LA NOCHE QUE CAYÓ EL MURO DE BERLÍN

Berlín, 9 de noviembre de 1989, 18:57.

Está a punto de acabar la conferencia que el gobierno de Erich Honecker, consciente de que las cosas empiezan a complicársele gravemente, ha ofrecido a los representantes de la prensa internacional como muestra de apertura política.

La televisión (estatal) de la República Democrática Alemana de entonces está transmitiendo la rueda de prensa en vivo y en directo. Berlín Occidental (una especie de tumor ‘maligno’ en medio del territorio de un país del bloque soviético) y el resto de Alemania Federal siguen las incidencias con especial atención.

El periodista italiano Riccardo Ehrman, de la agencia ANSA, tiene una última pregunta.

El tema es sobre una nueva «ley de viajes» (libertad de circulación) que se acaba de discutir en el Buró Político del partido.

28 años lleva en pie el muro de 43,1 kilómetros que divide la ciudad, construido literalmente de la noche a la mañana y símbolo de la Guerra Fría y del final del siglo XX.

(¿Que divide la ciudad? Divide el planeta ideológica, cultural, económica y hasta militarmente se podría decir.) (Después se amplió el muro hasta aislar completamente Berlín Occidental del resto de la RDA.)

La estricta guardia fronteriza tiene la orden de abrir el fuego a quien se atreva a cruzarlo. Entre 125 y 270 personas -la cifra varía y hasta aumenta según las fuentes- ya han perdido su vida por intentarlo.

Günter Schabowski, el portavoz del gobierno, se pone las gafas para leer de un documento y responder la pregunta de Ehrman: la nueva ley contempla la salida inmediata del país y sin condición alguna de todo ciudadano que así lo solicite, dice.

En la sala no todos han captado el sensacional anuncio.

-¿Vale también para Berlín? -pregunta incrédulo un reportero. Schabowski asiente.

-¿A partir de cuándo? -inquiere Peter Brinkmann de la revista Bild. Son las 18:59.

Schabowski parece dudar. Vuelve a recurrir a sus papeles.

-Eh…, por lo que yo sé, eh… con efecto inmediato.

Un fuerte rumor -que va a marcar el inicio de toda una nueva era- se desata en la sala.

No era cierto.

La medida, pensada para calmar los ánimos de miles de manifestantes y así darle un respiro al gobierno, aún estaba siendo discutida en el Consejo de Ministros y debía entrar en vigor recién a la mañana siguiente.

Pero esos pocos segundos transcurridos entre la pregunta del corresponsal italiano y el patinazo de Schabowski bastaron para que miles se animaran a reclamar esa misma noche el ejercicio inmediato de su anunciado derecho.

Al grito de «Die Mauer ist gefallen!» (‘el muro ha caído’) empezaron a copar los puestos fronterizos del lado oriental.

En ese momento la guardia fronteriza desconocía la nueva ley y los funcionarios que podrían aclarar la situación ya habían abandonado sus oficinas.

Harald Jäger, teniente coronel encargado del puesto de control de la calle Bornholmer, no puede creer lo que acaba de escuchar y llama a su jefe más inmediato, el coronel Rudi Ziegenhorn, quien también desconoce la nueva normativa.

-Schabowski está hablando tonterías -le dice Ziegenhorn desde su departamento.

Pero esas tonterías ya han llevado a muchos hasta el puesto fronterizo de la Bornholmer y Jäger, con apenas quince guardias bajo su mando, el mismo número de agentes de aduana y seis soldados, empieza a ponerse nervioso.

A las 20:30 ya son un centenar los que exigen pasar a Berlín Occidental y los tranvías empiezan a llegar repletos de masas ansiosas por cruzar la frontera, aunque solo sea para poner un pie o tomarse una cerveza al otro lado.

Jäger vuelve a llamar a su jefe.

Este le ordena «contener y calmar a la masa», pero no le dice cómo.

Jäger, aún más confundido, alerta al batallón de fronteras.

A las 21:00 llega el contingente de 60 soldados que apenas puede pasar entre los miles de manifestantes.

La fila de Trabis (los automóviles de la marca Trabant a los que solo pocos alemanes del Este tenían acceso) ya es de varias cuadras. Y el grito más o menos unánime es:

-¡Que se abra la barrera! ¡Que se abra la barrera!

