conferencia que el gobierno de Erich Honecker, consciente de que las cosas empiezan a complicársele gravemente, ha ofrecido a los representantes de la prensa internacional como muestra de apertura política.

La televisión (estatal) de la República Democrática Alemana de entonces está transmitiendo la rueda de prensa en vivo y en directo. Berlín Occidental (una especie de tumor ‘maligno’ en medio del territorio de un país del bloque soviético) y el resto de Alemania Federal siguen las incidencias con especial atención.

El periodista italiano Riccardo Ehrman, de la agencia ANSA, tiene una última pregunta.

El tema es sobre una nueva «ley de viajes» (libertad de circulación) que se acaba de discutir en el Buró Político del partido.

28 años lleva en pie el muro de 43,1 kilómetros que divide la ciudad, construido literalmente de la noche a la mañana y símbolo de la Guerra Fría y del final del siglo XX.

(¿Que divide la ciudad? Divide el planeta ideológica, cultural, económica y hasta militarmente se podría decir.) (Después se amplió el muro hasta aislar completamente Berlín Occidental del resto de la RDA.)

La estricta guardia fronteriza tiene la orden de abrir el fuego a quien se atreva a cruzarlo. Entre 125 y 270 personas -la cifra varía y hasta aumenta según las fuentes- ya han perdido su vida por intentarlo.

Günter Schabowski, el portavoz del gobierno, se pone las gafas para leer de un documento y responder la pregunta de Ehrman: la nueva ley contempla la salida inmediata del país y sin condición alguna de todo ciudadano que así lo solicite, dice.

En la sala no todos han captado el sensacional anuncio.

-¿Vale también para Berlín? -pregunta incrédulo un reportero. Schabowski asiente.

-¿A partir de cuándo? -inquiere Peter Brinkmann de la revista Bild. Son las 18:59.

Schabowski parece dudar. Vuelve a recurrir a sus papeles.

-Eh…, por lo que yo sé, eh… con efecto inmediato.

Un fuerte rumor -que va a marcar el inicio de toda una nueva era- se desata en la sala.

No era cierto.

La medida, pensada para calmar los ánimos de miles de manifestantes y así darle un respiro al gobierno, aún estaba siendo discutida en el Consejo de Ministros y debía entrar en vigor recién a la mañana siguiente.

Pero esos pocos segundos transcurridos entre la pregunta del corresponsal italiano y el patinazo de Schabowski bastaron para que miles se animaran a reclamar esa misma noche el ejercicio inmediato de su anunciado derecho.

Al grito de «Die Mauer ist gefallen!» (‘el muro ha caído’) empezaron a copar los puestos fronterizos del lado oriental.

En ese momento la guardia fronteriza desconocía la nueva ley y los funcionarios que podrían aclarar la situación ya habían abandonado sus oficinas.

Harald Jäger, teniente coronel encargado del puesto de control de la calle Bornholmer, no puede creer lo que acaba de escuchar y llama a su jefe más inmediato, el coronel Rudi Ziegenhorn, quien también desconoce la nueva normativa.

-Schabowski está hablando tonterías -le dice Ziegenhorn desde su departamento.

Pero esas tonterías ya han llevado a muchos hasta el puesto fronterizo de la Bornholmer y Jäger, con apenas quince guardias bajo su mando, el mismo número de agentes de aduana y seis soldados, empieza a ponerse nervioso.

A las 20:30 ya son un centenar los que exigen pasar a Berlín Occidental y los tranvías empiezan a llegar repletos de masas ansiosas por cruzar la frontera, aunque solo sea para poner un pie o tomarse una cerveza al otro lado.

Jäger vuelve a llamar a su jefe.

Este le ordena «contener y calmar a la masa», pero no le dice cómo.

Jäger, aún más confundido, alerta al batallón de fronteras.

A las 21:00 llega el contingente de 60 soldados que apenas puede pasar entre los miles de manifestantes.

La fila de Trabis (los automóviles de la marca Trabant a los que solo pocos alemanes del Este tenían acceso) ya es de varias cuadras. Y el grito más o menos unánime es:

-¡Que se abra la barrera! ¡Que se abra la barrera!

Jäger empieza a temer que la masa se pueda apoderar de las armas de los guardias bajo su mando. O que uno de estos pierda los nervios y desencadene el pánico.

