DOS, POR AMOR A LAS MADRES

Ya tenía quince y me encontraba en el último año del colegio.

Compartía carpeta (pupitre) con E., un compañero al que le gustaba moverse entre la sorna más cáustica y la más absoluta seriedad; por lo que siempre era bueno tomárselo muy en serio.

La profesora de OBE -Orientación y Bienestar del Educando-, una imponente mujer con un peinado vertical y frondoso como un bosque de las alturas (arreglo capilar que la obligaba a mantener la cabeza muy erguida para no caer hacia delante), nos dijo que nos iba a dejar solos para que escribiéramos una poesía a la madre.

E. se burló de nosotros: jamás podríamos escribir algo así.

-¿Por qué no nos jugamos mejor una partidita de ajedrez en nombre de tu madre? -propuso.

-Mejor a la tuya -brindé en seco empezando a armar el tablero que escondíamos debajo del pupitre.

En esa época nos fascinaba el ajedrez. Algo totalmente impensable hoy.

Faltando un cuarto de hora, la profesora del alto bosque se paró en la puerta.

-En diez minutos paso a recoger las poesías -anunció.

Añadió algo que no había mencionado antes: se pondría nota a los trabajos.

Todos en el salón de clase nos pusimos nerviosos, incluso aquellos que sí se habían tomado en serio la tarea poética.

-¿Y ahora? -dijo E.

Propuse escribir cualquier cosa y presentarlo como poesía vanguardista.

-Perfecto.

Unos días después, la profesora de OBE le pidió a E. que la acompañara a la dirección.

E. me quedó mirando como si le hubiera jugado una mala pasada en secreto. Negué con la cabeza, levantando los hombros.

E. regresó a los pocos minutos y me dijo que era a mí a quien buscaban.

-Ya te enterarás.

Entré a la oficina tan temida por todos. Me esperaban la profesora de literatura y la directora del colegio dentro. Dos grandes peinados, dos grandes mujeres en el recuerdo.

-Ya sabemos que tú has escrito la poesía ganadora -dijo la directora, una mujer de aspecto fiero pero con el corazón de la diosa Justicia.

Enrojecí y odié a E. a muerte.

-Tranquilo -dijo la profesora de literatura-. Solo queremos que nos digas cómo te llegó la inspiración.

-Sí, ¿cómo te inspiraste? -añadió la directora.

No supe si reír de alivio o burlarme.

Les dije cómo había sido. Y, por supuesto, no me creyeron.

-Algún día nos dirás la verdad -entonaron.

Me anunciaron que tendría que leer la poesía en el patio del colegio en la ceremonia por el Día de la Madre. Dije que jamás. Me amenazaron con suspenderme dos días si no lo hacía.

Cumplieron su palabra, porque también cumplí la mía.

A mi madre le mentí. Le dije que por su día habían suspendido dos días las actividades en el colegio.

-¿Dos días de celebración por el Día de la Madre?

-Dos. Por amor a las madres.

-Qué gesto tan noble… -dijo ella.

.

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HjorgeV 06-02-2015

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