Jäger empieza a temer que la masa se pueda apoderar de las armas de los guardias bajo su mando. O que uno de estos pierda los nervios y desencadene el pánico.

A las 21:30 vuelve a llamar a su jefe Ziegenhorn.

La nueva orden es dejar pasar a los más conflictivos, colocándoles un sello sobre su documento de identidad para impedir su reingreso a la RDA.

La medida ayuda a calmar un poco los ánimos.

Hasta que una mujer, que quiere volver a su hogar y ver a su hijo, rompe en llanto al notar el significado del sello. Y la masa empieza a exasperarse.

A Jäger se le pasa por la cabeza llamar al ejército, pero se imagina una matanza y lo descarta.

Vuelve a llamar a Ziegenhorn.

-Escucha -le dice su jefe- voy a llamar allá arriba. Cierra el hocico y escucha lo que dicen.

«Allá arriba» es el Ministerio para la Seguridad del Estado, la temible y omnipresente Stasi.

Efectivamente, segundos después Jäger escucha la voz de uno de los generales de la cúpula en una conferencia telefónica improvisada:

-¿Es capaz el camarada Jäger de ponderar la situación o actúa solo por miedo? -está diciendo el general.

Jäger se indigna y lo interrumpe:

-Si no me cree, escúchelo con sus propios oídos -estira el brazo y dirige el auricular hacia la masa vociferante.

Cuando Jäger quiere volver a hablar, solo escucha la señal de ocupado.

Señal, también, de que los de «allá arriba» lo han abandonado a su suerte.

Ahora sí, no se lo piensa más y toma la decisión que va a acabar con su mundo (se enroló en la guardia fronteriza a los 17) y que alterará el de millones de personas.

-Que pasen todos, sin excepción -ordena.

La barrera empieza a levantarse.

La masa estalla en júbilo y cruza la frontera, algunos gateando, empujados por los que vienen detrás: miles y miles, muchos de ellos con tejanos (jeans) sobre zapatillas de la marca Adidas (Superstar), acaso los mayores símbolos occidentales de ese entonces.

Los guardias, que se habían preparado para ser linchados, son abrazados y felicitados por la masa.

Es el inicio del fin del Muro de Berlín y de la Guerra Fría.

El final de todo un gran sueño basado en simples razones humanitarias (pan, techo y educación para todos), lógica racional (producir según las necesidades de la población) y afán de justicia (no más explotadores del trabajo ni del futuro ajeno), pero que había desembocado en una dictadura de la élite del partido, terriblemente incapaz, miope y asaz injusta (¿le suena a alguien hoy?).

Jäger, sabiendo que ha pisoteado todas las reglas habidas y por haber, atina a llamar a su jefe:

-No ha sido posible soportar la presión de la masa, mi coronel. Por lo menos se ha evitado lo peor.

Ziegenhorn guarda silencio primero. Luego dice:

-Está bien, mein Junge [‘mi chico’, ‘mi muchacho’], está bien.

Investigaciones posteriores apuntan a que la pregunta de Ehrman le fue recomendada por teléfono por un integrante del mismo Buró Político (ente rector del partido y del gobierno) poco antes del inicio de la conferencia de prensa.

Riccardo Ehrman se ha negado hasta ahora a revelar la identidad de su informante.

Jäger, por su parte, llegó a tener un quiosco (único vendedor, jefe y explotador de su propio trabajo): una especie de ironía del mundo consumista.

Ziegenhorn murió en los noventa de un ataque al corazón.

Y el jefe máximo del control fronterizo de Berlín, el general Heinz Fiedler, se pegó un tiro en su celda, acusado de atentados contra el disidente Wolfgang Welsch.

Muchos de los guardias fronterizos (que se veían a sí mismos como «diplomáticos con uniforme») siguen sin entenderlo:

Se habían pasado gran parte de su vida interponiéndose en el camino de millones y, cuando por fin se rindieron, en vez de odio y violencia recibieron abrazos, besos y flores.

Por no cumplir su trabajo se convirtieron en héroes.

HjorgeV 06-10-2014

Fuentes:

http://www.wz-newsline.de/home/gesellschaft/leute/der-mann-der-die-mauer-oeffnete-1.145283

http://www.zeit.de/online/2009/17/mauerfall-schabowski

http://es.wikipedia.org/wiki/Muro_de_Berl%C3%ADn

http://www.spiegel.de/spiegel/print/d-9114348.html

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