OH, QUÉ BONITO ES PANAMÁ

Escribir, vivir, sin miedo a las cicatrices.

*
Saltar al lecho seco de una acequia o arroyo. Intentar sujetarse de un arbusto para subir al otro lado y terminar asiéndose de una inocente ortiga.
Me sucedió hace poco. Fue como un múltiple golpe eléctrico en mi mano.

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No hace mucho, los profesores del colegio de nuestro hijo J.J. propusieron un viaje a París.
Supusimos que le agradaría la idea y lo inscribimos sin consultárselo.

Poco antes del viaje, J.J. se enteró y se indignó.
¿París? ¿Qué podría hacer él en París? ¿Por qué habíamos decidido por él?
París no le interesaba para nada.

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Le conté que había vivido un par de meses en París.
Que por esas vueltas que tiene la vida, dejé la Ciudad Luz para irme a Alemania y una alemana terminó proponiéndome matrimonio nada menos que en París: su madre.

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(Fue en la Gare du Nord, una fría tarde de otoño. Ella había escrito la pregunta en una tarjeta y la encontré buscándome -para entregármela porque le debía arder en las manos- entre los pasajeros del tren que venía de Colonia.)

(Curiosamente, ella había llegado a París cuando aún no nos conocíamos y yo acababa de partir. Luego nos conocimos en Colonia, la visité un par de veces en París y aquí seguimos en las afueras de la ciudad natal de Böll.)

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A J.J. le contamos que se trata de uno de los destinos turísticos más codiciados del planeta. Le mostramos fotos de la Torre Eiffel (que yo mismo no llegué a visitar porque soy muy mal turista) y de Notre Dame (ídem).

No sirvió de nada.
Tuvimos que cancelar el viaje.

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J.J. tiene 13 años, mide casi uno ochenta y no aparenta su edad. En el fondo es el niño que empieza a volverse hombre y da sus primeros pasos fuera del cascarón.

¿Sus sueños?
Visitar Nueva York y Panamá.
¿Panamá?

Sí, Panamá.

¿Panamá?

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Aunque él ya debe haberlo olvidado, Oh, qué bonito es Panamá era uno de sus libros favoritos cuando era niño.

En la historia, Tigre y Oso son dos amigos que viven felices cerca de un río.
Un día Oso ‘pesca’ una caja de madera que dice «Panamá». La caja está vacía, pero aún huele a plátanos y Oso, maravillado por el aroma, se convence de que Panamá tiene que ser el país de sus sueños.

A Tigre le cuenta que sabe de un lugar donde todo es mejor, más grande y más bonito y así los dos amigos deciden dejar su hogar y salir a buscar Panamá.
En el camino se encuentran con otros animales que no pueden orientarlos y con otros más que les dan falsas informaciones.

Siguiendo estas, precisamente, terminan caminando en círculo y regresando a su hogar (como en El planeta de los simios), lugar que no reconocen por las tormentas ocurridas en su ausencia.
Un letrero que encuentran en la maleza y dice «Panamá» (parte de la caja que Oso había encontrado antes) termina de convencerlos de que han llegado a su meta.

Finalmente, los dos amigos reconstruyen su casa y son felices en el país de sus sueños.

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J.J. ha dejado el fútbol (alguna vez quiso ser profesional), empieza a usar crema contra el acné y se aplica desodorante (creo que también) por debajo de sus axilas (como si fuera desodorizador ambiental, porque luego toda la casa huele a su desodorante).

Le gustan, especialmente, las series televisivas y las ve en su tableta.
Acabo de enterarme de que una de estas tiene como escenario Panamá.

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Tendría que decirle que yo también llegué a París buscando mi propio Panamá.
El París de las novelas de Vargas, la buhardilla donde me dedicaría a escribir y la bohemia parisiense.

¿Cuántos nos pasamos la vida buscando nuestro Panamá sin saber que ya lo hemos encontrado y lo tenemos bajo nuestros pies (o, acaso, a nuestro lado)?

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En diciembre viajaremos a Lima.
J.J. está entusiasmado, por suerte.

Me cuentan que mi ciudad ha cambiado mucho y que apenas la reconoceré después de tantos años.
La última vez que estuve allí fue en invierno. Y el habitual «cielo sin cielo de mi ciudad» (Sebastián Salazar Bondy) se dejó ver más de lo esperado.

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Solo un par de días cayó esa finísima lluvia que allá llamamos garúa y que podría ser una lluvia al revés, hacia el cielo, por lo finas e ingrávidas que son sus gotas.

Por mi parte, viajando a Lima, sé que en el fondo estaré volviendo a mi particular Panamá (mi segundo o primero, no lo sé) y que tal vez sea un viaje al revés.
Hacia arriba o abajo.

Pero eso es algo que tampoco puedo saber y ya poco me importa.

HjV 19-10-2014
PD: Justo al terminar de escribir esta entrada me topé -albricias- con este artículo de Vargas.

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