Mes: noviembre 2014

UN SOLO DE MANOS

Tal vez la escritura no sea mucho más que esto:

Pescar a las palabras en un momento determinado de su propio caos, como quien pesca -sin querer- a alguien desnudándose.

O su gesto al tomarse el último café o vino (o cerveza) de su vida, sin saber que será el último.

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Sorprender a las palabras como se captura a alguien en una pose ideal, en una posición determinada, mágica: un algoritmo, la fórmula reveladora que nos conduce al elixir mayor.

Porque vuelves a buscarlas cuando ya ha pasado el instante exacto, y no puedes dar con la misma distribución o pose, como esa fotografía o idea que tienes en la mente y no puedes concretar.

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Tal vez un escritor no sea nada más que un simple fisgón, aprendiz eterno.

Alguien que a fuerza de acercarse a las palabras para retratarlas, buscando sus mejores poses y composiciones, termina desarrollando cierto sentido de su orden y de su caos.

Como un fotógrafo: que dibuja con la luz y aprende a servirse de ella para retratar como lo concibe en su mente.

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Me estoy dirigiendo, como cada fin de mes, religiosamente, a Ehrenfeld, un antiguo barrio de Colonia, para enviar dinero a Lima.

Parece de ‘ciencia ficción’, pero en plena era digital y de megamillonarios lavados de activos y transferencias de dinero negro por todo el planeta, quien desea enviar apenas un par de cientos de euros al otro lado del charco no lo tiene fácil.

Un cartel publicitario en una estación del tranvía llama mi atención.

Es un reclamo; linda palabra, porque eso es lo que hacen justamente esos carteles: reclamar tu atención, como si fuera tu obligación prestárselas.

«Si tuviera varias vidas«, dice el cartel, «las viviría todas en Colonia».

Primero pienso que alguna marca de cerveza (de las 30 que tiene esta ciudad) ha dado en el clavo. Pero, no, es el lema publicitario de un whisky.

Genial, me digo. Como estúpidos que somos, siempre pueden vendernos cualquier cosa con un buen cuento. Y este lo es.

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Pero a mí no me gusta el whisky. O apenas.

En cambio, sí me place imaginarme otras vidas. Ese: «Qué habría sido si hubiera…»

Me fascina esta ciudad, pero dudo que volvería a repetir.

Una ciudad, me dijo un gran amigo muy temprano, es la gente que dejas y conoces en ella.

Y yo , como muchos, dejé varios vástagos, pequeños inicios truncos, en algunas ciudades.

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Dejé uno en Múnich, por ejemplo, al pasar una sola noche allí y decidir continuar viaje a la mañana siguiente.

(Venía de París y esa anécdota es increíble, porque en una ciudad de un millón y medio de habitantes, me crucé con un conocido de Lima en una de las estaciones del metro. Esa persona que solo conocía de vista de la universidad terminó prestándome esa misma noche su departamento, mientras que él se iba al de su novia.

Tal vez no hice bien siguiendo mi camino. Pero sospeché que tanta suerte junta no podía volver a repetírseme en un mismo lugar.)

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Dejé varias vidas en París, también.

La primera: cuando llegué por primera vez a la Ciudad Luz con más ilusiones que equipaje.

La segunda: cuando descubrí que existía un gran monstruo que la habitaba debajo y un indigente me susurró al oído con su aliento alcohólico que si alguna vez pasaba hambre podría dedicarme a recoger botellas para sobrevivir.

La tercera: cuando pude haber regresado después de dejarlo todo por un amor eterno que me había llevado a permutar París por Colonia, pero su eternidad solo duró un par de semanas.

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Podría haber vivido también en Hamburgo, la ciudad natal de mi primera esposa y en la que recibí mi primer Año Nuevo alemán caminando por la nieve con mis mocasines limeños pelándome de frío.

O en Barcelona: una ciudad en la que me he imaginado escribiendo; que es como decir jugando al lado de Messi.

Estuve también hace mucho en Madrid, invitado por una germano-española (o hispano-alemana) que echó a perder todo el encanto de nuestro primer e inesperado encuentro erótico al prevenirme que tenía un forúnculo en el final de esta última palabra.

Tal vez ni lo hubiera notado con el bello cuerpo que tenía.

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Berlín podría haber sido otra de mis ciudades.

He pasado un par de veces por ahí y en una de ellas, andante solitario, entré a un café y me topé con una chica con la que había (casi literalmente) aterrizado sobre dos colchones en el departamento de una compañera de estudios (la tercera en aterrizar) debido a una fuerte lluvia que nos había llevado a pasar la noche allí.

(Después supe que ese encuentro había sido planeado por ellas.)

-Ahora tengo novio -fue lo primero que me dijo al volver a vernos.

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Al día siguiente, sintiéndome demasiado pequeño en la ciudad que dividía al mundo en dos, llamé a un número que me había dado alguien que sabía que me iba a Berlín a hacerle una entrevista al chileno Skármeta (algo que ni yo mismo me creía y que tampoco llegué a intentar).

Me contestó una berlinesa. Y terminó preguntándome si me gustaba el cine.