A las 21:30 vuelve a llamar a su jefe Ziegenhorn.

La nueva orden es dejar pasar a los más conflictivos, colocándoles un sello sobre su documento de identidad para impedir su reingreso a la RDA.

La medida ayuda a calmar un poco los ánimos.

Hasta que una mujer, que quiere volver a su hogar y ver a su hijo, rompe en llanto al notar el significado del sello. Y la masa empieza a exasperarse.

A Jäger se le pasa por la cabeza llamar al ejército, pero se imagina una matanza y lo descarta.

Vuelve a llamar a Ziegenhorn.

-Escucha -le dice su jefe- voy a llamar allá arriba. Cierra el hocico y escucha lo que dicen.

«Allá arriba» es el Ministerio para la Seguridad del Estado, la temible y omnipresente Stasi.

Efectivamente, segundos después Jäger escucha la voz de uno de los generales de la cúpula en una conferencia telefónica improvisada:

-¿Es capaz el camarada Jäger de ponderar la situación o actúa solo por miedo? -está diciendo el general.

Jäger se indigna y lo interrumpe:

-Si no me cree, escúchelo con sus propios oídos -estira el brazo y dirige el auricular hacia la masa vociferante.

Cuando Jäger quiere volver a hablar, solo escucha la señal de ocupado.

Señal, también, de que los de «allá arriba» lo han abandonado a su suerte.

Ahora sí, no se lo piensa más y toma la decisión que va a acabar con su mundo (se enroló en la guardia fronteriza a los 17) y que alterará el de millones de personas.

-Que pasen todos, sin excepción -ordena.

La barrera empieza a levantarse.

La masa estalla en júbilo y cruza la frontera, algunos gateando, empujados por los que vienen detrás: miles y miles, muchos de ellos con tejanos (jeans) sobre zapatillas de la marca Adidas (Superstar), acaso los mayores símbolos occidentales de ese entonces.

Los guardias, que se habían preparado para ser linchados, son abrazados y felicitados por la masa.

Es el inicio del fin del Muro de Berlín y de la Guerra Fría.

El final de todo un gran sueño basado en simples razones humanitarias (pan, techo y educación para todos), lógica racional (producir según las necesidades de la población) y afán de justicia (no más explotadores del trabajo ni del futuro ajeno), pero que había desembocado en una dictadura de la élite del partido, terriblemente incapaz, miope y asaz injusta (¿le suena a alguien hoy?).

Jäger, sabiendo que ha pisoteado todas las reglas habidas y por haber, atina a llamar a su jefe:

-No ha sido posible soportar la presión de la masa, mi coronel. Por lo menos se ha evitado lo peor.

Ziegenhorn guarda silencio primero. Luego dice:

-Está bien, mein Junge [‘mi chico’, ‘mi muchacho’], está bien.

Investigaciones posteriores apuntan a que la pregunta de Ehrman le fue recomendada por teléfono por un integrante del mismo Buró Político (ente rector del partido y del gobierno) poco antes del inicio de la conferencia de prensa.

Riccardo Ehrman se ha negado hasta ahora a revelar la identidad de su informante.

Jäger, por su parte, llegó a tener un quiosco (único vendedor, jefe y explotador de su propio trabajo): una especie de ironía del mundo consumista.

Ziegenhorn murió en los noventa de un ataque al corazón.

Y el jefe máximo del control fronterizo de Berlín, el general Heinz Fiedler, se pegó un tiro en su celda, acusado de atentados contra el disidente Wolfgang Welsch.

Muchos de los guardias fronterizos (que se veían a sí mismos como «diplomáticos con uniforme») siguen sin entenderlo:

Se habían pasado gran parte de su vida interponiéndose en el camino de millones y, cuando por fin se rindieron, en vez de odio y violencia recibieron abrazos, besos y flores.

Por no cumplir su trabajo se convirtieron en héroes.

HjorgeV 06-10-2014

Fuentes:

http://www.wz-newsline.de/home/gesellschaft/leute/der-mann-der-die-mauer-oeffnete-1.145283

http://www.zeit.de/online/2009/17/mauerfall-schabowski

http://es.wikipedia.org/wiki/Muro_de_Berl%C3%ADn

http://www.spiegel.de/spiegel/print/d-9114348.html