ROSAS EN LA ARENA

Acababa de cumplir once o doce.

Por un amor imposible empecé a escribir poemas en un cuaderno que luego escondía debajo del colchón.

Lo escrito se me empezó a volver demasiado íntimo, casi sombrío, y decidí arrancar las hojas escritas por temor a que alguien pudiera descubrirlas.

Las doblaba, entonces, y las escondía dentro de las fisuras de una pared de ladrillos colorados de la azotea.

Cuando cumplí diecisiete volví a enamorarme. Me acordé de las hojas.

Las encontré marchitas, desconchadas por la humedad y el tiempo, como un pobre amor no correspondido. Las desdoblé y se rompieron. Lo escrito ya no era legible.

Mi secreto había sido demasiado bien guardado y yo mismo solo tenía un recuerdo muy vago de él.

Me dolió como si yo mismo me hubiera traicionado.

Y me propuse volver a escribir, pero documentándolo minuciosamente todo esta vez. Y seguí escribiendo hasta que el desamor se convirtió en una simple noción del olvido.

Pero pronto la vergüenza por lo escrito volvió a atacarme de nuevo y comprendí que solo tenía dos caminos:

No volver a escribir.

O alterar mi lenguaje, encontrar otro. No necesariamente un disfraz, sino otra forma de decir lo mismo.

¿Cómo escribir para no avergonzarse de lo escrito?

En esa época me aprestaba a salir de mi país y la ocasión me la pintó calva mi universidad: resucitando sus antiguos Juegos Florales Literarios.

El saberme pronto lejano, me dio el valor necesario. Reuní y ordené mis trabajos. Presenté cinco cuadernos en el apartado de poesía.

Estaba en París cuando me enteré de que había ganado los tres primeros puestos.

No he vuelto a ver esos cuadernos.

Más tarde, ya en Colonia, perdí una caja llena de manuscritos en una de mis numerosas mudanzas en esta mi segunda matria.

En estos días que trato de terminar mi quinta novela y me angustia saber que con cada nueva versión, con cada nueva corrección, tengo que descartar horas, días y hasta meses de trabajo con las palabras, pienso en esos tres cuadernos.

Con todo, a veces dudo. Y la duda se me torna insoportable.

Entonces rememoro esas hojas que escondí entre ladrillos a la intemperie, con la inocencia de quien planta una rosa solitaria en el desierto o escribe en la arena.

Porque esas hojas y esos cuadernos, aún sin saber ya qué decían, me han ayudado a seguir adelante, a dejarme claro que la escritura es una búsqueda incesante.

Un camino que hay que recorrer con la frente muy en alto y en el que no vale de mucho girar a mirar lo pisado.

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HjorgeV 13-11-2014

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