Unas horas después, en la oscuridad de un cinema de su ciudad, permitió que tomara sus manos: que era todo lo que yo me había deseado al verla.

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Abrumado porque mi deseo se había cumplido instantáneamente, sentí temor de echar a perder cierto engranaje mayor si añadía algún deseo más. Así que le dije que me iba al baño y me levanté.

Ella tal vez ya no recuerde a ese desconocido que se contentó con un simple contacto de sus manos y se fue, además, cuando aún no había terminado la película.

No recuerdo la película ni la trama ni el bello rostro de la berlinesa. Pero sí ese contacto. Ese solo de manos.

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HjorgeV 24-11-2014

ROSAS EN LA ARENA

Acababa de cumplir once o doce.

Por un amor imposible empecé a escribir poemas en un cuaderno que luego escondía debajo del colchón.

Lo escrito se me empezó a volver demasiado íntimo, casi sombrío, y decidí arrancar las hojas escritas por temor a que alguien pudiera descubrirlas.

Las doblaba, entonces, y las escondía dentro de las fisuras de una pared de ladrillos colorados de la azotea.

Cuando cumplí diecisiete volví a enamorarme. Me acordé de las hojas.

Las encontré marchitas, desconchadas por la humedad y el tiempo, como un pobre amor no correspondido. Las desdoblé y se rompieron. Lo escrito ya no era legible.

Mi secreto había sido demasiado bien guardado y yo mismo solo tenía un recuerdo muy vago de él.

Me dolió como si yo mismo me hubiera traicionado.

Y me propuse volver a escribir, pero documentándolo minuciosamente todo esta vez. Y seguí escribiendo hasta que el desamor se convirtió en una simple noción del olvido.

Pero pronto la vergüenza por lo escrito volvió a atacarme de nuevo y comprendí que solo tenía dos caminos:

No volver a escribir.

O alterar mi lenguaje, encontrar otro. No necesariamente un disfraz, sino otra forma de decir lo mismo.

¿Cómo escribir para no avergonzarse de lo escrito?

En esa época me aprestaba a salir de mi país y la ocasión me la pintó calva mi universidad: resucitando sus antiguos Juegos Florales Literarios.

El saberme pronto lejano, me dio el valor necesario. Reuní y ordené mis trabajos. Presenté cinco cuadernos en el apartado de poesía.

Estaba en París cuando me enteré de que había ganado los tres primeros puestos.

No he vuelto a ver esos cuadernos.

Más tarde, ya en Colonia, perdí una caja llena de manuscritos en una de mis numerosas mudanzas en esta mi segunda matria.

En estos días que trato de terminar mi quinta novela y me angustia saber que con cada nueva versión, con cada nueva corrección, tengo que descartar horas, días y hasta meses de trabajo con las palabras, pienso en esos tres cuadernos.

Con todo, a veces dudo. Y la duda se me torna insoportable.

Entonces rememoro esas hojas que escondí entre ladrillos a la intemperie, con la inocencia de quien planta una rosa solitaria en el desierto o escribe en la arena.

Porque esas hojas y esos cuadernos, aún sin saber ya qué decían, me han ayudado a seguir adelante, a dejarme claro que la escritura es una búsqueda incesante.

Un camino que hay que recorrer con la frente muy en alto y en el que no vale de mucho girar a mirar lo pisado.

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HjorgeV 13-11-2014

EL ÚLTIMO OTOÑO DE NICK DRAKE

Su nombre completo era Nicholas Rodney Drake, nacido en Rangún (Birmania), la «ciudad sin enemigos», donde su padre trabajaba como ingeniero.

Tanto este como Molly, su madre, eran grandes aficionados a la música: les gustaba cantar y componer. Molly lo animó a aprender piano a muy temprana edad.

Años más tarde, ya en Cambridge, el sello Island Records pronto vio una cantera en este tímido, retraído estudiante de Literatura Inglesa.

Y le propuso probar con la grabación de un primer álbum.

Five leaves left apareció en 1969, seguido de dos álbumes más que apenas se vendieron, en parte por el desdén de la crítica, en parte por la negativa del cantautor a salir de gira y dar conciertos.

Nick no quería enfrentarse a públicos que reclamaban canciones con estribillos para repetir en masa y que exigían que el cantante les hablara.

Su solución fue evitar los escenarios.

(Entre otras cosas, porque utilizaba diferentes afinaciones en sus temas, y entre canción y canción muchas veces tenía que hacer una larga pausa para afinar su guitarra y necesitaba silencio absoluto.)

Sus frustraciones se fueron convirtiendo en cada vez peores depresiones que los médicos solo conseguían aplacar con medicamentos, algo que Nick prefería ocultar a los demás.

Pero el remedio se convirtió en veneno.

Dejó tres discos al morir de una sobredosis de antidepresivos, una mañana del otoño europeo de hace exactamente 40 años, tal vez con la impresión de ser un incapaz.

Demasiado joven (por meses) para ser admitido en el Club de los 27. Demasiado bueno para no ser recordado.

HjorgeV 05-11-2014