UNA PEQUEÑA GRAN SONRISA

F. me llamó tras décadas sin vernos.

Lo hizo para preguntarme si tenía ganas de un encuentro y de que lo acompañara en un viaje. De ser así, llegaría a visitarme y luego volaríamos juntos a Londres.

Lo llamaré Felixiano, la deformación de su nombre que más me gusta para él.

Con esa llamada me enteré de paso de que, por razones laborales, se había venido a vivir temporalmente a Alemania, que se había casado con una norteamericana y tenía dos hijos.

Le dije, por supuesto, que sí.

Me rogó que le mostrara Colonia y me contó que un grupo de chicas de nuestra promoción preparaban una reunión en Londres.

La idea era que voláramos y regresáramos juntos a Alemania, pero cuando nos presentamos en el aeropuerto resultó que yo necesitaba una visa para el Reino Unido (algo que ignoraba por completo) y no podía embarcarme.

Felixiano tuvo que arreglárselas solo hasta el aeropuerto de Heathrow, el más concurrido del mundo con sus 200.000 pasajeros internacionales diarios; donde, por suerte, había una excompañera del colegio esperándolo.

Posteriormente lo fui a visitar a su casa en el sur de Alemania, conocí a su familia y conversamos hasta la madrugada.

En Lima él vivía en la avenida Bolivia, muy cerca de la Alfonso Ugarte, en una de esas casas que alguna vez debieron ser el orgullo de la zona, cuando el dinero le llovía al país por el auge del guano y del caucho, y solo había campos de cultivo alrededor.

Recuerdo mi primera visita a su casa: una mansión de amplias estancias, escaleras y pisos de mármol, columnas y techos altos, y un bello jardín interior con forma de laberinto; aunque de esto último ya no estoy tan seguro.

Esa vez Felixiano me sorprendió sacando una guitarra y cantando un tema dedicado a una tal Jude. Después me hizo escuchar, del mismo grupo, un elepé (todo blanco) de su hermano mayor.

Solo mucho después entendí que ese había sido mi primer contacto consciente con la música de los Melenudos de Liverpool.

Cuando visité a Felixiano acá en Alemania un par de décadas después, también sacó su guitarra y nos emborrachamos entonando -gritando más bien- canciones del recuerdo.

A su esposa no le gustó nuestra juerga y me expresó que le parecía altamente irresponsable de mi parte.

Quise decirle que su esposo siempre había sido un alegre -aunque más bien discreto- fiestero y que el último año del colegio yo lo había recogido varias veces de su casa para ir a alguna de las innumerables fiestas de entonces.

Decidí no decir nada y soportar la crítica.

Y tampoco le conté que en más de uno de esos viernes y sábados me sucedió que íbamos caminando y conversando de lo más bien cuando, de pronto, me veía obligado a girar con la sensación de que Felixiano no me estaba escuchando.

Entonces volteaba y recién descubría que se había chocado contra un árbol o un poste y yo no me había dado cuenta. Tal era su naturalidad al caminar.

Él nunca se quejó.

Más aún: incluso para esos desagradables momentos siempre guardaba y debe seguir guardando (estoy seguro) una sonrisa.

No solo para esos momentos, claro.

Cuando me visitó acá en Colonia y salimos a recorrer la ciudad, en la alameda junto al Rin más de una vez me apretó con fuerza el brazo derecho para indicarme que me detuviera.

Entonces, aflojando el apretón y dirigiendo el rostro hacia el cielo, acaso para percibir mejor la brisa del río, con sus brazos abiertos exclamaba: «¡Qué bonita es Colonia!»

Muchas veces me he preguntado qué veía, a qué belleza se refería.

Pues en esa visita me contó que se había quedado completamente ciego poco después de salir del colegio y que ya en el último año veía muy mal, algo que algunos apenas intuíamos.

Al final de un día especialmente duro o complicado, cuando apago la luz y procuro hacer borrón y cuenta nueva de lo sucedido, a veces evoco su agradable sonrisa.

Me digo entonces que tal vez ella se deba a su nombre de pila:

Félix; que, como todos sabemos, significa feliz.

.

.

HjorgeV 12-07-2015

2 thoughts on “UNA PEQUEÑA GRAN SONRISA

  1. Soy la primera, sí me gusta….saludos.

    Gracias, Viola. Una sonrisa desde la costa atlántica portuguesa. Corre el viento, el sol quema. HjV.

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